JESÚS UGARTE
Un poder sin precedentes se cierne sobre nosotros: el sistema. Un ser metafísico, indescifrable, caprichoso y escurridizo. Alzamos la voz contra él, ya en silencio —por no parecer esquizofrénicos—, ya en la fila de una cola interminable que nos engaña haciéndonos creer que el enemigo es el vecino. ¿Qué cara tiene el sistema? ¿Es un ser bondadoso o el malvado rufián de nuestro tiempo? Disfrazado de una apariencia respetable, aceptamos que el sistema nos conduzca hacia una dependencia absoluta y arbitraria. Lo necesitamos más de lo que él nos necesita, al punto de hacernos olvidar que nacimos con un cuerpo capaz de hacer.
—¿Me vende unos Camel? —pregunto en el OXXO.
—No, no hay sistema. Puede pasar más tarde —me responde una mujer cansada de repetir esa palabra proverbial: «sistema». Mientras, los cigarros están ahí y el dinero para comprarlos está en mi cartera.
[Salgo y cierra la puerta detrás de mí. Toma el teléfono para reportar el problema con una cara de preocupación.]
Deleuze decía que la maldad es aquello que nos priva de nuestra potencia, de nuestra capacidad de hacer. La maldad es dejar sin la capacidad de colmar las potencias —lo que sería la felicidad— de las que somos capaces. En la medida en que cedemos esa potencia a la responsabilidad de un sistema, nuestra fuerza se ve mermada y oscurecida por la automatización de las cosas. Así, lo que parecería un desarrollo se convierte en una situación irreversible: pasar una vida sin saber de qué pude ser capaz.
Se supone que, a la llegada de una innovación tan grande, le correspondería una menor cantidad de horas hombre. Esto, podemos decirlo de una vez, no ha sido así ni será nunca así. El tema que derrumba todo este monolito de buenas intenciones (teorizaciones) siempre ha sido el aparente desconocimiento sobre la desigualdad estructural. Prueba de ello está en que a nuestras flamantes autoridades se les haya ocurrido alguna vez repartir televisores a comunidades de Oaxaca sin luz (sexenio de Peña Nieto).
—¿Cuánto tiempo lleva formada? —pregunto a una señora en el banco.
—Llegué desde las nueve… —me responde con una sonrisa que esconde algo de complicidad ante lo lamentable. Le sigue una risita que esconde un llanto ahogado: desesperanza.
[Veo la pizarra. Turno 45. Mi papelito dice 51; el de la señora 47. Son las 10:15 am. Me voy del lugar y de reojo descubro que la señora me ve alejándome con cara de sorpresa.]
Alguna vez leí que hacer esperar a alguien es una forma de control. La diferencia radica en quién nos hace esperar. Porque si me hace esperar el ligue en turno, soy capaz de esperar y esperar. Pero si la espera es en una fila interminable para sacar efectivo, qué joda, ¿no? Es decir, el banco tiene mi dinero que gané con tiempo que dediqué haciendo algo que probablemente no haría si fuera millonario, y es con tiempo con lo que me hace pagar el poder retirar lo que ya es mío. Llego a la caja, saco el dinero y resulta que un billete es falso. ¿Cómo lo supe? Porque quise pagar con él unos pantalones en la ropa de paca y me quisieron pegar una madriza por “quererme pasar de pendejo”.
“Robar un banco es un delito, pero más delito es fundarlo”, decía Brecht, pues con el dinero de todos se ganan licitaciones públicas para financiar crímenes de lesa humanidad. Ahí anda nuestro dinero, nadando entre las arcas que van a parar a la extracción de gas natural.
Con todo y todo, no deben de ser tan malos. Digo, sacan en sus redes sociales cápsulas informativas con gente ilustrada: científicos, artistas. (Entrevistas de BBVA que a más de uno nos han salido en forma de anuncios) Dan alguna que otra beca a estudiantes de excelencia y ponen a nuestra disposición clases de “educación financiera”. Porque nos tenemos que educar, aprender a ahorrar, a no despilfarrar, a invertir. Perseguir los números de la bolsa, despertar y ver en cuánto anda el Dow Jones o el NASDAQ.
—Se nos acabaron las tabletas, pero tenemos estas gotas para dormir —me dicen en la clínica.
[Melatonina: unas gotitas en el té de manzanilla una hora antes de dormir. Activará la hormona del sueño que está dormida.]
¿Por qué sigo tomando esto? ¿Por qué mi cuerpo no se adapta a las circunstancias? Todo el tiempo ansioso, con heridas en las cutículas de tanto morderme las uñas.
Desde niño, mis padres intentaron de todo para que me dejara los dedos en paz. Un dentista incluso ideó una especie de férula con unos picos detrás de los dientes, para que estos no pudieran hacer palanca y arrancaran los pellejitos del contorno de las uñas. Pero duró poco el experimento: empecé a arrancarme la piel con los dedos.
Lo que toca son paliativos —palliāre—, tapar el problema, como los parches de cierta avenida que son una bomba de tiempo antes de que se abra un nuevo bache. Tapar la absoluta incompetencia de nuestros actos cuando se trata de ejercer la democracia. Tapar la ira que ejerceríamos gustosos contra el despótico capataz, canalizándola a través de colores, equipos de futbol y demás fetiches. Paliativos que se toman para no sentir, para vivir toda una vida ocultándonos, para decir que aquí no ocurrió, que no es nuestro caso, que nosotros no.
—Le puedo ofrecer la tarjeta platinum, con la que estaría evitando hacer filas, además de que le incluye […] —me dice el chavo que me vende los boletos de cine, con los ojos entreabiertos, predicando una línea que ha repetido todo el santo día. Esperando que lo interrumpa con un “no, gracias” antes de que tenga que decir toda la frase.
[Acepto la tarjeta. Me evito la fila en la dulcería. Llego puntualísimo para ver los anuncios. Salgo de la función: la tarjeta no pudo evitar que perdiera dos horas de mi vida.]
¿Cómo no se me había ocurrido antes? La vida se trata de eso. El camino del bien es aspirar a ser cliente black, diamond, platinum. Tener ese pedazo de aluminio brilloso en la cartera, saltarse la fila, canjear promos; en definitiva, ser feliz. El problema no son esas películas de mierda, sino que uno es necio y se niega a pagar más para sentarse en un sillón lo suficientemente cómodo como para no verlas.
“Odio la realidad, pero sigue siendo el único lugar donde puedo conseguir un buen filete”, es una frase que repite Woody Allen y que nos recuerda lo que dice Cypher en The Matrix mientras mastica un trozo de carne que no existe: “la ignorancia es la felicidad”.