JESÚS UGARTE
En términos generales, soy un mal amigo. Digamos que trato a la gente que me estima del mismo modo en que trato a mis plantas: a veces olvido regarlas, se secan y mueren. Pese a esto, me resulta relativamente fácil caerle bien a los demás. Me han dicho que tengo un aura ligera, que inspiro confianza desde el primer momento, que tengo cara de ser buena persona.
Para mí, una buena conversación, por lo regular, siempre ha estado acompañada de alcohol. Las amistades forjadas en torno al alcohol son un arma de doble filo: por un lado, el alcohol puede hacer que la elocuencia aflore y que las risas se propaguen; pero, por otro, condiciona los encuentros a un contexto específico. Fuera de esos márgenes, es difícil imaginar que una salida con un amigo consista en ver una película, porque —a menos que ambos compartan un genuino interés por el cine— socializar en ese entorno podría interpretarse de otra manera. Lo mismo ocurre si se sale con un amigo por un café: pareciera que la elección de la bebida, sumada a la compañía, puede llegar a revelar cierta preferencia sexual. ¿Tendría alguien razonable que hacer caso a estas estupideces? No, pero he sido educado así: condicionado.
Llevar un libro a la cafetería y leer junto a mi esposa me hace sentir seguro. Pero si hiciera lo mismo con un amigo, inmediatamente sentiría la presión de cambiar de actitud; sentiría el riesgo de estar siendo aburrido. Y son esas responsabilidades las que no quiero asumir. Soy muy acomplejado, sí. Admiro a quienes tienen amigos con quienes comparten pasiones afines, pero también entiendo lo difícil que es encontrar a esas personas. La socialización es un lastre que, muchas veces, se paga con soledad y frustración.
Las amistades etílicas, en mi experiencia, son fugaces. Divertidas, sí, pero fugaces. Tampoco voy a satanizar esos encuentros: los he disfrutado, me he puesto hasta la madre y he reído hasta el cansancio. Pero en el ocaso de esa efusividad, me pregunto si la vida con los amigos podría ofrecernos otros matices. Quizá para perderlos en afrentas ideológicas, quizá para ganarlos como aliados indispensables. No lo sé, porque en medio siempre está la botella.
Hay algo detrás de todo esto: un otro instrumentalizado a la medida de las cosas que pueden o no entretenernos. Ese otro es divertido, no reflexivo, y sólo se acepta su condición de amigo mientras devuelva, en su carácter instrumental, el mismo entretenimiento del que todos forman parte. El intercambio demuestra un condicionamiento en las relaciones etílicas, lo que hace que haya una necesidad de embriagar a quien se rezague en la cuenta de vasos que llevan todos, por ejemplo.
La atopía a la que se refiere Byung-Chul Han es señalada como una afrenta directa al narcisismo, que sólo admite divergencias en términos de lo que se consume, pero no en términos de lo que se dice o lo que se piensa. Por lo regular, a nadie le cae bien la inoportuna participación de quien sobrepasa el comentario para dirigirse hacia la reflexión o la crítica.
¿Quién perdería su tiempo así? Ocho horas de jornada laboral, dos más en el transporte público. No queda espacio sino para inflamar el cuerpo de cerveza y flotar en euforia antes de regresar a la frágil inercia de nuestra sustancia. Los amigos, en estos términos, son vehículos que personifican la amistad, pero que en realidad terminan transformándose en meras compañías: módulos de atención que no expresan su voluntad, sino que se manifiestan en términos de ocio, de lo que queda como tiempo libre y lo que se ofrece para abarcarlo. Reductos de un “poder ser libres” como créditos irrenunciables.
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Nobody Knows You When You’re Down and Out es un blues compuesto por Jimmy Cox e interpretado, entre otros, por Eric Clapton. La canción trata sobre la amistad que llega con los bienes materiales y la que se va cuando esos bienes desaparecen. El vaivén de la amistad y su fragilidad, pero, sobre todo, el factor que amalgama las relaciones: la riqueza, el bienestar y el poder.
Pocos podrían admitir que lo que tienen no son amistades, sino conocidos; «contactos», como les gusta decir a las personas que siempre saben quién puede ayudarles con tal o cual cosa. En términos generales, la amistad tiene una relación directa con lo que hace la persona. Decimos que conocemos a alguien seguido de enumerar la serie de monerías que realiza, la posición que ocupa en una empresa o aquello que posee. En la infancia, donde no se es puramente alguien ni se es propietario exactamente de algo, se tiene otro tipo de referencia. Uno decía: “Pedrito, con el que jugué el otro día (…)”, y éramos, en el mejor de los casos, iguales en el juego. Porque sólo entre iguales nos divertíamos, y lo que nos hacía iguales era, precisamente, eso: el juego, la diversión compartida.
El dolor, el sufrimiento, la tragedia, la miseria… nada de eso trae amistades. Mucho se habla de esa supuesta obligatoriedad ante el dolor de un amigo, y se dice: “ahí es donde se ve quién es quién”, y todos llevan sus mejores palabras de aliento, sus flores, sus regalos. Pero es quizá el tiempo lo que mejor define a las amistades. Alguien deprimido, alguien quejoso, alguien que tiene un malestar prolongado y que expele un sentimiento de tristeza, es, por lo regular, excluido de todo y de todos. Los libros que hablan sobre los beneficios de ser positivo ordenan deshacerse de las malas compañías, de la gente que sólo “atrae negatividad”, como dicta la rigurosidad del pensamiento mágico. Las amistades nos tienen que servir incluso como recurso anímico; tienen que sumar y no restar a nuestra vida. Tienen que servir, servir y servir.
Un terreno delicado es la amistad que se regocija de conocerte en las victorias y te desestima en las caídas. Así, la idea schopenhaueriana cobra fuerza: la amistad es, seguramente, un fenómeno mitológico.
Quizá la apuesta es demasiado alta cuando se trata de la amistad. Se habla de “verdaderos amigos” o “amigos incondicionales”, y tal vez ahí radique el problema. La noción de “verdadero” implica que las demás relaciones a las que también llamamos amistades son falsas, de ahí la necesidad de reforzar el término con un “verdadero”. Los incondicionales, por otra parte, suelen ser una mentira: el amigo absoluto no podría soportar, por ejemplo, una traición. En las relaciones humanas, nada es definitivo; uno podría incluso volverse enemigo acérrimo de una versión pasada de sí mismo. ¿Cómo se espera, entonces, que con el tiempo las amistades no se vayan, y luego vengan otras a reemplazarlas?
Creo que tiene más importancia el concepto de comunidad, donde lo común tiene más peso que la afinidad personal. Es en lo compartido donde las personas pueden comprenderse, no en el juego narcisista de las particularidades que demandan ciertos círculos de amigos. La verdadera transformación ocurre en lo común, en la organización de quienes, aun sin conocerse, se agrupan para actuar como humanidad. Hace falta comunidad, hace falta reconocer que no somos tan distintos.
