JESÚS UGARTE
William Blake retrata en una de sus pinturas a Nabucodonosor II, el rey de Babilonia, quien paga el alto costo de su soberbia al ser castigado por Dios, que lo transforma en un ser abominable, un monstruo que se arrastra hasta reconocer que no está por encima de lo divino. Es un rey obligado a reptar, despojado de su reino y de todos sus lujos.
Más allá de la referencia bíblica —donde sabemos que cada afrenta contra Dios conlleva un castigo particularmente doloroso—, está la necesidad de reconocer nuestra fragilidad. No ante lo divino, sino ante nosotros mismos y nuestra arrogancia.
En mi concepción del mundo, me suscribo a la idea de Arango cuando dice: “Todo es mío en el sentido en que nada me pertenece”.
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Pienso que nadie llega a la escritura de manera inequívoca, así como tampoco existe, por lo general, una carrera profesional específicamente orientada a enseñar cómo convertirse en escritor. Al menos, eso fue cierto durante mucho tiempo. Hoy en día, existen casos en los que se ofrece matricular a estudiantes que buscan dedicarse al oficio, a través de licenciaturas o maestrías en “escritura creativa”. Sin embargo, la idea de profesionalización —que ha provocado distintas posturas en los círculos literarios— tiende a conservar un carácter mecánico y formalista, que incurre en el error de entender la literatura como la producción de un objeto, y no como un acto de creación que se hace “por amor, por goce y por necesidad”, en los términos en los que se refería Arguedas.
No es una enfermedad. No es una obsesión. Lo que necesitas es una cédula profesional.
Los románticos del siglo XVIII procuraban y promovían que la enfermedad física fuera un vehículo hacia una realidad colmada de pasiones, encontrando resonancia en las aflicciones del alma. La justificación estaba en la muerte, en la finitud, que no era vista con terror, sino como parte de un todo, de una obra completa. Alejado así el hombre de un mero acto de supervivencia, el arte retrataba el suplicio, pero a su vez lo más profundo —y quizás lo más honesto— de lo humano.
“Os bendigo, Dios mío, que dais el sufrimiento / cual divino remedio a nuestras impurezas”; “Conozco que el dolor es la sola nobleza / que jamás morderán la tierra y los infiernos”, escribió Baudelaire.
La enfermedad —en particular la tuberculosis— dejó de ser vista únicamente como una desgracia para convertirse en símbolo de distinción. El cuerpo consumido, de rasgos delgados y mirada perdida, encarnaba una belleza melancólica que fascinaba a los círculos intelectuales. El enfermo se volvía, malgré lui, una figura atractiva, dotada de un aura trágica que lo alejaba del mundo ordinario. En contraste con la rudeza de los cuerpos sanos, su fragilidad era sinónimo de profundidad, de una sensibilidad casi etérea, que parecía elevarlo por encima de lo común.
“La salud se hace banal, casi vulgar”, afirma Susan Sontag al referirse a ese contexto.
Hoy, en cambio, la vulgaridad estriba entre querer ser y no figurar. De ahí que la matrícula de lo “creativo” —que no escuela de arte, que no taller literario—, a falta de talento u oportunidad, legitime con profesionalización a la persona que quiere estar entre las estrellas del cielo que tanto anhela —que a veces déspotas, que a veces corruptas, que siempre herméticas—, y venga a sustituir, con cierto reconocimiento institucional, lo que no pudo o no puede obtener entre esa “corte celestial”.
Como sucede con el arte kitsch, que reduce a una mera mercantilización emocional el amor, la familia, la religión y más, por medio de una distribución masiva de productos de mal gusto que sirven para que algo se vea “bien” o se vea “lindo”.
El artista, bajo esta idea, es un ser extraño y difícil de reconocer frente al mar de manifestaciones que persiguen un objetivo distinto, y no siempre el que verdaderamente está a la altura de la dignidad del arte.
