ENRIQUE GARRIDO
Los sueños son un espacio tan personal que nos asusta, pues revelan aspectos de nuestra vida que a la luz del día preferimos omitir. Territorio de autoconocimiento, también es hermoso: creación pura, forma de poesía, alimento de la fantasía, casa de la imaginación poética.
Paradójicamente, ahí tenemos la fortaleza de ser nosotros mismos (con virtudes, defectos y perversiones) y también es donde somos más vulnerables. A mediados de los años ochenta apareció uno de los íconos del terror en el cine: Freddy Krueger hizo su primera aparición en A Nightmare on Elm Street (1984), de Wes Craven, y con ello nació un nuevo miedo: ser invadidos en la mente, sufrir un ataque metafísico, donde no conocemos las reglas, donde es difícil enfrentar aquello que rebasa a la materia. Por fortuna, no existe monstruo que pueda penetrar en nuestros sueños… al menos eso pensábamos.
Todo inició con un comercial. En 2019, la cervecera Coors y la agencia DDB querían aparecer en el Super Bowl, pero como había un contrato previo con otra cervecera, optaron por algo más perverso. Contrataron a la psicóloga Deirdre Barrett, de Harvard Medical School, quien se dedicaba al estudio de los sueños en proyectos como Dormio, del MIT, y además desarrolló la técnica conocida como Targeted Dream Incubation (TDI).
¿Qué es la TDI? Bueno, la técnica consiste en introducir ideas específicas en los sueños de las personas mediante estímulos previos al sueño y grabaciones durante las fases oníricas. El proceso ocurre durante la hipnagogia, una fase temprana del sueño, semilúcida, donde el cerebro es especialmente sensible a estímulos externos.
Así, en plena pandemia (finales de 2020), reunieron a un grupo de participantes quienes, antes de dormir, vieron imágenes de montañas, nieve y ambientes “refrescantes”, típicos del universo visual de Coors Light y Coors Seltzer. Los participantes fueron monitorizados durante dos noches, midiendo sus ciclos REM y despertándolos para conocer sus experiencias oníricas. Los informes indicaron que los sueños incluían elementos relacionados con esas imágenes, sugiriendo una vinculación directa entre estímulos previos al sueño y contenido onírico. En otro experimento, se lanzaron mensajes promocionales relacionados con los dulces Skittles y M&Ms durante las ocho horas de sueño. Al despertar, los participantes dijeron estar más dispuestos a pagar más por adquirir estos dulces.
El sueño ha sido un territorio incómodo para el capitalismo, pues allí no se produce, no se consume, no genera ni gana. Por ello ha emprendido una batalla en su contra desde hace tiempo. Con la implementación de la luz eléctrica se pudo trabajar y sobreproducir, y surgió el turno nocturno; con WhatsApp y las notificaciones se roba tiempo de sueño para estar al pendiente de los mensajes. No podemos dejar de lado a Facebook o Netflix (y demás plataformas que siguen su esquema), cuyo ingreso se genera por las horas que el usuario permanece dentro. Así, el capitalismo ha empleado múltiples formas de evitar que durmamos, pero ahora ya invade directamente nuestra mente. Quién sabe, con la llegada de Neuralink quizá tengamos sueños con comerciales, donde incluso nuestros deseos sean capitalizables.
Cuando pensamos que Freddy Krueger ya no podía lastimarnos con cuchillas en los dedos ni calderas infernales, hoy se presenta con colores brillantes, slogans pegajosos y una sonrisa de marca registrada. El verdadero horror ya no es morir en sueños, sino despertar con ganas de comprar algo que nunca deseamos ni necesitamos. Y entonces la pregunta no es si soñará Freddy con Skittles y M&Ms, sino si todavía hay algún rincón del inconsciente donde no entre la publicidad, o si el último espacio verdaderamente libre fue, sin que lo apreciáramos del todo, el sueño mismo.
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