JUAN GERARDO AGUILAR
De dos cosas nadie está exento: de que le rompan el corazón y de enfrentarse al choque generacional. No importa cuántas croquetas le arrojes al destino: un día te truena la vida amorosa y, al otro, descubres que ya no entiendes el mundo —mejor dicho, que el mundo ya no te entiende a ti—. Y ahí estás, parado entre dos abismos: el del amor ido y el de un adolescente que usa la palabra cringe como si fuera requisito indispensable.
Hay dos escenarios donde las generaciones son capaces de convivir sin matarse: las marchas y los conciertos. En las primeras, porque la indignación es democrática; en los segundos, porque todos fingimos que todavía nos funcionan las rodillas. A veces pienso que las generaciones sólo se reconcilian cuando pueden gritar juntas. Lo demás —la vida diaria, el chisme, la política, el amor, el WhatsApp— es un campo minado donde todos creemos tener la razón sólo porque así nos lo dijo Google.
Nací en 1977, eso me convierte automáticamente en un integrante de la Generación X. Los X somos como ese primo que no se queja, pero tampoco se entusiasma. Estamos ahí, somos sobrevivientes de todo lo que se suponía que iba a destruirnos. Somos generación puente, generación bisagra, generación ah-sí-esos-también-existen. Y, como escribió Douglas Coupland, también fuimos los primeros en sentir que estábamos envejeciendo antes de tiempo, que la adultez nos llegó sin haber resuelto ni siquiera dos capítulos de nuestra propia serie.
Crecí viendo MTV cuando MTV todavía era MTV, no el bonche de realities que lo llevó a la extinción hace poco. Mis referencias a la cultura pop son ochenteras y noventeras, huelen a cassette y a líquido para limpiar CD. Mis héroes musicales salían en videos con estética dudosa y vestimenta imposible. Hoy, mientras los centennials dominan TikTok con coreografías que duran lo mismo que un pestañeo, yo aún me emociono si encuentro un disco original de Suede a buen precio.
El choque generacional más reciente que tuve fue con mis compañeros del posgrado. Ahí, en lo que yo llamo mi Periodo Académico Tardío —porque cada quien se inventa sus eras históricas para no sentir que llegó tarde a la fiesta—, comprobé que mis referencias y mis bromas suelen ser poco menos que funables.
También supe que algunas de mis amigas y amigos escritores ya dejaron de ser jóvenes promesas para convertirse en objeto de estudio de tesis de maestría. No cabe duda que nada te envejece más rápido que descubrir que alguien hizo un marco teórico contigo y con tu obra.
Pero tampoco puedo quejarme. La esencia del zacatecano promedio está compuesta de un cinco por ciento de referencias turísticas, un cinco por ciento de poesía de López Velarde y noventa por ciento de rencor. Y el rencor, bien administrado, conserva más que el formol. A veces pienso que si Zacatecas fuera una persona, sería ese tío que no te suelta porque “cómo que te vas a ir sin saludar a tu madrina”. Porque aquí el tiempo transcurre bien raro y reborujado: veloz para lo bueno, lento para lo que duele.
Y ahí es donde aparece el centennial electrónico, esa criatura luminosa que parece haber nacido con bluetooth en la médula espinal. Ellos no conciben el mundo sin conexión; nosotros aún recordamos cuando había que esperar a que el módem dejara de sonar como alma en pena. Para ellos, la ansiedad es un estado natural del wifi; para nosotros, era esperar el resultado de un examen que jurábamos haber reprobado (y quizá así fue).
Douglas Coupland escribió Generación X: Cuentos para una cultura acelerada como quien deja un mensaje en una botella para el futuro. Y resulta que el futuro llegó, con tenis blancos, TikTok y una capacidad asombrosa para diagnosticar tu personalidad a partir de un meme. En su novela, Coupland hablaba de ese momento en el que ya no encajas con las categorías tradicionales: ni joven ni viejo ni exitoso ni fracasado ni feliz ni deprimido; simplemente una persona intentando que la vida no se desarme. Y en eso sí coincidimos todas las generaciones: nadie sabemos lo que hacemos, pero todos fingimos que sí.
Sin embargo, los centennials tienen algo a su favor: el descaro tecnológico. Esa soltura para navegar el caos, esa manera de sobrevivir entre notificaciones como quien juega videojuegos en modo experto. Uno, en cambio, a veces entra a un menú de configuración, da un clic incorrecto y ya tiene gastritis. Ellos editan videos, hacen podcasts, programan robots y aún les queda tiempo para deprimirse bien aesthetic. Nosotros teníamos que sufrir en analógico; ellos sufren en HD.
Aun así, hay cosas que compartimos. Ese miedo constante a no estar haciendo lo correcto, esa sensación de que la vida va demasiado rápido, esa sospecha constante de que todos los demás tienen un manual oculto, excepto tú. Coupland lo anticipó: las generaciones no se definen por la edad, sino por el ritmo con el que sienten que el mundo se les escapa.
En las calles cada quien carga con su propio desconcierto como mochila. Los centennials intentan entender cómo logramos sobrevivir sin Internet, los X tratamos de entender cómo sobreviven ellos con demasiado Internet. Ellos se sorprenden cuando les hablas de IRC, de Napster o ICQ; nosotros los escuchamos referir que ya casi nadie usa el correo electrónico “porque le da flojera”. De cierto modo nos miramos como dos especies en un documental de Discovery Channel.
Precisamente en esas reflexiones descubrí que el choque generacional no es una guerra, sino una especie de idioma. Y como todo idioma, puede sonar ridículo cuando no lo dominas. Los centennials creen que estamos obsesionados con el pasado; nosotros creemos que ellos están obsesionados con el futuro. Al final, los dos estamos buscando exactamente lo mismo: un punto donde no todo duela, un lugar donde no tengamos miedo de quedarnos al margen.
Pero también hay un momento revelador —un Coupland moment, por decirlo así— cuando entiendes que cada generación inventa sus propias tragedias y sus propios chistes internos. Los X tenemos la culpa y la angustia existencial; los millennials, la ansiedad y la crisis económica; los centennials, el colapso climático y la saturación digital. Todos cargamos algo. Todos creemos que nos tocó la peor parte del marrano.
Al final, pienso que las generaciones no chocan: se rozan. A veces con cariño, a veces con torpeza, a veces con el humor involuntario de quien intenta descifrar un meme de tres capas sin subtítulos. Pero si algo he aprendido es que el tiempo nunca te avisa cuando cambia de ritmo. Sólo aparece, te mira de reojo y te pregunta si no te cansas de seguir rebobinándote con la misma pluma Bic.
Y quizá por eso, este asunto del choque generacional se parece tanto al amor: uno cree que lo está entendiendo y, de pronto, ya cambió el algoritmo. Los centennials aman con una velocidad que asusta; nosotros amábamos con mixtapes, cedés dedicados y cartas escritas a mano. Ellos se desenamoran deslizando el dedo; nosotros aún nos rompemos el alma en silencio, escuchando una canción en loop hasta que duele menos.
Y, sin querer, todos llegamos al mismo sitio: esa herida suave que se abre cuando alguien te dice que ya no te reconoce, que ya no hablan el mismo idioma. Lo mismo pasa con los jóvenes cuando te miran como si fueras una fotografía en sepia: no es desprecio, es sólo que sus referencias ya no pasan por ti.
Quizá, después de todo, las generaciones se parecen bastante a los amores que perdemos. Nos recuerdan que ya no somos quienes éramos, que el mundo avanza aunque uno insista en quedarse un ratito más en esa rola que le hace sentido.
Pero también nos regalan una forma inesperada de ternura: esa mezcla de nostalgia y reconocimiento cuando descubres que, aunque no entiendas sus códigos, sí entiendes su miedo. Porque todos —X, milenials, centennials y los que vienen— tenemos la misma punzada en el pecho: el temor de quedarnos atrás, de no ser suficientes, de que algo o alguien deje de escogernos.
Y tal vez por eso seguimos intentando comprenderlos, aunque a veces nos sintamos como expedicionarios en tierras ignotas. Porque en esa insistencia hay un misterio hermoso: la posibilidad de volver a conectar con esa parte de nosotros que aún no se rinde. Esa parte que, pese a los años y las fracturas, sigue buscando un lugar donde duela menos crecer y convertirse en adultos.
Así que aquí seguimos: los señoros soñando con centennials electrónicos que nos expliquen el mundo, y los centennials mirándonos como quien observa una constelación vieja, pero todavía luminosa. Y en ese cruce improbable —entre su velocidad y nuestra nostalgia, entre su ansiedad y nuestro rencor, entre su wifi y nuestro corazón remendado— descubrimos que no estamos tan lejos. Descubrimos que, a final de cuentas, todos cargamos con un corazón que alguna vez se rompió y, sobre todo, con esas perras ganas de que alguien nos alcance a escuchar, en medio del ruido generacional.
X: @JuanGerardoAg11
FB: Juan Gerardo Aguilar
IG: juan.gerardo.aguilar
Gran texto bro yo todavia me siento contracultural y chili pepper…y ahora hasta las estaciones mas pop encajan en el publico mas domestico con Californication… efectivamente el miedo a no ser elegido nos vincula con las nuevas generaciones
Muy buena reflexión qué te deja pensando………
No, pos ya valió… ni los de nuestra generación jueron capaces de escuchar menos estas otras que nos juzgan como meme mal hecho