JUAN GERARDO AGUILAR
Vives lo suficiente para morir siendo una joven promesa o para terminar convirtiéndote en aquello que juraste destruir. Y es que nada mata más que el paso de los años, es inevitable, algo por lo que todos pasaremos (o estamos pasando).
Sin embargo, creo que es más difícil renunciar a la juventud cuando eres un rockstar o un sexsimbol: hay un duelo permanente que se acrecienta al momento de verse al espejo. Pero también hay a quienes parece no pegarles el transcurrir del tiempo. Al contrario, es como si el sarcasmo o la capacidad para burlarse de sí mismos les permitiera proyectar una imagen de vitalidad que muchos de los que estamos en los cuarenta y tantos ya quisiéramos.
Tengo en la cabeza dos ejemplos recientes, el primero, Billy Idol, de 70 años, quien hace unos días ofreció un concierto en Zacatecas para clausurar el Festival Cultural, y el segundo, Iggy Pop, quien a sus 79 años se presentó en el festival Coachella 2026.
Como esta vez no estaba anexado y en realidad me gusta Billy Idol, me lancé al concierto. Fui de colado con la gente de la prensa pensando en escribir una crónica, y lo primero que me llamó la atención fue la manera en que la gente de producción del intérprete de Rebel Yell, pidió que no le hicieran tiros de cámara a corta distancia.
En un principio creí que era una exigencia o una excentricidad típica de un ícono con la trayectoria de Idol. No sé, miedo a los reflectores o algo así. Pero no, caí en cuenta de que Billy no quería que las cámaras profesionales captaran el inevitable paso del tiempo por su carita toda preciosa y por ese cuerpo que, en sus mejores épocas, arrancó suspiros y bragas a diestra y siniestra.
Hasta cierto punto lo entendí. Digo, ¿a quién le gusta que lo vean jodido? Pero luego vino Iggy Pop, con sus casi 80 años, signados por el exceso, el desenfado y el desenfreno, dando un concierto épico en Coachella, con un final excepcional, como sólo él podía hacerlo: metiéndose voluntariamente en un ataúd para salir del escenario, burlándose con ello de la edad, de él mismo, del público, de la vida y también de la muerte.
Y ahí es donde empieza a ponerse interesante el asunto. Porque no se trata de quién envejece mejor —eso es una discusión perdida desde que existen los filtros de Instagram—, sino de cómo decide cada quien habitar su propio desgaste.
Billy Idol, resguardándose de la cámara cercana, tratando de mantener intacta una imagen que el tiempo, terco como es, ya empezó a modificar. Iggy, en cambio, exhibiendo el deterioro como si fuera parte del espectáculo, como si cada arruga, cada hueso marcado, cada gesto fuera una forma de decir: “aquí sigo, y qué”.
Uno protege el mito; el otro lo dinamita. Y en medio de esos dos extremos estamos todos los demás, lidiando con nuestras propias versiones del espejo: la calvicie, la primera cana que ya no se puede negar, la panza que no se baja ni con dieta ni con culpa, la rodilla que cruje como puerta vieja, la energía que ya no alcanza para desvelarse sin pagar la factura física y emocional.
Recordé también la película The Straight Story (1999) de David Lynch, esa historia lenta, casi minimalista, donde un viejo decide recorrer cientos de kilómetros en una podadora para reencontrarse con su hermano enfermo. No hay épica grandilocuente, no hay efectos especiales, no hay prisa, solo un hombre avanzando a su ritmo, con su historia a cuestas.
En una de esas paradas en el camino, Straight conversa con un joven —un springbreaker de esos que creen que la vida apenas empieza—, quien le pregunta qué es lo peor de ser viejo. Straight, sin filtro ni empatía, responde algo que se ha quedado retumbando en mi cabeza desde que la vi: “Lo peor de ser viejo es recordar que fuiste joven”.
No lo dice como nostalgia bonita, sino como una especie de condena. Por eso es que el verdadero problema no es envejecer, sino comparar constantemente lo que somos con lo que fuimos. Esa trampa silenciosa en la que uno se mide contra su versión de hace veinte años, como si fueran la misma persona, como si no hubiera pasado nada en medio, cuando en realidad pasó todo…
Por eso volví el reflector a Billy Idol, quien también dio un buen concierto, pero sí me llamó la atención cómo tenemos cada quien una manera distinta de enfrentar la vejez. Porque al final no es sólo una cuestión de alimentación, ejercicio o genética privilegiada. Claro que cuenta, pero lo primordial es continuar manteniendo el humor negro, esa capacidad para burlarnos incluso de nuestras peores desgracias.
Hay quienes envejecen tratando de parecer jóvenes. Y hay quienes envejecen aceptando que ya no lo son, pero sin dejar de ser ellos. Esa es la diferencia. Porque no se trata de conservar el cuerpo intacto —esa ya es una batalla perdida—, sino de no perder el flow, el filo, la mirada, el humor, esa capacidad de reírte de ti mismo antes de que la vida lo haga por ti.
Porque si algo enseña el tiempo es que la solemnidad envejece peor que las arrugas. Quizá por eso Iggy se metió en un ataúd en pleno escenario, no como un gesto trágico, sino como una broma cósmica. Como diciendo: “sí, ya sé en qué va a terminar esto… pero mientras tanto, aquí estoy, haciendo ruido”.
Y quizá por eso Billy prefirió cierta distancia, porque también hay dignidad en querer preservar una versión de uno mismo que fue importante, que marcó a otros, que dejó huella. Creo que ninguno está mal: son dos formas distintas de resistir lo inevitable, dos maneras de negociar con el espejo, dos estilos para encarar ese momento en el que te das cuenta de que ya no eres la promesa, sino el resultado de ésta.
Y en ese tránsito, a veces incómodo, a veces liberador, uno empieza a entender que no hay forma elegante de ganarle al tiempo, pero sí hay formas más honestas de convivir con él. Al final seremos viejas promesas inconclusas. Algunos tratando de sostener lo que fuimos. Otros riéndonos de lo que somos. Y unos cuantos —los menos— entendiendo que no se trata de cumplir esa promesa, sino de seguir en pie, aunque haya quedado a medias.
X: @JuanGerardoAg11
FB: Juan Gerardo Aguilar
IG: juan.gerardo.aguilar

Billy Idol en el cierre del Festival Cultural Zacatecas 2026.

Iggy Pop en un ataúd, una de las imágenes virales del Coachella 2026.