JUAN GERARDO AGUILAR
Si algo ha caracterizado mi vida es mi capacidad para perderme eventos importantes, ya sea porque el Creador así lo quiso o porque yo me encargué de hacer todo lo que estuvo a mi alcance para dinamitar cualquier posibilidad de asistir.
Creo que así ocurrió con la fama y la fortuna, pero al final, es algo que agradezco, porque alguien de mi talante y mi calaña sería incapaz de compaginar la vida cotidiana con el abrumante mundo de la chaquira, el glamur y la lentejuela.
Uno de esos eventos ocurrió precisamente el 25 de marzo de 2008, hace dieciocho años ya, cuando Bob Dylan, uno de los artistas que más me ha marcado, se presentó en la Plaza de Armas de mi pueblo, Zacatecas, completamente gratis, frente a miles de almas dentro del Festival Cultural.
Sobra decir la expectativa que generó dicho acontecimiento no sólo en mí, sino en toda la perrada, desde que se dio a conocer que Dylan, ese profeta eléctrico que convirtió la música en literatura portátil y le enseñó al mundo que una canción también es un manifiesto, estaría pisando el territorio de la Gran Chichimeca.
Junto con los amigos foráneos se armaron planes del tipo: “te quedas en mi depa sin pedos” y luego nos vamos a La Escondida, pero por aquel entonces, traía yo demasiado alterada mi afición por el perico y por el whisky, a tal grado que por ahí de febrero, después de un levantón del que la libré de milagro y que ya cuenta como una de mis vidas de gato, me anexé sin avisarle prácticamente a nadie.
Fueron cuatro meses en los que conocí a raza de todo tipo, desde el empresario venido a menos hasta el morrito que apenas estaba estrenando su vocación autodestructiva. Cuatro meses donde el tiempo no avanzaba como allá afuera, sino que parecía quedarse suspendido, como si alguien le hubiera puesto pausa a la vida y se hubiese olvidado de apretarle nuevamente al play.
Y así aprendí a pasar el rato, entre sesiones grupales e individuales de terapia, juntas de AA, horas de servicio y poniéndole apodo a los demás ingobernables. Era una forma de hacer llevadera la existencia, de reírnos un poco de nosotros mismos antes de que la realidad volviera a acomodarnos otro madrazo. Porque si algo logró el anexo fue despojarme de casi todo, excepto de mi humor negro, ese último refugio donde aún podía reconocerme como persona.
Entre adictos no nos leemos las líneas. Nos leemos las ausencias, los estertores, las malillas, las evasivas, los delirios… Sabemos si alguien está pensando en fugarse, si está negociando con sus demonios internos o si está a punto de romperse. Es un lenguaje que no requiere palabras y aprendes rápido cuando ya estuviste del otro lado del desastre.
Ahí dentro tampoco podía leer otra cosa que no fuera la literatura de AA, así que hice acopio de las pocas neuronas que no tenía muertas o apendejadas para recordar lecturas y fragmentos de libros, como fue el caso de las Confesiones de un opiómano inglés de otro británico adicto, Thomas de Quincey.
Ahí describe cómo el placer inicial del opio se transforma en una dependencia que no sólo afecta al cuerpo, sino que coloniza la mente, los sueños y la voluntad. De Quincey entendía algo que se aprende a la mala: que la adicción, además de un vicio elegante y una pose maldita, también es una forma eficaz de perderse.
Y a medida que se acercaba el 25 de marzo también recordé las rolas de Dylan, otro adictazo al perico, como la de “Not Dark Yet”, donde dice: “I know it looks like I’m moving, but I’m standing still.” Porque así se siente estar encerrado y ser adicto: uno cree que avanza, que controla, que la lleva leve, pero en realidad está detenido en un solo punto, repitiendo el ciclo, aunque con distintos motivos y pretextos.
El anexo es, en ese sentido, una especie de purgatorio sin efectos especiales. No hay fuego ni demonios con tridentes, pero hay algo peor: tú sin distracciones, tú sin anestesia, tú sin escape… Y eso, para muchos, resulta más aterrador que cualquier infierno imaginable.
Ahí adentro enfrentas una versión tuya que habías estado evitando durante años: el que miente, el que manipula, el que se victimiza, el que promete cosas que no cumple, el que, en nombre del placer o del alivio momentáneo, es capaz de destruir relaciones, oportunidades y hasta su propia dignidad.
Pero también hay algo profundamente humano en el anexo. Porque entre la crudeza, las aplicaciones de los padrinos, las historias, las madrugadas incómodas y las confesiones a medio llanto, también aparece la solidaridad más rara: la de aquel que ya cayó ayudando al que apenas está cayendo. La de aquel que no posee nada, y aun así te comparte un consejo, un abrazo, una anécdota personal a modo de advertencia.
Descubrí entonces que perderme grandes acontecimientos externos me llevaba a asistir a otros no menos canónicos que pasaban por mi cabeza, y vaya que esos eventos internos no piden boleto ni hacen fila. Llegan cuando quieren y se quedan el tiempo que se les pega la gana.
Y mientras afuera Dylan cantaba y la gente coreaba sus rolas, yo estaba adentro, tratando de recordar quién era antes de empezar a hacerme pedazos. Y en esa contradicción había algo casi poético: perderme al ídolo para encontrarme —aunque fuera un poco— con mi yo más culero.
Porque al final, el anexo no solamente es un lugar de castigo o corrección: también es un espejo incómodo. Un espacio donde uno entiende que la libertad no siempre está afuera, y que estar anexado, visto desde cierta perspectiva, puede ser el principio de algo parecido a la claridad.
No es romántico, tampoco es bonito. No es algo envidiable ni algo que uno recomiende en una sobremesa. Pero es real y, a veces, lo real es lo único que nos queda cuando ya se nos acabaron las excusas o las ganas de vivir.
Quizá por eso acuñamos ahí esa frase entre brutal y consciente: “el que no quiere a su anexo, no quiere a su madre.” No porque el encierro sea deseable, ni porque sea como la jefita, sino porque, en muchos casos, nomás eso se interpone entre seguir con la vida o entregarse al caos total.
Y sí, me perdí a Dylan. Me perdí esa noche, esas rolas, ese acontecimiento. Pero también gané otra cosa: salir no limpio ni perfecto ni redimido, pero al menos un poco más consciente de que hay batallas que se ganan perdiendo, con humildad y con la nada cómoda decisión de renunciar a estarse yendo. A ser un juido. Porque a veces perderse un concierto es lo de menos. Lo verdaderamente cabrón es no perderse de uno mismo.
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Addenda: Nos leemos después de Semana de Pascua, ya que haya resucitado Yisus y se les baje tantito la intensidad a los apóstoles.

Fotografía: Gaceta UNAM