ENRIQUE GARRIDO
¿Alguna vez han sentido el llamado a la acción?, ¿ese deseo de intervenir?, ¿de ser reconocidos como, en palabras de Platón, un alma valiente que defiende la verdad y la justicia? Una de las mayores distinciones que se nos puede dar es la del heroísmo. Cambiar el rumbo, hacer del mundo un lugar mejor; ser héroes de nuestra historia, de nuestra realidad, dado que los héroes están del lado de los buenos, del lado correcto de la historia, ¿no?
Hace unos días se estrenó Superman (2025) de James Gunn, la nueva versión del superhéroe. Antes era importante quién era el protagonista, el villano o tal vez los easter eggs, hoy es ¿qué orientación política tiene? El recién tildado “Superwoke” toca temas como el intervencionismo yanqui, la industria armamentística, la tortura en las cárceles y los perros como seres sintientes, lo que “en apariencia” lo aleja del gobierno de la gran potencia mundial.
Los héroes surgen en dos vertientes, tanto en resistencia como obediencia. A veces es encumbrado por el poder y otras reprimido por él. El hombre de acero ahora sufre la kriptonita mediática: propaganda y desinformación. No obstante, al final, como lo planteó el gran Umberto Eco, salen a relucir valores conservadores: respeto por el orden, castigo al criminal, individualismo virtuoso, volviéndolo símbolo del american way of life moralmente estático. La verdad es que no podemos imaginar a otro superhéroe con los mismos poderes en Latinoamérica, ¿o sí?
En diciembre del 2021, un superhéroe vino a poner en jaque a quienes atentaran contra la “democracia” del pueblo venezolanos, así, enemigos como Super Odio (Trump), Elon Musk y el capitalismo son combatidos por Súper Bigote. No es broma, en uno de los más paupérrimos ejercicios de propaganda, el presidente Nicolas Maduro promovió una caricatura donde él era una versión “temu-chavista” de Superman. Las capsulitas duran poco más de un minuto y varias se encuentran en You Tube. Además, el gobierno repartió 12 millones de muñecos a lo largo del territorio venezolano en un intento por posicionarlo como un verdadero contraste, aunque sólo es una culturalización estadunidense. Sí, como las que odia Maduro.
Ahora bien, Súper Bigote no ha sido el único héroe latinoamericano que enfrentó a una o varias representaciones del imperio yanqui. Cómo olvidar al reciente revivido Roberto Gómez Bolaños quien, con su personaje de El Chapulín Colorado enfrentó a “Super Sam”, un personaje que era una combinación entre el tío Sam, Superman y Don Ramón; con su lema “time is money” y armado con un costal de dólares buscaba intervenir (¿cómo?, si los gringos no hacen eso) en un rescate del Chapulín, siendo detenido con la respuesta de “aquí no queremos héroes importados”, marcando un poco la identidad frente a la hegemonía en el cine y cómics.
Acá, en este sur del mundo, los héroes primero tienen que vencer el miedo: miedo al sistema, al hambre, a la deuda, a los uniformes que no protegen. En Latinoamérica, el primer superpoder es atreverse a actuar sin garantías. Como el Chapulín, que no vencía por fuerza, sino por necedad, por humanidad. Decía Chespirito que el verdadero héroe no es quien no tiene miedo, sino quien lo mira a los ojos y da el paso de todos modos.
Prefiero quedarme con esa figura del héroe sin capa ni soundtrack épico, con la mochila rota, la quincena evaporada y el alma en carne viva. En estas coordenadas, los superhéroes no vencen al mal absoluto, sino a la burocracia, al algoritmo que adormece, a la esperanza racionada. Aquí, ser héroe es no anestesiarse, no claudicar, es volver herido, burlado y cansado, pero con la dignidad intacta.