DANIEL MARTÍNEZ
La primera época de la historia y discografía de Pink Floyd, la de los primeros sencillos y los dos primeros álbumes ―“The Early Years”, como la llaman ellos― es una que se suele pasar por alto. Para algunos pareciera que esa parte de la obra discográfica representa una era arcaica que no forma parte del corpus pinkfloydiano. Para otros ―incluido el que escribe―, la era Syd Barrett es la más fascinante de la discografía, con esa aura extraña y exuberante que rodea a las obras fundacionales The Piper at the Gates of Dawn (1967) y A Saucerful of Secrets (1968). Roger Waters, quien estuvo desde el principio en la banda y llegó a componer algunas piezas de esa primera época, ha señalado su importancia y declarado que quien se considere fan de Pink Floyd no puede omitir esa etapa primigenia. Nick Mason también honró la música de esos primeros años con su banda Nick Mason’s Saucerful of Secrets, dedicada a interpretar las piezas de esa fase inicial.
Roger Keith Barrett (1947-2006), mejor conocido como Syd Barrett, fundador de la banda y líder en sus inicios, fue el compositor principal y casi único de los dos primeros discos. Ambos llevaban su sello particular y originalísimo: una rara atmósfera compuesta por sonidos que parecen traídos de lo más profundo de la mente perturbada del autor. Un mundo onírico, fantástico y lúdico a la vez en el que se dan cita gnomos, gatos, bicicletas, unicornios, travestis, viajes espaciales, espantapájaros, hombrecitos de jengibre y hasta un ratón llamado Gerald. Un desborde de elementos coloridos y alucinatorios, de ecos y resonancias ultrapsicodélicas, de sonidos alucinantes, tenebrosos o francamente perturbadores que remite a lo más profundo de la psique, como llevándonos al paraíso de la infancia, al primer día de la existencia, a nuestra sustancia primordial. Escuchar Astronomy Domine, Interstellar Overdrive, Flaming, Bike, Arnold Layne, See Emily Play, Set the Controls for the Heart of the Sun, A Saucerful of Secrets o Jugband Blues son una experiencia y un viaje imperdibles.
Ese genio loco que fue Syd Barrett tuvo un destino tristísimo y lamentable a causa de las drogas. Resulta conmovedor saber que en sus años de estudiante y los primeros de la banda ―como nos lo muestra el documental Have You Got it Yet? The Story of Syd Barrett and Pink Floyd (2023)― era un joven sociable, simpático, jovial, extrovertido y atractivo, muy diferente a ese retrato de rostro adusto y ojeroso que solemos ver en fotografías. Pero el abuso del ácido de pronto algo desajustó en su mente y, sin más, se apagó: dejó de brillar y se desplomó en un vórtice delirante que lo llevó a un estado deplorable de locura. Es bien sabida la anécdota de cómo un día de 1975, cuando la banda se encontraba en Abbey Road Studios trabajando en el álbum Wish You Were Here (1975), de pronto se apareció un extraño hombre rapado y con sobrepeso, con mirada perdida, que se acercó con ellos, conversó brevemente sobre instrumentos y grabación y se retiró sin despedirse. Al principio no lo reconocieron; luego se enteraron de que ese raro sujeto, cuya repentina aparición los había desconcertado, era Syd Barrett. En el estudio el ambiente se enrareció, quedaron todos consternados y Roger Waters no pudo contener el llanto. Se dice que esta penosa anécdota inspiró la canción Shine on You Crazy Diamond, una larga pieza dedicada a Syd, en la que le imploran que vuelva a brillar:
Recuerda que cuando eras joven
brillaste como el sol.
Brilla, diamante loco.
Ahora hay una mirada en tus ojos
como hoyos negros en el cielo.
Brilla, diamante loco.
(…)
Alcanzaste el secreto demasiado pronto,
lloraste por la luna.
Brilla, diamante loco.
No fue así. El brillo de ese diamante nunca más volvió a encenderse. Ese joven promesa del rock, ese genio fundador de una de las bandas más originales de su época terminó siendo sólo una estrella fugaz en el panorama del rock de finales de los sesenta, víctima de la demencia. Acabó sus días como un hombre común, alejado de la música, viajando a diario en bicicleta a comprar sus viandas en un pequeño pueblo de Inglaterra. El destino fulgurante que le esperaba se apagó junto con él, dejándonos con la pregunta de qué habría pasado de haberse mantenido cuerdo. Sin duda la trayectoria de Pink Floyd habría sido distinta, pero quizá así tenía que ser y por eso tenemos obras grandiosas como The Dark Side of the Moon (1973), Animals (1977) o el ya mencionado Wish You Were Here. Este último y la anécdota relatada acaban de cumplir cincuenta años y Syd Barrett está cerca de cumplir veinte de haberse ido. No hay que dejar de reivindicar el legado de Syd, celebrándolo con este disco que cumple medio siglo y con la música de esos años tempranos. Hasta la próxima.

