DANIEL MARTÍNEZ
Se dice que estamos viviendo en la época de la democratización de la cultura, que gracias a Internet todos tenemos acceso inagotable a la información y ya han desaparecido las figuras de autoridad ―o autoritarias― en toda clase de temas. Hoy no tenemos que obedecer a los dictados del intelectual con voz autorizada; ya no existen los pontífices del buen gusto, los mafiosos culturales o las oligarquías literarias. Incluso se ha llegado a decir que el concepto de autor está en crisis (la tan mencionada “muerte del autor”). Pareciera que hasta la noción de grupo se está perdiendo, en el sentido de los cenáculos literarios que abundaron durante el siglo pasado. Todo se ha diluido en una vasta colectividad en la que todos y todas tenemos voz y voto, sin dictaduras, sin segregaciones, sin modas o movimientos a los cuales ceñirse. Hay quienes ven en esto el signo de una grave crisis, de un estado de anarquía y extravío, sin capitanes ni brújulas, en la que la sobreabundancia en lugar de enriquecernos nos sume en la incuria. Y hay quienes, por el contrario, lo celebran como una victoria y una conquista. Siempre es sano sacudirse las tiranías y derrocar a los déspotas, al menos en términos políticos, pero en términos culturales seguimos preguntándonos a dónde nos llevará esto. Sin duda nadie quiere a un dictador ―ni siquiera quienes los adulan―, pero en ciertos contextos un guía puede venir bien.
En el mundo de las redes sociales se ha dado un fenómeno de signo positivo ―me parece―, que consiste en despojar a la literatura de esa aura de gravedad y elevación que históricamente se le ha dado. En no tomársela tan en serio ―como ya hace mucho Cortázar nos había recomendado―, vaya, ni a sus creadores ni a sus creaciones. En no ver a los primeros como una figura sagrada a la que hay que venerar con unción ni a las segundas como una ardua montaña que costará mucho escalar. O dicho de otro modo, en “bajar de su nube” a todo aquel que se quiera dar aires de grandeza por sus lecturas o escrituras o que quiera enaltecer en exceso a las obras o autores. Son a quienes hoy se les suele llamar “mamadores literarios”, y puede aplicar igual tanto a lectores como a creadores. Hoy ya no hablamos de idolatrías, aunque algunos conservamos la admiración a ciertos autores; hoy sabemos, también, que la biografía no es hagiografía y que los autores son seres humanos como cualquiera y no “pararrayos celestes”.
Hace unos días me di cuenta de que un escritor mexicano ya había adelantado mucho esta labor desde hace más de una década, cuando me encontré con la Genealogía de la soberbia intelectual (2013) de Enrique Serna. Un amplio y exhaustivo estudio que aborda este fenómeno, desde las castas sacerdotales de las religiones más antiguas, hasta la moderna figura del escritor “orgánico” o “comprometido”, pasando por los cenáculos, instituciones o premios literarios y los círculos cerrados de la academia universitaria. Para todos tuvo este libro, y con justa razón, cuando habla de esas personas, personalidades, grupos o grupúsculos que se quieren apartar del resto del mundo por creer en su superioridad. Pone en evidencia cualquier clase de elitismo intelectual que descubrió durante los años que dedicó a su investigación y esa es una de las mejores cualidades del libro, desde mi punto de vista: no hace distingo de izquierda o derecha, arriba o abajo, grande o pequeño cuando denuncia la pedantería o altivez de algunos intelectuales, desde los brahmanes de la antigua India hasta los escritores que ven con desprecio a las masas o apoyan regímenes dictatoriales, cualquiera que sea su ideología.
Un ejemplo de esto último es cuando señala casos como el de Martin Heidegger que, como ya es sabido de muchos, fue un nazista declarado. Pero de manera inversa también denuncia algo que pocos han tenido el valor de hacer cuando dijo:
En América Latina, la revolución cubana desencadenó una oleada de tartufismo intelectual que alcanzó su apogeo en las décadas de los sesenta y setenta. El resultado fue una epidemia de literatura panfletaria que propagó por doquier el narcisismo de la conciencia, un sentimiento particularmente nocivo para emprender cualquier exploración audaz de la naturaleza humana. El delirio de superioridad moral es una enfermedad incurable, pues generalmente nadie cree padecerlo.
Refiriéndose a todos esos escritores que le rendían pleitesía a la sagrada Cuba y la Madre Rusia, creando una especie de secta cerrada que descalificaba con un juicio sumario cualquier opinión adversa ―por mínima que fuera― a sus regímenes, y de los cuales todavía tenemos fieles seguidores que repiten sus fórmulas como si estuvieran entrenados para hacerlo.
Sus críticas son mordaces y encuentra siempre el vocablo certero para asestar un merecido golpe a unos y a otros, sin caer en el morbo, el sermón o la diatriba arbitraria. Cuando habla de los grupos académicos ultraespecializados de “docta ignorancia”, nos dice, por ejemplo:
…muchos estudiantes de posgrado no han leído el Quijote, pero comentan a los exégetas de Cervantes, y a los exégetas de sus exégetas, con un rigor metodológico apabullante. Como dijo el caballero de la triste figura: ‘Hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria’.
También pone en evidencia casos de escritores que de verdad tenían delirios de grandeza increíbles, o un profundo desprecio por el “hombre común” (aparte de los ya sabidos Nietzsches o Schopenhauers). Como Paul Valery, que escribió: “Si osara comunicar mi frecuente impresión diría en sentido figurado que me siento vivir y morir en la jaula donde el espíritu superior me encierra. He llegado a un grado de civilización interior en que la conciencia solo reposa en el sentimiento de sus prodigios. La superioridad no es más que una soledad situada sobre los límites actuales de una especie”, en un alarde de narcisismo y “humor involuntario” digno de los actuales “mamadores literarios”.
Varias partes me sacaron una genuina risa, como cuando habla de Mario Vargas Llosa y sus quejas de lo que él llamaba “literatura light” en su Civilización del espectáculo: “Seguramente muchos lectores del peruano consumen también las baratijas místicas de Paulo Coelho o las deyecciones truculentas de Dan Brown, sin establecer un orden jerárquico de obras y autores. Pero, ¿qué importa esa inmunodeficiencia, si las buenas lecturas pueden resultar a la postre los anticuerpos que el alma necesita para combatir las malas?” Algo que pensamos muchos lectores ya de años, que no empezamos con lecturas que nos causen precisamente orgullo.
Aborda una dilatada variedad de igual de llamativos, como los intereses protegidos de los grupos intelectuales, la cercanía de los escritores con los gobiernos, la ostentación de las bibliotecas personales, la megalomanía de algunos pensadores, el argumento de autoridad o lo viciado de las camarillas de escritores, los premios literarios o los incentivos gubernamentales. En resumen, es un vasto inventario de la historia de la pedantería y el elitismo intelectual, escrito en una prosa ágil e incisiva, que hace señalamientos a diestra y siniestra con una imparcialidad que se agradece. Se lee con facilidad y deleite, y con o sin morbo, según se quiera. De esos libros a los que queremos subrayarles páginas enteras. Desde este espacio hago una invitación a su lectura, tan necesaria y vigente en los tiempos actuales. Nos leemos en la próxima.