Fotografías: Alberto Avendaño
ALBERTO AVENDAÑO
Con caminar por el centro de cualquier ciudad de México uno se puede dar cuenta de la gran influencia de la cultura nipona en la cultura pop. Playeras de Goku en los tianguis, colaboración Cuidado con el Perro y Junji Ito, parece difícil pensar en una persona que no se dé una idea de lo que es un samurái o una geisha. Bueno, lo mismo sucede en el mundo del arte, La gran ola de Kanagawa es la protagonista de unos de los libros de poesía más importantes de este siglo en México: Me llamó Hokusai, de Christian Peña, no sé cuándo fue el momento exacto en el que la ola se unió a mi imaginario artístico, en lo personal, es como si siempre hubiera estado en mi mente y es innegable la aportación de los nipones a las técnicas de grabado globales, por poner algunos ejemplos. Hokusai también es conocido por muchas otras obras, una de ellas ha influenciado al director de cine Amat Escalante, quien plasmó en La región salvaje una versión a la Mausan de El sueño de la mujer del pescador.
Sabiendo lo anterior no resulta sorprendente que el museo Franz Mayer de diseño haya traído la exposición “Japón, del mito al manga”. Nunca había visitado este museo, a pesar de estar frente a la alameda principal. La exposición inicia con la sonoridad de los tambores kodo, las culturas siempre nos llegan principalmente por los sonidos, ya sea su música, su lengua, su poesía o su naturaleza rumiante o tempestiva. Los kodo son acompañados por unas hermosas xilografías de diferentes artistas, entre los que destacan Utagawa Hiroshige, Totoya Hokei y el mismo Katsushika Hokusai. Entre jarrones de la era Meji, porcelanas y juguetes destacan los bocetos originales del animé Sailor Moon, de la mangaka Naoko Tekeuchi. Después de la emoción inesperada (no sabía que estos bocetos formaban parte de la expo), camino unos pasos, y como si un Umibōzu hubiera despertado del sueño marino, frente a mí la gran ola a punto de revolcarme. Es justo del tamaño que la imaginaba, pero su tonalidad es muy diferente, es mucho mejor en vivo que de manera digital, ver los tres barcos luchar contra el monstruo que es el mar fue una cosa en la que me perdí algunos 20 minutos.
Regreso lleno de sal y aroma a moluscos, a continuación grabados de Tōru Ishii, más de Utagawa Hiroshige, ropa contemporánea, kimonos que tardaron 20 años en ser confeccionados, salas inmersivas para sentir la experiencia del animé, y una de mis cosas favoritas: los juguetes: tamagochis, peluches, game boys, yokais a escala, cartas de Pokémon, figuras de Doraemon, Ultraboy y transformers. Cabe resaltar que la mayoría de estos juguetes son fáciles de conseguir a escasos metros del museo, afuera de metro Hidalgo, los sábados, en el tianguis de juguetes rock show. Y, aunque hay ediciones muy caras de cartas de Pokémon, por ejemplo, lo que se exhibe en su mayoría no es digno de un museo, pero se entiende la intención de la inmersión en la cultura nipona. De lo que destaca en juguetes es una representación del desfile de los mil demonios al lado del grabado que representa el mismo hecho por el protagonista de la exposición: Hokusai. También hay algunos mangas expuestos: Kimetsu no Yaiba, Jujutsu Kaisen, Dragon Ball, entre otros, todos fáciles de conseguir en la frikiplaza. De esta parte friki de la experiencia destaca un boceto de Pokémon original, que dicho sea es horrible, parece que lo dibujó el Emperador Tigre, contrasta muchísimo con la belleza de las xilografías, los textiles y las porcelanas. La exposición cierra con una sala para que los asistentes escriban/dibujen su propio manga.
Ser otaku, ser artista, ser mamador, ser escritor y no aprovechar esta expo en el mero centro de CDMX es simplemente no ser.


















































































