DANIEL MARTÍNEZ
Dos mil veintiséis es un año esencial para el club de los lezamianos. Este año se conmemora doble aniversario: en febrero se cumplieron sesenta años de la primera publicación de Paradiso (1966), novela monumental y fundamental; y el próximo nueve de agosto se cumplirá medio siglo de fallecimiento del “Etrusco de La Habana”, José Lezama Lima. En un mismo año conmemoramos la publicación de su obra más importante y los cincuenta años de su partida. Autor prodigioso, enigmático y fascinante, se ha vuelto una especie de escritor de culto para un grupo no muy numeroso de lectores que han decidido tomar la frase del propio Lezama como un desafío: “Sólo lo difícil es estimulante”. Ese club very exclusive al que Cortázar ―profundo admirador del cubano― decía que podías pasar a formar parte si ya te leíste El hombre sin atributos de Robert Musil (1930), La muerte de Virgilio (1945) de Hermann Broch y Paradiso. No formo parte de ese club porque no he leído las obras de los austriacos, pero desde este espacio le quiero rendir un homenaje en varias partes al cubano para culminar cuando hayamos arribado al nueve de agosto.
Lo de “difícil”, aunque lo dijo antes de publicar su famosa novela (es la frase que abre La expresión americana, de 1957), es aplicado a su propia obra, pero podría funcionar como lema de lector o incluso como lema de vida. Lo difícil es estimulante porque nos reta, porque nos lleva más allá de nuestra comodidad y, cuando se trata de lecturas, nos nutre, nos hace crecer como lectores. Y si hablamos de la obra del propio Lezama, en verdad se trata de una aventura maravillosa. En un primer acercamiento a su obra, y en particular a Paradiso, se tiene la impresión de haber entendido poco, pero al mismo tiempo haber tenido una experiencia lectora única, una vaga sensación de haber experimentado un encuentro con una obra que ha tocado las fibras más profundas de nuestra psique de una manera inexplicable que se asimila más allá de la razón. Y el no entender mucho deja de tener importancia, pues como dijo él mismo: “En realidad, entender o no entender carecen de vivencia en la valoración de la expresión artística”. Luego, una segunda o tercera lectura, lejos de reducir el encanto del primer encuentro, resultan ser experiencias aún más fascinantes: empezamos a comprender ciertos códigos, a descifrar claves y a familiarizarnos con esa prosa “neobarroca” tan peculiar y, una vez que entonamos con ella, la leemos con fluidez y fruición.
De su poesía ni hablar, porque es la parte más críptica de su obra. Hay poemas que al primer contacto dan la impresión de ser un galimatías sin sentido, de poseer un código indescifrable, de ser cosa de iniciados. Y en ese primer encuentro, nos tenemos que conformar con la experiencia lingüística, ya que no semántica, aunque esa experiencia en sí misma resulta cautivadora. Pero si no nos quedamos con esa primera impresión y volvemos a intentarlo, en algún momento entramos en la temperatura de ella y caemos bajo su hechizo. Porque esa dificultad de la que venimos hablando no es una complicación arbitraria, sino que surge de una genuina necesidad expresiva: el vasto mundo interior de Lezama precisaba de ella para poder manifestarse en su totalidad. Exuberancia, hiperbarroquismo y sobreabundancia que dan como resultado una vivencia poética única. Como en la comida, Lezama le rendía honor a la consigna que tanto repetía: “excédete”, pues como dijo William Blake: “The road of excess leads to the palace of wisdom”; “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Un botón de muestra:
Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.
Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.
Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.
Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.
Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.
Y así como esa oscura pradera lo convida a él, su poesía, con todo lo que tiene de oscura, hipnótica y magnética, nos seduce y nos invita a entrar en ese portentoso laberinto.
Un aspecto más que hace a su forma de expresión aún más peculiar, es una extraña manera de emplear los signos de puntuación, debida ―decía él― al ritmo de su respiración asmática. Largas frases entrecortadas con comas en lugares inesperados creaban una sintaxis muy particular que hacía que los puristas se desgarraran las vestiduras. Apenas publicada Paradiso, Julio Cortázar hizo una fulminante defensa de su mentor cubano, cuando escribió en su ensayo “Para llegar a Lezama Lima”: “Cuando hace años comencé a mostrar o a leer pasajes de Lezama a personas que no lo conocían, el asombro que provocaba su visión de la realidad y la osadía de las imágenes que la comunicaban se veía casi siempre mitigado por una amable ironía, por una sonrisa de perdonavidas. No tardé en darme cuenta de que entraba allí en acción un rápido mecanismo de defensa y que los amenazados de absoluto se apresuraban a magnificar las tachas formales como un pretexto acaso inconsciente para quedarse de este lado de Lezama, para no seguirlo en su implacable sumersión en aguas profundas”.
Su estilo asmático bien pudiera denominarse estilo asiático, en el sentido que se daba en la antigua retórica griega: amplitud, abundancia, acumulación y ornamentación, en oposición al ático, caracterizado por la concisión, la sobriedad y la claridad. Como se ve, esta disputa se viene dando desde hace siglos en la tradición literaria occidental. En este estilo único, como en su narrativa y en su poesía, es cuestión de entrar en armonía con él para comenzar a degustarlo con deleite, como se empieza a disfrutar algo a lo que poco a poco le tomamos gusto.
Quede este primer texto como una mera introducción y al mismo tiempo como una invitación a acercarse a esa figura tan atrayente, a ese astro gigantesco que ejerce tanto magnetismo entre una secta de iniciados ―dicen, yo no lo creo tanto así― y, si quieren, a continuar leyendo esta columna en la que seguiremos hablando del “Viajero inmóvil”, del “Lince de Trocadero”, José Lezama Lima. Nos leemos en la próxima.