Cuando las pasiones y los talentos se conjuntan, algo en el aire se tensa y estalla. No siempre con ruido, no siempre con luz: a veces el origen es apenas un gesto mínimo, un encuentro casi casual, una conversación que se queda latiendo. Así comienzan ciertas cosas: un chico que camina, mira un póster, se detiene; una amistad que se reconoce en lo oscuro; la incomodidad de no encontrar un lugar donde decir lo que urge. Y entonces, sin que nadie lo nombre del todo, algo empieza a crecer.
No es inmediato. Primero son células dispersas: palabras sueltas, dibujos que buscan forma, intuiciones que no terminan de asentarse. Luego viene el tejido, la reunión, el impulso compartido. Lo que estaba guardado en cada uno encuentra eco en el otro. Se reconocen. Se sostienen. Se contaminan. Y en ese contagio, extraño y necesario, aparece la posibilidad de crear.
Así nace Teratoma: no como una idea pulida desde el inicio, sino como un organismo que se va formando mientras respira. Una plática entre amigos, una asesoría, la inquietud de publicar, el deseo de hacer algo propio. Lo que pudo ser un solo fanzine se convierte en revista, en proyecto, en espacio. Porque cuando tres voluntades coinciden, la escritura, la ilustración, la experiencia, algo se acomoda y también se desborda.
El nombre no es casual. Un teratoma es un cuerpo que contiene otros cuerpos, una anomalía que fascina y perturba: dientes, cabello, materia viva que no debería estar ahí y, sin embargo, está. Hay en esa imagen algo profundamente literario. Algo que incomoda, pero que también revela. Como el terror mismo.
Porque el terror, en voz de Martín Galván, no es sólo miedo: es una forma de decir lo que no encuentra cauce en otros géneros. Es una grieta por donde se filtran emociones más complejas, más íntimas. “El miedo es ese sentimiento que nos desnuda”, dice, y en esa desnudez hay una verdad difícil de sostener, pero también necesaria. Cada quien escribe desde sus propios temores, desde su propia oscuridad, y en ese ejercicio aparece una autenticidad que no se negocia.
Teratoma apuesta por eso: por hacer visible lo que suele quedarse al margen. No sólo publicar, sino generar encuentro. Abrir un espacio donde los textos no se envían al vacío, sino que regresan con eco, con lectura, con diálogo. Donde la literatura deja de ser un acto solitario y se convierte en una conversación sostenida entre quienes se atreven a mirar hacia dentro.
En ese sentido, la revista también es refugio. Un lugar donde experimentar sin la exigencia inmediata del éxito, donde el error es parte del proceso, donde el vértigo puede explorarse con cierta seguridad. Como abrir un libro inquietante: si la intensidad abruma, siempre se puede cerrar, respirar, volver después.
Pero hay algo más, queridas lectoras y estimados lectores. En el fondo, Teratoma no sólo habla del terror: habla de comunidad. De lo que ocurre cuando alguien deja de buscar un espacio y decide crearlo. De la transformación que implica pasar de escribir en silencio a sostener el trabajo de otros. De entender la escritura no sólo como impulso, sino como responsabilidad.
Y entonces, sí: el organismo toma forma. Las palabras se vuelven cuentos, las líneas imagen, las ideas cuerpo. Y lo que parecía extraño, incluso monstruoso, encuentra su lugar. No para normalizarse, sino para existir con toda su rareza.
Porque a veces lo más vivo nace justamente ahí: en lo que no encaja, en lo que incomoda, en lo que crece desde dentro sin pedir permiso. Y un día, de pronto, hace visible su forma. Hoy celebro este proyecto en el que tres grandes amigos permanecen, continúan, hacen algo valioso y distinto.
Este proyecto dice: aquí estoy. Y en este estar, les recuerdo que así inicia la llama, que se pasa de vela en vela, y que juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero