DANIEL MARTÍNEZ
No sé a quién se le ocurrió primero, pero se ha dado por hacer paralelos entre los cuatro escritores principales del llamado “Boom” de la literatura latinoamericana y “Los cuatro de Liverpool”; entre John, Paul, George y Ringo, y Julio (Cortázar), Mario (Vargas Llosa), Gabriel (García Márquez) y Carlos (Fuentes). Más de una vez me he encontrado comparaciones en posts y videos en redes sociales, pero la más importante que he visto es la que sugieren en su prólogo los editores del libro reciente y valiosísimo, Las cartas del Boom (2023): “…la relación entre estos cuatro escritores, una situación única y fascinante: un momento (un eterno presente segundo tras segundo), un movimiento (o estilo), un grupo (como los Beatles, otro fab four de la época), un club (como Pickwick Club, del que Cortázar fue maestro de ceremonias), una hermandad…”.

Más allá del hecho obvio de que se trata de dos cuartetos geniales, lo primero que llamó mi atención en estos dos grupos fue la coincidencia en la década. The Beatles dominaron todos los sesenta mientras en el mismo periodo se publicaban algunas de las novelas más importantes del fenómeno editorial del “Boom”. En el mismo año de 1963 se publicó la obra fundacional de The Beatles y un par de novelas que son piedra angular del movimiento literario: el disco Please Please Me, Rayuela de Julio Cortázar y La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa. Cuatro años después, a mediados de 1967, en pleno verano del amor y con apenas unos días de diferencia se publicaron las que tal vez sean las dos obras más importantes de cada fenómeno: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band y Cien años de soledad. Dos años clave y cuatro obras fundamentales: mientras en el ámbito de la música se daba un fenómeno sin precedentes, en el literario le tocaba a América Latina ―por primera vez― ser el centro de atracción del mundo. Dos fenómenos artísticos, masivos y comerciales, a cargo de sendos póqueres de ases.
De los cuatro novelistas Gabo fue el que más mostró afición por la banda de Liverpool y en varias ocasiones la exhibió en sus textos. Se dice ―y si no recuerdo mal lo escribió en su autobiografía Vivir para contarla― que cuando estaba escribiendo su obra magna en su casa de la Ciudad de México (Cien años de soledad la escribió entre 1965 y 1966) empeñó casi todas sus pertenencias y sólo conservó un tocadiscos con los Preludios de Claude Debussy, los conciertos para piano de Béla Bartók y el álbum A Hard Day’s Night (1964) de The Beatles; entre sus pausas de escritura escuchaba una y otra vez los tres discos. En un texto de 1980, con motivo del asesinato de John Lennon, se pronunció conmovido por el hecho y habló de su devoción por el cuarteto británico y cómo los conoció: “Yo no olvidaré nunca aquel día memorable de 1963 en México, cuando oí por primera vez de un modo consciente una canción de los Beatles. A partir de entonces, descubrí que el universo estaba contaminado por ellos”. Y una reflexión final del impacto de la banda en su vida y en la de todos: “Con más de 50 años encima y todavía sin saber muy bien quién soy ni qué carajos hago aquí, tengo la impresión de que el mundo fue igual desde mi nacimiento hasta que los Beatles empezaron a cantar. Todo cambió entonces”.
Ahí mismo alude a su colega Carlos Fuentes, diciendo que él también era un aficionado del cuarteto de Liverpool y que también los ponía cuando se sentaba a escribir: “Uno entraba entonces en el estudio de Carlos Fuentes y lo encontraba escribiendo a máquina con un solo dedo de una sola mano, como lo ha hecho siempre, en medio de una densa nube de humo y aislado de los horrores del universo con la música de los Beatles a todo volumen”. Y no sólo eso, sino que hasta tuvo el privilegio de conocerlos, según contó el propio Fuentes.
En una carta del 24 de julio de 1968 (que más bien parece ser un ejercicio de escritura experimental en inglés), desde Londres Carlos Fuentes le jura por Dios a Julio Cortázar que conoció a tres de los Beatles y fue con ellos al cine a ver una película psicodélica. Le escribió: “Well, man, I just happened to pop over to G. Cain my brother he of the Ass Jaw after going with George, Paul and John (God’s Truth) to see a psychedelic flicker called You Are What You Eat and sure enough, man, sure enough, there lay on his fridge the extant proof that you, Sire, are the perfidious and anonymous author of several underground masterpieces that relate, among soundry facts, to those relevants to the case of M. Valdemar…”. Los editores de Las cartas del Boom nos explican que es un ejercicio joyceano con varias referencias y lo traducen de esta manera: “Bueno, man, acabo de visitar por un capricho a mi hermano Bro G. Caín (Guillermo Cabrera Infante), el de la mandíbula filistea y la pérfida calientabraguetas, después de haber estado con George, Paul y John (lo juro por Dios) viendo la peli sicodélica Eres lo que comes. Y ciertamente, nada más verídico, allí estaba en su frigo la viva prueba de que vuestra merced, Señor Mío, era el autor desleal y anónimo de varias obras maestras underground que se relacionan, entre hechos diversos, con aquellos relevantes al caso de M. Valdemar… (ref. al cuento de Poe)” (p. 267).

¿Cómo es que Carlos Fuentes estaba en esa ciudad tan importante para aquellas fechas en las que el rock dominaba la escena musical y los hippies pululaban por las calles? Resulta que a Mario Vargas Llosa le tocó estar en Londres por entonces y Fuentes le cayó de sorpresa para quedarse con él unos días. Ambos escritores convivieron en esa urbe entre finales del 67 y la primera mitad del 68, mientras hacía poco que los fab four habían regresado de la India y estaban por grabar el White Album (1968).
De Julio Cortázar no podemos decir mucho y podemos aventurar que no tenía mucho interés en The Beatles, dada su gran afición por el jazz, pero no sería raro que entre su ―de seguro― monumental colección de discos se haya colado alguno de los de Liverpool y obviamente los tenía bien ubicados. En una carta de mayo del 66, le dice a Fuentes respecto de su libro Cambio de piel: “Bien sabes que no le he tenido miedo a eso, y me alegra la decisión con que te largas a esa vertiginosa serie de sincretismos, a esas alianzas admirables de los mitos consagrados con los mitos de nuestro tiempo que sólo la gente como tú sabe ver (¿Los Beatles, eh?). Todo esto te lo van a reprochar con uñas y dientes, porque tus mexicanos y mis argentinos y todos nosotros somos así a la hora de la literatura: lo que se consiente y se aplaude cuando lo hace un Durrell o un Jean Genet no debe hacerlo un escritor latinoamericano” (p.135).
En fin, nuevamente vemos cruzarse dos universos aparentemente distantes: dos artes y dos lenguas distintas, cuatro músicos que se volvieron la banda más influyente de la historia del rock y cuatro escritores en lengua española que revolucionaron para siempre nuestra literatura. Las comparaciones son analógicas y pueden parecer arbitrarias, pero ambos conjuntos revolucionaron para siempre sus respectivas escenas: la música popular y la literatura en lengua española. Nos leemos en la próxima.