DANIEL MARTÍNEZ
El fútbol, más que ningún otro deporte, ha sido siempre un tema controversial. Las discusiones en torno al deporte más popular del mundo son muchas y muy variadas. En este país y este año en particular, es tema de debate a varios niveles. México se prepara para ser “sede” de esta competencia en medio de diversos temas polémicos: mientras en el día a día vemos noticias sobre muerte, narcotráfico, desapariciones, descontento social e inseguridad, el Gobierno se prepara para recibir la justa con boato y presunción. Lo de sede va entrecomillado porque sólo albergará unos cuantos partidos, mientras que la gran mayoría de los encuentros ―y, por supuesto, los más importantes― tendrán lugar en Estados Unidos. Con todo, tras esta edición, México será el único país del mundo que podrá presumir de haber tenido partidos de tres ediciones distintas: México 70, México 86 y, cuarenta años después, México/EEUU/Canadá. El recién “remodelado” Estadio Azteca, ahora llamado Estadio Banorte, ya está listo para dar lugar al encuentro inaugural en el que, desde luego, jugará nuestra selección.
En este contexto particular, y en otro más general, hay quienes consideran a este deporte un fenómeno perjudicial para la sociedad. Para ellos, tanto como la religión, el fútbol es el opio de los pueblos: un juego rudimentario que atrae la atención del populacho y lo distrae de los temas importantes. Son aquellos que dicen que si nos preocupáramos por la educación tanto como lo hacemos por nuestra selección, nuestro país sería otro; que si gritáramos por la injusticia como gritamos un gol de nuestro equipo, la realidad social cambiaría; que mientras estamos embobados viendo un partido, ya se perpetraron los fraudes y desfalcos más atroces. En fin, que la masa enajenada de hinchas del balompié son en gran medida los culpables de toda tragedia social.
Desde que este juego no tenía mucho de existir, ya había opiniones de este tipo. Rudyard Kipling se refería a él como una superstición irracional y a sus aficionados como “almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Décadas después, en la misma línea, Jorge Luis Borges calificaba al fútbol como “estúpido”, “innoble” y “estéticamente feo”; decía que “el fútbol es popular porque la estupidez es popular”; afirmaba que este deporte despertaba las peores pasiones y fomentaba el nacionalismo y el chauvinismo. Habitante de uno de los países más pamboleros del mundo, se dice que programó una conferencia simultáneamente con el partido inaugural de Argentina 78 para ver quiénes eran sus seguidores más fieles. En este sentido, también recuerdo haber leído alguna vez a Octavio Paz afirmar que la India puso un ejemplo de civilidad democrática a todos los países de Europa y América cuando sus calles se llenaron de gente que salió a votar, en lugar de llenar estadios de fútbol.
Del otro lado hay un largo catálogo de escritores o artistas que sostuvieron una opinión muy positiva del “deporte más hermoso del mundo” (en palabras de Luis Omar Tapia). Tengo un recuerdo muy nítido del historiador Eric Hobsbawm elevando al fútbol a la categoría de arte en su Historia del siglo XX. Afirmaba que quienes hayan presenciado las hermosas gestas de Pelé y Maradona no podrían negarle ese estatus. Otro caso conocido es el de Albert Camus, quien lo practicó y llegó a declarar: “todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. En el ámbito hispanoamericano, el primer nombre que se nos viene a la mente es el de Eduardo Galeano. Siendo uno de los escritores más preocupados por las causas de los pueblos latinoamericanos, al mismo tiempo fue un gran adorador del fútbol, al que dedicó un libro emblemático: El fútbol a sol y sombra (1995). Él es una muestra clara ―creo yo― de que se puede ser consciente de los temas importantes mientras se puede tener afición por un deporte; de que una cosa no excluye a la otra.
En el ámbito nacional el referente obvio es Juan Villoro. El autor de No soy un robot ha llegado a definir al fútbol como un acto de fe: una especie de rito religioso en el que una multitud ―entre jugadores y aficionados― pone todo su fervor en un objeto esférico que decidirá la suerte de unos y otros. Ha dedicado varios libros al balompié: Los once de la tribu (1995), Balón dividido (2014), Dios es redondo (2006), el recién salido a las librerías Los héroes numerados (2026) y Yo soy Fontanarrosa (2019), un delicioso relato en el que vemos al protagonista jugar al lado de Chéjov, Tolstói, Joyce, Hemingway, Kafka y varios más en una escuadra cuyo número diez era Julio Cortázar. De él tengo otro grato recuerdo viéndolo dar una plática sobre fútbol y literatura junto a Eduardo Sacheri en el Hay Festival que se llevó a cabo en Zacatecas. Una tertulia hilarante en la que su acompañante argentino relató cómo en una ocasión fue a la casa de sus suegros a ver un partido para el que su novia lo conminó a mantener la compostura y terminó, sin darse cuenta, colgado de los barrotes de una ventana vociferando totalmente fuera de sí.
José Emilio Pacheco le dijo una vez a José Luis Martínez: “Nuestra selección nacional poética jamás ha hecho ni hará el ridículo [fuera de México]”. Concuerdo: en ese rubro México podría armar un once poderoso que le podría competir a cualquier país del orbe. Pero quizá lo que quiso decir con esto es que le hemos dedicado demasiada atención, tiempo y dinero a una disciplina que rara vez nos ha dado resultados satisfactorios, mientras que en otros sectores con poco presupuesto y reflectores, se han alcanzado logros importantes. En tal sentido tienen algo de razón quienes dicen que nos hemos olvidado de otros ámbitos. En fin, en estos temas, como casi siempre, es cuestión de equilibrio y perspectiva: no es lo mismo afición que fanatismo. Y aunque es verdad que este último despierta las pasiones más bajas, la afición puede incluso resultar, en un contexto adverso, un bálsamo más que un factor alienante. En cuanto a la situación nacional, muchas preguntas se responderán en los próximos tres meses. Nos leemos en la próxima.

Dinamismo de un futbolista, Umberto Boccioni.