DANIELA ALBARRÁN
Hace unos días escuché el podcast Léemelo, donde José María de Tavira entrevista a Tessa Ía. Disfruté tanto esa charla que tuve una hierofanía: toda literatura es erótica. Vaya, me refiero a la buena literatura.
Fue entonces cuando sentí la imperiosa necesidad de regresar a un texto que me parece fundamental para la vida y para quienes nos dedicamos, de una u otra forma, a la literatura: El placer del texto de Roland Barthes.
Y sí: el placer del texto, el placer del lenguaje, el placer de encontrar en un poema la palabra exacta o una gran historia. Frente a este texto, que per se es sumamente placentero, me puse a pensar profundamente en por qué estoy tan afianzada (fiancé) a la literatura. Y sí, no he encontrado placer más grande que los que me ha dado la lengua: el lenguaje y sus múltiples significados.
Rescato una frase del texto citado: “¿Me intereso en el lenguaje porque me hiere o me seduce? ¿Hay en ello una erótica de clase?”. Aquí tengo dos puntos. Primero: creo que una se engancha en la literatura justo porque hiere y, de alguna forma, esa herida primordial con la que nacemos llorando se va subsanando conforme leemos. Supura y sana al mismo tiempo; un asunto un poco masoquista, pero el placer también lo es, ¿o no?
Segundo: pienso que Barthes sugería que sólo la clase burguesa podía sentir esa erótica del texto, y ahí sí tengo algo que refutar. Siento que la clase trabajadora, a la que pertenezco, es la que más puede disfrutar de esa erótica (si es que los escasos privilegios de clase me lo permiten). Sólo después del cansancio, del agotamiento extremo, se puede encontrar belleza en la palabra, en un contraste absoluto y un tanto absurdo con la confrontación extenuante del sistema capitalista.
La vida sólo merece ser vivida en tanto una se encuentra con la belleza de la palabra. Es algo que no pienso discutir ni con Barthes ni con nadie, porque sólo alguien como yo, que trabaja mil horas al día y cuyo consuelo es robarle tiempo al tiempo para leer, puede encontrar en la palabra el placer que la vida no ficcional jamás podrá otorgar.
Insisto en la idea de la burguesía porque Barthes menciona: “no devorar, no tragar sino masticar, desmenuzar minuciosamente; para leer a los autores de hoy es necesario reencontrar el ocio de las antiguas lecturas; ser lectores aristocráticos”. Me niego profunda y radicalmente a que el disfrute de la literatura sea cuestión de clase, pero a veces me doy cuenta de que sí. El lector ideal de Barthes parte de la idea de que el placer proviene del ocio; mi placer viene de la decadencia, del cansancio, incluso de la violencia sistémica: de ahí proviene el erótismo del que hablo y del que vivo: un erotismo de la necesidad de desear el texto y que el texto desee ser leído por mí, un erotismo de la saciedad desesperada, de la sed que ni con agua se agota.
A veces, en momentos de histeria, de precariedad o de la pura tristeza de estar viva, vuelvo mentalmente a los libros que me sostienen. Vuelvo a aquellos textos que, al recordarlos, me hacen hervir la sangre con el deseo de leer de nuevo sus afiladas palabras, sus verbos húmedos acariciados por la punta de mi lengua al pronunciarlos. Y recuerdo que el placer, el único e incluso carnal placer que he sentido, es el placer del texto.

El poeta favorito, Sir Lawrence Alma-Tadema (1836 —1912).