DANIELA ALBARRÁN
Vi la película de Guillermo del Toro y, aunque me pareció bellísima, en este texto quiero centrarme en los cuestionamientos filosóficos y ontológicos que subyacen en Frankenstein. Mi análisis irá más allá de la película, acercándose más a la novela epistolar de Mary Godwin.
Pedazos
Creo que uno de los postulados más importantes de Frankenstein es la reflexión sobre nuestra creación, la primera y quizá única herida mortal: el nacimiento. “La cosa” fue creada de pedazos de otros seres humanos; cuando vi la película, entendí la belleza de esa metáfora. Todos, de cierta forma, estamos hechos de pedazos de otros. Desde pequeños nos vamos construyendo a través de los demás, y es a raíz de sus creencias que nos volvemos lo que somos o seremos.
Nacimiento
Regreso al nacimiento, a esa herida primordial que sólo la muerte puede curar. Es notable cómo «La cosa»1, aunque quiera y lo intente de mil maneras, no puede renunciar a su vida. Tiene una existencia que no pidió y que tampoco puede terminar.
Esa me parece una de las ideas más fuertes, porque, de alguna forma, todos somos monstruos creados por otros monstruos, dotados de una vida que no fue solicitada. Una vida que, probablemente, muy desde el fondo de nuestro ser, a veces quisiéramos no tener. Pero la vida «se tiene».
Por eso me parece tan acertada la frase que Del Toro coloca como colofón a su película: “y así, el corazón se romperá, pero aun roto, vivirá”. Creo que captura la idea de que, pese a todos sus dolorosísimos matices, la vida debe seguir siendo vivida.
Compañía
Otro punto que me parece bellísimo es la tríada soledad-compañía-hogar, presente tanto en Del Toro como en la novela. Uno de los postulados más fuertes es: ¿qué tanto vale la pena vivir la vida en soledad? Y no me refiero a una compañía de pareja, sino a una conexión del tipo Into the Wild, donde el protagonista concluye: “Happiness is only real when shared” (La felicidad sólo es real cuando es compartida).
Ese es un punto crucial. «La cosa» siempre quiso un hogar, pero Víctor, su creador, fue el primero en negárselo. ¿Cuántas familias se sustentan en el abandono? ¿Cuántas infancias nacen sin derecho a un hogar? Qué fuerte y qué importante que Mary Shelley lo haya metaforeado de esa forma.
La identidad
Uno de los momentos más sublimes en la adaptación de Del Toro es cuando “La cosa” aclara que no es un “something” sino un “someone”. Pienso que la (des)personalización es uno de los regalos o castigos más grandes que se le pueden dar a un individuo.
Uno existe a medida que la otredad nos reconoce. Y aquí surge la duda: si los demás no me reconocen, ¿realmente existo? Es otro cuestionamiento filosófico interesante, y más profundo porque la criatura afirmó su identidad antes y a pesar de que la otredad lo hiciera. Eso me parece fundamental en la construcción de su “yo”.
El nombre
Finalmente, me parece fundamental el peso del nombre. Todos los seres humanos, de una u otra forma, cargamos con el nombre de nuestra familia. Es justo lo que le ocurre al monstruo: popularmente se le conoce como «Frankenstein», cuando en realidad nunca tuvo nombre, pero terminó cargando con el de su creador. Es un tema, si se quiere, patriarcal, en el sentido de que todos cargamos con el apellido paterno (aunque no queramos) y desde ahí se va moldeando nuestra «monstruosa» identidad.
Creo que la adaptación de Del Toro es muy buena pero, en general, la novela de Mary Shelley es maravillosa en muchísimos niveles. Es una obra que sí, se adelanta a una época tecnológica, pero que también se plantea temas que, quizá, en la época de la escritora no eran tan comunes. Hoy por hoy, tenemos la oportunidad de volver a esos cuestionamientos; si no es a través de una película, que sea, entonces, a través de nuestros propios monstruos.
Referencias
1En el libro el narrador se refiere al monstruo mal conocido como Frankenstein como “La cosa”, lo cual demuestra el absoluto desdén y despersonalización que su creador tiene hacia él.
