Había una vez una niña que escribía y leía porque no tenía con quien hablar. No era una cuestión de abandono, como pudiera creerse, sino que pasó del campo –acompañar al bisabuelo a pastar las ovejas, jugar con los primos, escuchar las historias de sus mayores y visitar a los puercos y vacas cada mañana– a la ciudad –encerrada para su seguridad, con papá y mamá trabajando para que no faltara nada en casa, una hermana que comenzaba a balbucear y algunas veces uno o dos perros. A esa niña la cuidaban mujeres adultas muy dicharacheras y buenas personas, pero no eran la libertad de los atardeceres corriendo, las tardes colgadas sobre los árboles ni las noches acurrucadas en el regazo de los abuelos.
Entonces, la niña aprendió a juntar signos y dar significado a las líneas, entendió pronto que no estaba sola porque podía crear mundos, anunciar lo que sentía, viajar y escuchar a otros mayores que también tenían historias para ella.
Con el paso del tiempo esta niña aprendió que los libros iniciaban una llama, primero en su interior y después en los demás, algunos escuchaban sobre lo que leían, otros le enseñaban a su vez la llamita que guardaban en su interior. Comenzó a escribir y, con la pira en la mano, comenzó a caminar hacia la cueva con otros detrás de ella, también aprendiendo a juntar signos y a contar historias. Otros, por supuesto, iban adelante: ese camino ya estaba trazado y otros ya habían iluminado el trayecto. Unos más, finalmente, iban a su lado haciendo cada vez la llama más grande, juntando sus fósforos, sus velas y mecheros, incendiando juntos, generando una flama constante.
Hace tres años, queridas lectoras y estimados lectores, les escribía sobre la importancia del fuego, sobre el calor en la hoguera en las casas de las madres y abuelas, sobre el conocimiento robado para dotar a los humanos de la iluminación, sobre las lenguas de fuego sobre las cabezas de estos pequeños mortales, sobre la calidez de encender un cigarro con el fuego amigo.
Hoy vengo a agradecerles por mantener esta llama encendida, por hacer de este espacio el suyo, por confiar y venir a leer, escribir, mostrar, dibujar, abrir la grieta personal para que podamos echar un vistazo en el talento y la sensibilidad que pasa por cada persona que nos ha regalado un trocito de su vida, su cuerpo, fobias y filias. Agradezco a quienes hacen posible este número y los anteriores, a Alberto Avendaño por continuar conmigo como cómplice porque sí, no se dice, pero es arduo el trabajo de conjuntar, pensar y realizar este trabajo semanalmente, pero la satisfacción de ver materializado este proyecto paga con creces el esfuerzo de levantarse a soplar el fogón hasta que la llama permanezca estable.
Agradezco a mi compañera en el viaje de puntos suspensivos y en El Mechero: Shampoo (alias Anai Castillo) porque sabe la importancia de compartir ambos proyectos, porque sostiene y da el impulso siempre que ha sido necesario, porque cree en nosotras y a veces sólo eso es necesario.
Agradezco cada incendio personal en los colaboradores porque sé que también implica un extra la constancia, a nuestros amigos e invitados, a quienes vienen de vez en cuando, pero se mantienen al tanto. A quienes nos comparten y también a quienes nos consumen en silencio. A María Escobedo y Darío Luna por el apoyo, el tiempo y la dedicación al vestir estas páginas durante el tiempo que lo hicieron y a Ezequiel Carlos Campos por darme el impulso para que tomara la confianza para continuar.
Muchas gracias a todos por formar parte de esta niña que encontró con quien dialogar, de esa mujer que ahora lleva un mechero en las manos con una pequeña flama que, sin embargo, es fuerte porque la acompañan otras de muchas personas que la sostienen. No lo olviden, desde hace tres años juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero