Imagen: De la serie Ladies and Gentleman, de Andy Warhol.
EL FORTINO
Valentina me ha pedido, una vez más, que si quiero ser su novio.
Y, otra vez, le he dicho que lo pensaré.
Valentina es un amigo que usa tacones y vestido. Alto, con facciones de mujer, muy definidas. Me invita alguna cerveza ocasionalmente. Me dice que le gusta mi compañía. Eso me dice.
Es de Sombrerete, pero viene cada quince días a Guerrero. Me manda mensajes ocasionalmente. Cuando sale a otros estados, a trabajar, cuando está aburrido de la vida.
Me gusta mucho cuando me cuenta sobre su trabajo. Yo también le hablo sobre la vida. Mis despechos. Mi poca suerte en el amor, mi soltería eterna. De mi ya cansado discurso, de que me pusieron el cuerno nuevamente. De que valgo chingada para esto de una relación. Y me compadece.
Ella me habla de la casa que le compró a su familia, a pesar de que no le habla. De la tristeza en la que vive porque a su padre no le encanta que use falda y escote. De su hermano pequeño, que tampoco le habla. De su madre católica, que lo condena. Y yo lo escucho.
Somos dos, rotos: yo enano, casi al ras del suelo; él, alto, hermoso, más alto con tacones.
Me vuelve a pedir que sea su novio, me paga con cervezas la charla, me ofrece un billete de doscientos, me dice que no es un pago ni nada, que se los acepte. Pero me niego.
Le doy un beso en la boca, sentados en la barra, entre el ruido de la fiesta, entre la gente.
Son segundos. Me dice que mi boca sabe a dos equis lager, porque es lo que estoy tomando. Me da unas gracias que suenan a despedida. Le doy un trago a mi cerveza, después otro más. Él se me acurruca al pecho, me dice que puede oír mi corazón, y se pega más a mi pecho.
«Está roto». Me dice.
«Está roto». Le digo.
Le informo que tengo que irme, que tengo que ir a una casa donde no me espera nadie. Pero tengo que irme.
Valentina no se niega. Me acaricia la cara con cierta bondad, como quien busca la permanencia de una cara, y se retira del abrazo permanente.
El billete de doscientos pesos sigue en la barra. Y ahí se queda.
Le doy un beso en la mejilla y me despido de Valentina para siempre.
Los sábados son demasiado dolorosos por la madrugada.