Hay editores que publican libros; y hay otros —muy pocos— que devuelven al objeto su misterio. Sombrario Ediciones nace desde esa segunda tribu: la de quienes creen que una plaquette puede latir, que un cuadernillo breve posee una vida que el lomo rígido del libro convencional a veces asfixia. En su conversación con El Mechero, Enrique Carlos habla con la certeza de quien ha encontrado en la artesanía un modo de respirar y, sobre todo, de resistir.
Porque no se trata sólo de imprimir poesía, sino de devolverle su escala natural. El formato largo —nos recuerda— es una convención que se impuso con la industria, no con la necesidad del poema. Lo breve es, quizás, la respiración original del verso; su temperatura exacta. En esa intuición se sostiene Sombrario: en la convicción de que el poema no necesita engordar para ser tomado en serio, que las treinta o cuarenta cuartillas pueden contener un mundo entero, si el mundo cabe en la voz.
La plaquette aparece entonces como territorio de dignificación. Hay en ella un pulso de intimidad: un libro que cabe en la mano, que se lee sin prisa pero sin miedo, que recupera la atención del lector sin someterla. Sombrario entiende ese gesto y lo eleva. No fabrica volúmenes: construye piezas. Cada título pasa por un proceso lento, artesanal, casi devocional. El editor conversa con los autores, trabaja el texto con ellos durante meses, encuentra la forma justa, diseña con sobriedad lo que debe acompañar al poema. Después viene la parte física, donde la paciencia se convierte en método: impresiones cuidadas, dobleces impecables, forros serigrafiados uno por uno, números escritos a mano como quien firma una promesa.
En un país donde los costos editoriales se disparan y las tiradas masivas se vuelven inviables para la poesía, estas piezas breves y meticulosas funcionan como una alternativa luminosa. No sólo por la economía —que permite publicar con mayor frecuencia y mantener vivo el proceso creativo—, sino por la cercanía con el lector. Las plaquettes fluyen mejor cuando el cuerpo está presente: lecturas, ferias, bazares, escuelas. Ahí encuentran su territorio natural. Es en la conversación directa, en la mesa compartida, donde estos objetos mínimos despliegan su potencia.
Y sin embargo, la brevedad arrastra todavía su propio prejuicio. Hay quienes miran la plaquette como un formato menor, casi doméstico, incapaz de sostener la legitimidad institucional del libro convencional. Sombrario contradice esa idea con hechos: con un catálogo que crece con rigor y diversidad, donde conviven primeras publicaciones con voces de larga trayectoria; donde Guadalajara dialoga con Quebec; donde lo emergente y lo consolidado se reconocen en su justa escala. Veinte títulos —hasta ahora— que construyen una poética editorial tan coherente como libre.
El objeto, en manos de Sombrario, no es nostalgia: es una apuesta política. Una forma de reclamar el tiempo propio en medio de la velocidad, de defender el trabajo paciente, de recordar que la poesía no está obligada a obedecer al mercado. Cada plaquette es una ventana a esa forma distinta de hacer libros: pequeña, sí, pero nunca menor. Una pieza que resiste el olvido porque no busca durar: busca acompañar.
De algún modo, Sombrario Ediciones practica la antigua y la nueva lección del oficio: cuidar el poema, cuidar el objeto, cuidar la relación entre ambos. Y en ese gesto —ínfimo, meticuloso, insistente— nos recuerda que la literatura también se sostiene con las manos. En la textura de un papel, en la tinta que dibuja un lomo inexistente, en la intimidad de un formato que vuelve a encontrar su dignidad. Una apuesta al objeto, sí. Pero sobre todo, una apuesta al poema en estado puro.
No lo olviden, queridas lectoras y estimados lectores, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero