DANIEL MARTÍNEZ
Desde que el rock es rock, ha tenido una relación a veces muy cercana con la literatura. Varios artistas del género han tomado como referencia, base o inspiración libros, poemas, capítulos, temas, personajes o historias literarias. A decir de Alberto Blanco (1951-), el rock así llamado nació en 1966 por numerosas razones que enlista en 1966: año de nacimiento del rock, y con el lanzamiento de cuatro álbumes como obras fundacionales: Freak Out! de Frank Zappa, Pet Sounds de The Beach Boys, Revolver de The Beatles y Blonde on Blonde de Bob Dylan. La culminación de este romance entre rock y literatura se dio exactamente medio siglo después, cuando en el 2016 se le otorgó el Nobel de Literatura al propio Dylan, “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Con todo y polémica, este galardón coronó cincuenta años de simbiosis entre rock y literatura, entre lírica popular y poesía.
Definir las fronteras entre poesía en términos llanos, poesía lírica y lírica popular, es algo que se puede tornar difuso, así como también es difícil distinguir entre poeta y letrista. ¿Qué separa una labor de otra o un artista de otro? Varios poetas han escrito letras para cantar (pienso en Sor Juana, Benedetti, Borges o García Lorca) y varios songwriters escribieron canciones que son poemas (en español el primero que me viene a la mente es Luis Alberto Spinetta, quien con Pescado Rabioso sacó un disco con nombre de poeta surrealista francés: Artaud). Leonard Cohen fue poeta antes que letrista; Bob Dylan escribía canciones y obtuvo el Nobel de Literatura; Jim Morrison escribía las letras de The Doors, pero también publicaba libros de poesía. Como sea, me parece que ese Nobel de Literatura 2016 de alguna manera honró esa milenaria tradición que une a los creadores de poemas y de canciones, desde la poesía lírica en la antigua Grecia (escrita para ser cantada con acompañamiento de lira), los rapsodas y aedos, pasando por los bardos celtas, los trovadores y juglares medievales, los cantores renacentistas y el lied decimonónico, hasta los cantautores del siglo XX y XXI.
Pero volviendo a la literatura como inspiración del rock, hay una interminable lista de ejemplos, que daría para escribir un libro entero. Pensemos en los más conocidos: Animals de Pink Floyd toma como base la obra Rebelión en la granja de George Orwell (1903-1950); Led Zeppelin tiene en algunas letras referencias directas a personajes y pasajes de El señor de los Anillos; Rush nombró una canción exactamente igual que un libro de Mark Twain: Tom Sawyer; Metallica hizo lo mismo con “For Whom the Bell Tolls” (Por quién doblan las campanas en español) de Ernest Hemingway (1899-1961); “White Rabbit” de Jefferson Airplane alude al personaje de Alicia en el País de las Maravillas… De esa enorme lista tomaré y mencionaré algunos de mis ejemplos favoritos, quizá no tan conocidos, que en esta ocasión son de una única banda de metal: Iron Maiden.
En los inicios de la banda, cuando su vocalista todavía era Paul Di’Anno, la Doncella de Hierro publicó un álbum llamado Killers (1981), del cual sobresale una canción que lleva casi el mismo nombre que un cuento de Edgar Allan Poe (1809-1849): “The Murders in the Rue Morgue”, que en español suele traducirse como “Los crímenes de la calle Morgue”. El cuento es considerado formalmente el primero en la historia del género detectivesco y narra la resolución de un crimen aparentemente inexplicable, en el que resultaron asesinadas dos mujeres. Este cuento sienta las bases que luego serán muy utilizadas para las novelas policiacas: el detective genio que resuelve crímenes inexplicables rastreando pistas, el amigo/ayudante que narra la historia, la intriga que genera la investigación y el desenlace explicativo en el que todo se aclara con el deslumbrante intelecto del protagonista. La canción, “Murders in the Rue Morgue”, muestra otra interesante perspectiva de alguien que no se sabe si es testigo o perpetrador del crimen, pues estuvo en la escena, pero luego sufre una persecución y sugiere que tal vez deba volver a donde se cometió el crimen, que su doctor le dijo que “ya lo has hecho antes”. Parecen los rasgos típicos del asesino que regresa a la escena y es probable que se sugiera un caso de esquizofrenia. Como sea, la canción es una rápida y fluida narración desde la perspectiva del testigo/asesino acompañada de esa música vertiginosa que caracteriza a Steve Harris y compañía.
Tres años después, ya con Bruce Dickinson en sus filas, publican el álbum Powerslave ―mi favorito―. Este trabajo culmina con una larga canción que se titula como un poema emblemático del Romanticismo inglés: “The Rime of the Ancient Mariner”, de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), traducido en español como “La balada del viejo marinero”. Es un poema narrativo de largo aliento en el que vemos al anciano marinero en una boda contando la trágica historia de cómo un día, por matar a un albatros ―criatura sagrada para los románticos― él y toda su tripulación padecieron una terrible maldición que incluía sed extrema, alucinaciones y muertes; de cómo de esta vivencia traumática el longevo hombre comprendió que transgredir a la naturaleza puede tener graves consecuencias. La letra de la canción es otra versión del poema, desde una nueva perspectiva de quien dice “escucha la historia del viejo marinero al ritmo de esta música”, al ritmo de ese heavy metal tan puro y melódico que distingue a Iron Maiden.
Ya en el año 2000, la banda sacó el disco Brave New World, que es el nombre original del libro que suele ser traducido como Un mundo feliz, de Aldous Huxley (1894-1963) (La expresión “brave new” es un tanto ambigua, porque designa lo que es novedoso pero despierta suspicacias), esa célebre novela distópica ―y profética, parece― que describe un mundo futuro en el que se ha desnaturalizado a la humanidad, presa de la alienación, el consumo, el avance de lo material y el enajenamiento de la población por una droga. La letra de la canción homónima es una elegía por la naturaleza perdida, escrita principalmente por Steve Harris y cantada por la potente voz de Bruce Dickinson: “Lost my love, lost my life / in this garden of fear (…) All is lost, sold your souls / to this brave new world” (Perdí mi amor, perdí mi vida / en este jardín del miedo… Todo está perdido, vendieron sus almas / a este “grandioso” mundo nuevo).
Quedan bastantes ejemplos más de cómo los songwriters han tomado elementos de la tradición literaria para crear sus canciones. Dejaremos algunos más para el siguiente texto. Hasta la próxima.