ENRIQUE GARRIDO
En uno de mis ya característicos viajes en camión llenos de estímulos como el teléfono, el paisaje y la música a todo volumen, entre otros, subió un payaso con una simple petición: “Damas y caballeros, favor de prestar atención”. Lo recuerdo bien porque, lamentablemente para el payaso, pero no para ustedes, su mensaje me llevó a una divagación en torno a la noción de prestar atención.
Pensar la atención como una propiedad personal, como una posesión que podemos prestar a elementos externos de nuestra elección, nos da una sensación de control. Yo elijo qué la merece, qué es importante. Cuando nuestros padres nos regañaban, y no era mal visto, decían que ya nos habían llamado la atención. Incluso en los libros, los docentes nos recomendaban poner atención en lo que el autor o la autora quieren decir. Ese enfoque también aplica a cualquier tipo de arte, sea cine, pintura o teatro. Frente a mensajes profundos o tareas complejas se necesita concentración, lectura e interpretación, lo cual reafirma el carácter seleccionador de la atención. Elegimos según intereses, separando entre lo importante y lo secundario bajo nuestros propios criterios. Sin embargo, para la sociedad de la productividad y la autoexigencia, la pausa y el respiro resultan incómodos. Son momentos donde aparentemente no se produce ni se consume.
En enero de 2025, el periódico británico The Guardian publicó un artículo con una pregunta provocadora. “‘Not second screen enough’: is Netflix deliberately dumbing down TV so people can watch while scrolling?” El texto describe un fenómeno cada vez más común llamado doble pantalla. Consiste en consumir contenido en un dispositivo principal, como el televisor o una computadora, mientras se utiliza simultáneamente otro aparato, casi siempre el teléfono móvil. La atención ya no pertenece a una sola historia. Salta entre la trama del episodio, un mensaje de WhatsApp, correos del trabajo y el desplazamiento infinito de redes sociales.
En realidad, el fenómeno nos resulta familiar. El ritmo cotidiano deja poco margen para ver una película con calma. Entonces aparece la tentación de aprovechar el tiempo, lo que sea que eso signifique, haciendo dos o tres cosas al mismo tiempo. Mientras corre una serie, revisamos mensajes. Mientras alguien habla en pantalla, respondemos un correo o miramos titulares. El entretenimiento se vuelve una especie de telón de fondo para otras tareas.
Este hábito ha empezado a influir en la manera en que se producen los contenidos audiovisuales. Algunas plataformas y productoras, conscientes de que buena parte del público mira a medias, optan por historias más simples, diálogos que repiten información clave o tramas fáciles de seguir incluso si uno se distrae durante varios minutos. Poco a poco se sacrifica parte del lenguaje cinematográfico construido durante décadas. El encuadre, el silencio o el ritmo visual pierden peso frente a la necesidad de que la historia se entienda, aunque la audiencia tenga la mirada puesta en otro lado.
La multiplicación de estímulos tiene un costo. La fragmentación de la atención dificulta sostener una concentración profunda. Diversos estudios señalan que la multitarea constante entre pantallas puede afectar la memoria inmediata y aumentar la sensación de ansiedad. La doble pantalla no es solamente una nueva forma de ver series o películas, también revela una relación distinta con el tiempo y con las imágenes. Vivimos rodeados de estímulos que compiten por segundos de atención y terminamos repartiendo nuestra mirada como quien reparte monedas.
Mientras terminaba de ordenar todas estas ideas en mi cabeza, me di cuenta de que el payaso ya había terminado su acto. Algunos pasajeros reían, otros seguían mirando sus teléfonos. Yo estaba tan ocupado pensando en la atención que olvidé prestarla. Cuando el camión se acercó a mi parada me levanté, busqué una moneda y se la di a manera de disculpa, tal vez por no haber visto el truco completo, o tal vez porque, como sospecho, cada vez con más frecuencia mi atención suele tener su propia agenda y muchas veces ni siquiera estoy invitado.
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