JESÚS UGARTE
¿Cómo llegué a trabajar en esa editorial? La editorial T, dirigida por Antonio, un andaluz que hablaba como si estuviera haciendo una mala imitación de Salvador Dalí— me dio la bienvenida advirtiéndome, sin embargo, que lo que se venía sería un gran reto: la responsabilidad de promocionar libros. ¿Qué tipo de libros? En su mayoría, de autoayuda y budismo. La editora decía: «No son de autoayuda, son libros especializados para psicólogos», pero esos libros no eran buenos ni en su título. Por ejemplo, había un libro que se titulaba ¿Por qué mis papás no me quieren?, otro Decretos poderosos cambiarán tu vida, y ni hablar de las portadas, que se hacían a partir de avatares de Canva. Era un desastre. Desde el día uno que pisé ese lugar —una editorial que había vivido tiempos mejores, pero que ahora gritaba lo mismo que la estructura esquelética de Antonio: decrepitud.
No todo era malo: había un libro que reunía los mejores poemas de Sabines; otro, los de Pita Amor; uno de Enrique Serna y otro de Vicente Quirarte. Pero era todo lo que, al menos para mí, valía la pena. ¿Que por qué entré a trabajar a una editorial si sabía que sus libros eran malos? Por la misma razón que uno acepta, emocionado e ingenuo, su primer trabajo en algo que no es un puto call center. Pensaba que desde esa editorial habría una especie de oportunidad, un trampolín que me llevaría a otras editoriales con libros que verdaderamente me importaran.
Mi primer error fue pensar que todos ahí estaban interesados en «el libro». No en esos libros, desde luego, sino en aquello que en algún momento de su vida había llegado a sus manos y los hizo decir: «Esto es una maravilla, sería buena idea dedicar mi vida a esto que me hizo tan feliz», como lo hacía mi amigo Chava Rubio, un librero que conocí hace tiempo en una librería del Fondo y que se divertía recomendándome literatura argentina y advirtiéndome de malas ediciones o colecciones que estaban a punto de agotarse. De esa emoción que uno esperaría encontrar en una editorial —ya fuera por alguna novedad o por el orgullo de decir: «Nosotros publicamos este librazo»— no había nada. A los libros se les veía con disgusto; me atrevería a decir que hasta con asco. Los vendedores llegaban con noticias de las librerías diciendo: «No los quieren exhibir. Los ponen hasta atrás», y se llevaban el regaño injusto de quien quiere ver resultados a partir de hacer quién sabe qué cosa.
Ante este panorama, la promoción de los libros era imposible. Antonio había creado el área de «Coordinación de Promoción», pero había supuesto que mi salario habría de contemplar todo lo que se necesitaba: tan solo un escritorio y una computadora. Pero cuando había necesidad de imprimir, hacer carteles, separadores o bolsas de regalo… nada. Las presentaciones eran una locura, pues no se les cumplía a los autores con el número de libros que solicitaban. Llegaba uno con su carota de “coordinador de promoción” a ofrecer disculpas a los asistentes —que en su mayoría (por no decir todos) eran familiares o amigos del autor— y a decirles que se les haría llegar, por obra del espíritu santo, un ejemplar.
En alguna ocasión me tocó presentar un libro que llevaba por título Evitar el suicidio, y la autora —a sabiendas de la clase de editorial que éramos (pues, aunque parezca sorprendente, llevaba ya cinco libros con nuestro sello)— pidió la cantidad de treinta ejemplares para un evento que ella auguraba como «multitudinario», con estudiantes, doctores, maestros y demás. Le dijimos que sí, y Antonio se frotaba las manos pensando en el buen negocio que podía llegar a ser ese libro que, por supuesto, no había leído, resolviendo desde su mirada de estratega mercachiflero que el tema era tan relevante que se vendería solo.
La presentación se haría un sábado en la librería El Sótano de Miguel Ángel de Quevedo. Desde el jueves habíamos estado como locos juntando los libros que la autora había solicitado y, con dificultades, habíamos reunido veinte. El resto no existía, o mejor dicho, estaban ya sembrados en las demás sucursales. Tampoco es que tuviéramos alguna reserva en la editorial. Antonio tenía miedo de tener su almacén ahí mismo, so pretexto de que le fueran a robar (que yo me pregunto: ¿quién en su sano juicio se robaría esos libros?). Así que tomé medidas desesperadas que implicaban trasladarme a otras sucursales y pedir los libros de la autora para la presentación. Ahí andaba yo, gastando en pasajes y con la mochila atiborrada de libros para evitar que la gente se suicidara mientras yo sudaba la gota gorda.
Llegó el día de la presentación y la mesa estaba adornada con los treinta libros de la autora. Había llegado temprano para hacer pruebas de audio y, por poco, me aprendo su biografía completa. Todo para que llegaran apenas cinco personas… y dos niños que se perseguían alrededor de la mesa. El micrófono era tan innecesario como la letanía que los parientes seguramente ya habían escuchado más de una vez. Porque sí: las cinco personas eran su propia familia.
No podía enojarme. Aquella lamentable presentación no podía sino despertarme sentimientos de tristeza por la autora. Pero ella permanecía sonriente.
Al final se vendieron tres libros, de los cuales —por puras ganas de sentir que nada de eso había sido en vano— compré uno. Como quien, teniendo un negocio, mete dinero en su propia caja.
Me acerqué para que me lo autografiara, y me dijo:
—Qué bueno que se reunieron los treinta libros. Así se da la impresión de una editorial fuerte. Lástima que tuvimos poca audiencia.
Y yo, con el tacto y la comprensión que puede tener alguien rodeado de libros tan cutes, pensé: “No diga mamadas”.