Yo no fui cercana a Uriel, pero compartí algunos silencios en un café del Centro Histórico. Siempre he sido asidua a sentarme en el mismo lugar y supongo que él también lo era porque algunas tardes lo veía llegar con su bolsa llena de libros, mucho antes de que las tote bag se pusieran de moda, cargada con libros, revistas y hasta periódicos. Yo no lo conocí de cerca, pero sabía que era lector. Y ahí estaba yo adivinando cuál libro era esta vez, a hurtadillas, para que no se diera cuenta. No lo conocía de cerca, pero sabía que era especial. Y creo que nos reconocíamos cuando saludaba a mis amigos o yo a los suyos, como los vecinos cafetaleros de un rincón de la ciudad, yo sólo le sonreía. Uriel Martínez pertenece a esa rara estirpe de escritores que dejaron una huella indeleble tanto en la literatura como en la vida de quienes tuvieron la fortuna de conocerlos.
Poeta, cronista, librero, observador incansable de la condición humana y caminante cotidiano de las calles de Zacatecas, Uriel construyó una obra atravesada por la ironía, la lucidez y una mirada profundamente crítica sobre el mundo. Fue un escritor que convirtió la observación en oficio y que encontró en los márgenes, en los trayectos urbanos, en los cafés, en las plazas y en la conversación cotidiana una materia literaria tan valiosa como cualquier gran acontecimiento.
Sin embargo, acercarse a Uriel únicamente a través de sus textos sería insuficiente. Su personalidad, tan singular como su escritura, continúa viva en la memoria de quienes compartieron con él la amistad, las discusiones literarias, los desayunos interminables, los paseos por el centro histórico y las conversaciones que podían oscilar entre la poesía, el cine, la política, el chisme cultural y las supersticiones.
Por ello, este número especial reúne las voces de algunas de las personas que mejor lo conocieron. Su gran amigo Romeo evoca al hombre irreverente, divertido y entrañable que convirtió la libertad en una forma de vida. Verónica G. Arredondo recupera la intimidad de una amistad inesperada que creció entre mensajes, cafés y confidencias literarias. Patricia Vázquez recuerda al amigo atento, crítico y profundamente humano que encontró en la conversación una manera de habitar el mundo. Alberto Avendaño, amigo, interlocutor constante y custodio de una parte fundamental de su legado, comparte la memoria de un Uriel cuya honestidad brutal y sentido del humor continúan resonando en quienes lo trataron.
Los testimonios aquí reunidos no buscan construir una versión definitiva del escritor. Por el contrario, revelan la riqueza de una personalidad imposible de reducir a una sola imagen. En ellos aparece el intelectual apasionado por los libros, el lector feroz, el crítico incómodo para las instituciones, el hombre enamorado, el observador de las calles, el amigo generoso y también el personaje irrepetible que parecía incapaz de callarse aquello que pensaba.
Leer estos recuerdos es descubrir que la obra de Uriel no terminó con su partida. Permanece en quienes aprendieron a mirar el mundo a través de sus palabras, en quienes compartieron una mesa con él y en quienes todavía lo encuentran, de manera inesperada, al doblar una esquina del centro histórico o al abrir alguno de sus libros.
Como cierre de este homenaje, queridas lectoras y estimados lectores, presentamos una selección de poemas inéditos realizada por Alberto Avendaño. Se trata de textos que amplían la comprensión de una obra todavía vigente, necesaria y provocadora. Más que un rescate documental, esta publicación constituye un acto de amistad, de memoria y de justicia literaria: una invitación para volver a leer a un autor que hizo de la libertad, la observación y la palabra una forma de resistencia.
Porque, como dejan ver las páginas que siguen, Uriel Martínez continúa habitando entre nosotros: en sus poemas, en sus crónicas y, sobre todo, en la memoria viva de quienes aún lo nombran. No lo olviden ¡juntos incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero
