JUAN GERARDO AGUILAR
La muerte de Carlos Alberto Solari, mejor conocido como el Indio Solari, líder y vocalista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, así como de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y El Míster y los Marsupiales Extintos, nos sacudió a muchos melómanos. No sólo porque se fue una de las voces más importantes del rock en español, sino porque su partida recordó esa verdad incómoda de que todos morimos, excepto la música.
Los artistas se van, las bandas pelean y se separan, los escenarios se desmontan, pero las canciones permanecen ahí, agazapadas en algún rincón de nuestra memoria, esperando el momento justo para regresar, sonar nuevamente y colocarnos frente a versiones de nosotros mismos que ya dábamos por olvidadas.
Desde que tengo memoria, la música ha sido prácticamente todo para mí: maestra, guía espiritual, terapeuta, religión, combustible emocional y, en muchas ocasiones, cómplice de excelentes fiestas y muy malas decisiones.
Pero, sobre todo, la música ha sido punto de encuentro, porque, además de la literatura, la escritura y las drogas, la música me ha permitido construir amistades entrañables y conservar otras que han logrado sobrevivir al paso del tiempo, a los cambios de ciudad, a los divorcios, a las recaídas y a todas esas cosas que normalmente terminan separando a las parejas y a los amigos.
En mi caso, he sido grupi, asistente compulsivo a conciertos y consumidor serial de música, he gastado el dinero que no tenía en discos y casetes, he viajado horas para ver bandas que tocaron cuarenta minutos, he comprado playeras piratas solamente porque llevaban impreso el logo correcto…. Y jamás me he arrepentido.
Dice David Byrne en Cómo funciona la música que solemos pensar que las canciones nacen en la cabeza de un artista aislado, pero que en realidad la música está profundamente determinada por los espacios, las comunidades y las personas que la rodean. Es decir, las canciones no aparecen en el vacío, sino que son producto de contextos específicos y terminan generando otros nuevos. Por ello, la música, en ese sentido, no sólo se escucha, también crea tribus.
Y creo que tiene razón, porque en la secundaria trabé amistad con alguien simplemente porque ambos compartíamos una fascinación poco saludable por el glam rock y el heavy metal. Mientras otros hablaban de tareas, nosotros discutíamos sobre Faster Pussycat, Metallica, Mötley Crüe y las virtudes filosóficas del maquillaje masculino de Poison y Twisted Sister.
Después vino la preparatoria y junto con ésta apareció también la banda metalera. Éramos los greñudos, los de las playeras negras y chamarras de mezclilla que hicimos de las escaleras del teatro Calderón nuestro punto de reunión y el Tinder de nuestra generación. Éramos los raros, los que escuchábamos la música que nuestros padres consideraban satánica o rara y nuestras madres pensaron que sería una enfermedad pasajera.
Pero el gusto por la música no se cura; no es gripe. Incluso terminamos formando una asociación rockera estudiantil con la que organizábamos tocadas en distintos puntos de la capital y algunos municipios. Eran tiempos donde el presupuesto era inexistente, el entusiasmo infinito y la logística una odisea.
Pero, con todo y eso, ese esquema funcionaba. Quizás por eso la universidad tampoco fue distinta. Y aunque cambiaron los géneros, las lecturas, las preocupaciones existenciales, los pasones y las resacas, la música siguió funcionando como nuestra brújula. Gracias a ella llegaron nuevas amistades, nuevos amores, nuevas conversaciones y nuevas formas de entender el mundo.
Porque hay algo profundamente extraño en la música: permite intimidades que normalmente tardarían años en construirse. Uno puede tardar meses en contarle a alguien ciertos episodios de su vida, incluyendo los más vergonzosos, pero basta compartir una canción para revelar aspectos esenciales de quiénes somos, porque hay rolas que terminan diciendo cosas que ni siquiera nosotros mismos sabemos cómo explicar.
La música también me ha enseñado una lección bastante incómoda sobre la humildad y el egoísmo. Humildad porque constantemente me recuerda todo lo que ignoro. Siempre aparece alguien con un disco, una banda o un género que jamás había escuchado y que termina volándome la cabeza; y egoísmo, porque debo reconocer que suelo prestar mucha más atención a las recomendaciones musicales de personas cuyos gustos se parecen a los míos. Es un prejuicio terrible e injusto, pero también bastante humano y que, a final de cuentas, me gusta.
La música y la amistad han recorrido conmigo todos los formatos imaginables. Del vinil al casete; del casete al CD; del CD al MP3; del MP3 a las plataformas digitales y nuevamente al vinil. Cambia el soporte, cambia la tecnología, cambian los dispositivos, pero la necesidad de compartir canciones sigue siendo exactamente la misma.
Antes grabábamos compilaciones caseras para alguien que nos gustaba. Ahora integramos una playlist colaborativa o enviamos enlaces de Spotify. La intención es idéntica, lo único que cambió fue el envoltorio.
Somos, en buena medida, lo que escuchamos y sentimos. Porque la música posee una capacidad extraordinaria para llegar a aquellos lugares donde no llegan las palabras. Por eso una canción puede hacernos llorar veinte años después. Por eso ciertos acordes tienen la capacidad de devolvernos a una calle, una persona o una época específica. Por eso seguimos escuchando los mismos discos que conocemos de memoria.
La música entiende algo que nosotros olvidamos constantemente: que las emociones no caducan. Y es ahí donde radica parte de su magia, porque puede vivirse en la multitud de un festival con miles de personas o en la soledad absoluta de unos audífonos a las tres de la mañana; puede ser experiencia colectiva o refugio individual y puede unir desconocidos o acompañar silencios.
En 1977, se publicó ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo, una novela donde la protagonista, María del Carmen Huerta, también conocida como «La Mona» o «Siempreviva», utiliza la música para explorar el mundo, para reinventarse y para encontrar una identidad propia en medio del caos. Más que una historia sobre canciones, es una historia sobre la intensidad de vivir, sobre esa necesidad casi desesperada de sentir algo auténtico antes de que el tiempo nos alcance.
A lo mejor por eso sigue tan vigente, porque, al final, la música no sólo busca gustar o entretener: también es memoria, compañía, archivo emocional y una forma de resistencia contra el olvido. De ahí que la muerte del Indio Solari me haya hecho pensar menos en la muerte y más en todas las personas que conocí gracias a la música.
En la música habita la posibilidad de encontrarnos, de reconocernos, de seguir juntos incluso más allá de quienes la hacen. Y por esa razón, aunque los músicos se mueran, aunque los formatos evolucionen o desaparezcan y aunque nosotros mismos vayamos acumulando años, nostalgias y achaques, todavía vale la pena repetirlo como una consigna: ¡que viva la música!
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