Ilustración de Carlos Alonso.
EL FORTINO
Usted va a matarme porque tiene ese derecho, eso no se agencia, ni se pide. Tampoco me voy a poner a pedirle disculpas, ni mucho menos.
Usted se enteró de sus muertos, yo de los míos. Aquí, usted lo sabe, así funciona el asunto. Cuando le matan a uno alguien, pues, usted ya vio, uno le mata a alguien, ésa es la herencia de los que ya están muertos, la preservación del linaje.
¿Qué más le puedo decir?
Nunca he sido fugitivo, es más, le maté a su hermano y me vine a Juquipa, a esperarlo. Ya ve, aquí siempre hay fiesta, y antes de que lo entierren, pensé, va a venir a buscarme Domitilo, eso pensé. Hasta le dije al tequilero que iba a venir, y mire, vino, aquí como yo había dicho.
Pero no me mate aquí, aquí no. No por vergüenza, es que, aquí entre la fiesta, no me gustaría. Perdóneme. Yo sé que trae el coraje, que es mucho pedirle, lo sé. Nomás déjeme me tomo este vaso de aguardiente, y ahí, en la orilla, vamos, le juro que no voy a pelarme, no Domitilo, eso nunca.
La penitencia de matar es la aventura. Ya ve, aquí la gente se divierte sin saber que va a matarme, que después van a ir a buscarlo para matarlo. Es esto, Domitilo, matamos sin saber que ya estamos muertos, ¡perdóneme por dilatarlo!
Le aseguro que yo voy a morirme sin tanta queja, para que usted no tenga esa pendiente, para que no le duela tanto ser asesino, como a mí me duele serlo.
¡Perdóneme, Domitilo!