DANIELA ALBARRÁN
Me explico: el fin de semana fui con mi novio a un evento donde había conocidos. Llegó un tipo y lo saludó (sólo a él, por supuesto, porque para los hombres que saludan a mi novio yo no existo), seguido de la frase: “Te ves cansado”. Acto seguido, le pidió que, “por favor”, pusiera algunas de sus canciones en su programa de radio. O sea, ¿por? ¿Por qué le pides un favor a una persona justo después de haber sido descortés, grosero y de dar opiniones no solicitadas sobre su físico?
Ese momento fue la gota que derramó el vaso. Estoy cansada de que los hombres hagan cosas espantosas —desde faltas de respeto hasta abusos de diversa índole— y sigan por la vida como si nada, como si el daño que causan no existiera. Y esto ocurre porque tejemos (sí, en plural, porque yo soy parte de ese tejido y ahora explico por qué) redes que los sostienen; redes que les permiten mantener una vida normal. No importa que violen, engañen, golpeen o violenten: su vida no cambia. Al contrario, siguen intactos.
Justo al escribir esta columna, que es mi espacio personal, me topo con la autocensura. No puedo sacar todo el cochinero que traigo dentro; quisiera dar nombres y ejemplos precisos, no hablar en clave, pero no puedo.
Por ejemplo: hace mucho tiempo, en un trabajo muy lejano, un sujeto fue acusado de violación. A pesar de que el tema se escaló a las instancias correspondientes, el tipo siguió, sigue y seguirá trabajando en el mismo sitio, ¡aun con una demanda de por medio! Él no tuvo ninguna consecuencia y tampoco la tendrá.
Lo mismo sucede con los hombres a nuestro alrededor. ¿Cuántos conocemos que han violado, lastimado o vilipendiado a mujeres cercanas a nosotras? Hombres que son y seguirán siendo perdonados «por los siglos de los siglos» por nuestras amigas, compañeras y hermanas. Mientras tanto, nosotras tenemos que hacer de tripas corazón, guardar silencio y seguir como si nada hubiera pasado. En ese tenor, no sólo perpetuamos el espacio idóneo para que la violencia continúe, sino que nos volvemos parte de ella.
Estamos ante un ascenso de la derecha donde las mujeres estamos perdiendo derechos y los hombres, por su parte, están recapturando espacios que nosotras habíamos sostenido. Lo veo cada vez más cerca. Hace unos días entrevistaron a Rosalía, quien, siendo quien es, no pudo afirmarse FEMINISTA porque es una palabra que se está estigmatizando —casi prohibiendo— en países como Estados Unidos. Tuvo que recurrir a eufemismos, lo cual me parece gravísimo.
Soy una mujer heterosexual en una relación con un hombre, y no hay día en que no me cuestione sobre las herramientas emocionales y materiales que tengo (o que me faltan) para no colocar a mi pareja en un pedestal; para no cegarme si alguna vez ejerce violencia contra mí.
Yo no sé rezar, pero si supiera, lo haría para que todas las mujeres que quiero, que aprecio o que simplemente existen allá afuera, logren tejer una red más grande que la que sostiene la violencia de los machos. Rezaría para que puedan salir de ahí.
Estoy cansada de los hombres, sí. Pero estoy más cansada de guardar silencio.