EL FORTINO
Le tuve que pedir prestadas lágrimas a unos niños, Helena, porque yo ya no tenía cómo llorarte, tres días llorándote; y me las prestaron, a forma de crédito les prometí un pago próximo, cuando hiciera falta, y como promesa de pago les empeñé uno de mis ojos.
«De todas maneras ya casi no lloraba, y me dolía».
Les dije, como excusa, a los niños, mientras me guardaba lágrimas para llorarte, Helena.
Un vecino, amable vecino, también me ofreció prestarme algo de lágrimas, sin costo, así nomás, dijo, que porque él también quería llorarte y que no sabía cómo.
En el registro de propiedades de la ausencia, fui a registrar tu nombre, y se me terminó la boca para decirte, Helena. Tuve que mendigarle algunas palabras, y vocabulario, a los clientes del servicio.
«Perdonen, de verdad perdonen que les pida, pero de verdad necesito acompletar para su nombre. De verdad, perdonen que les pida».
Hombres y mujeres me aportaron, a coincidencia del abecedario, un desgaste de amor a forma de pequeñas letras para hacerte un obituario.
A todos les di las gracias, Helena, con todas esas estúpidas disculpas con las que la honestidad alcanza, con ese resguardo tuyo en un cajón de madera barata, de flores blancas y rojas muertas, desgracias sentenciadas a estar contigo, dispuestas a acompañarte para siempre en el olvido.
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