IMAGEN: CÁMARA DE MORIARTY: Virginia en Piccadilly
«La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores».1
JUAN HORACIO GARIBAY
La señora Dalloway (1925) de Virginia Woolf versa sobre una sola trama, partida, digamos, en dos miradas: la vida vista o como una celebración o como una lamentación y recorrida en un solo día —qué, según mi indagatoria, corresponde en el tiempo narrativo, al miércoles 20 de junio en la víspera del verano de 1923 en Londres-. Y será bajo estos dos principios rotatorios y dialécticos en el que se desarrollará toda la novela, es decir, ese día miércoles 20 coincidirán en Londres –sin propiamente coincidir- los dos personajes principales: Clarissa Dalloway y Septimus Warren Smith. La primera, una mujer quincuagenaria refinada, afable y de posición, esposa y madre, que comienza el día celebrando la vida con el gesto sutil, pero significativo, de ir a comprar unas flores. Y el segundo, un hombre relativamente joven veterano de la Gran Guerra, delirante y alienado, con abrigo raído e incapaz de atravesar una calle solo, lamentándose profundamente seguir vivo, pues “El mundo ha levantado su látigo”2 y, esa mañana, a rastrallado en él. En tanto que, unas horas más tarde, Clarissa trepa radiante las escaleras para llegar a su apartamento y celebrar una fiesta con sus amigos, el ensombrecido Septimus termina arrojándose por la ventana de su habitación hacia la empalizada del patio de su vecina.
Ahora, entre la mañana y la noche, la novela –o la narración- no presenta ningún aparado y, si los hay, son las divisiones que el mismo día va marcando con las horas (que dicho sea de paso ese era el título que de manera inicial había pensado Virginia para el libro) advertidas por el sonido del Big Ben, ello hace que la historia –y su lectura- se dé en un oleaje entretejido, digámoslo así, sobre una presencia pretérita y futura e interna y externa. Efecto, por el que, través del fluir asociativo de lo ordinario de un día en la vida de dos individuos, podemos avizorar la emanación extraordinaria de dos vidas completas que, a pesar de nunca cruzarse, derivan en una unidad.
Es por esto que La señora Dalloway sintetiza, de forma ejemplar, muchos de los temas que Woolf explorará a lo largo de toda su obra literaria y reflexiva, tales como: las diferencias y coincidencias entre las vidas humanas; el paso del tiempo, esto es, la vida y la muerte; la subjetividad y la conciencia; la pérdida de la inocencia; la soledad y la comunidad; así como la memoria y la identidad. Todo ello, como dijimos líneas antes, bajo un timbre presencial y la estratagema esencialmente modernista del “flujo de la conciencia”.
Por otro lado, no resulta hortera añadir mutatis mutandis, si se otea cualquier biografía de Virginia Woolf, que ella misma es el rostro Septimus y la máscara de Clarissa. Máscara que se dibuja y rostro que se despinta y viceversa. Eso que exhibe Smith es lo que Dalloway oculta y lo que muestra Dalloway es lo que no quiere mirar Smith. El problema, no sólo en Virginia sino en cualquier humano es, en todo caso, lo irreconciliable que resulta unir lo que está “arriba” con lo que está “abajo” o el articular el ascenso con el descenso, mismo movimiento dual que Virginia describe al comienzo y al final del libro. Al final, con lo que ya he dicho, entre este subir las escaleras y ese bajar hacia la verja. Al comienzo cuando escribe: “¡Qué deleite! ¡Qué zambullida!”3. Ahora, necesariamente, cito la nota al pie de María Lozano al respecto: “En el original “What a lark! What a pungle!”. “Lark” englobado en su significado tanto la idea de placer como la de un movimiento ascendente (…). “Pungle”, por el contrario, tiene connotaciones de caída, de vértigo”.4
Finalmente, como sabemos, el 9 de octubre de 1924 a las 11:15 de la mañana, según la propia Virginia Woolf anota en el margen del manuscrito, terminó de escribir la última oración de la novela (contextualizo antes: Clarissa al recibir la noticia de la muerte de Septimus, por el propio psiquiatra de éste –dado que es otro de los personajes invitados a la reunión- deja la fiesta por unos instantes, encerrándose en una pequeña habitación propia y en un momento de ser o de estar5 medita sobre su “reloj interno” que ha marcado todas las horas de su vida): «For there she was»: Sí, porque ahí estaba o Pues ahí era ella o Pues ahí estaba ella o Sí, porque ahí era. Y es bajo esa presencia, positiva y tangible hecha de ser y de estar, que concluye la novela.
Referencias
1Todas las referencias a La señora Dalloway de Virginia Woolf aluden a la traducción de María Lozano realizada para la edición de Cátedra, 2011, Madrid. En el caso del acápite inicial corresponde a la página 149.
2Ibidem, p. 162.
3Ibidem, p. 149.
4Idem.
5Moments of Being –o moments of visión– en inglés: concepto woolfiano semejante a lo que en James Joyce es la «epifanía», es decir, estado en el que se da una percepción aguda de ser o de estar, dotado de una suspención temporal y espacial instantánea, en el que se experimenta, digamos, un discernimiento radical de otredad con lo real. Nota: la traducción al castellano, a saber: Momentos de vida hecha por Andrés Bosch para la edición de Lumen me parece harto fallida, dado que que sólo acentúa el aspecto vivencial y no el filosófico-existencial del sentido. Vid. Virginia Woolf, Momentos de vida, Lumen, Barcelona, 1980.