IMAGEN: CÁMARA DE MORIARTY: Virginia en Bond Street
PAOLA REYES RODRÍGUEZ
En un miércoles de junio (sólo que de 2025), mientras Clarisse Dalloway preparaba su fiesta en Londres, nosotrxs, un grupo de cómplices literarixs, nos reunimos en Niñas Santas, un bar café en la caleidoscópica ciudad de Zacatecas, para celebrar el Dalloway Day y los cien años de esa novela que despierta descalificaciones y exigencias, pero también fraternidad y celebración: Mrs. Dalloway.
Lo primero que me propuse en mi participación es rescatar que Virginia Woolf no sólo fue una chica burguesa criada en una jaula de oro, entregada al pacto patriarcal, como se le achaca, sino, señalar también, que esa mujer que pasó por injusticias y abusos, se permitió escribir de manera rebelde y perfecta, por lo tanto, Woolf no era un modelo inmaculado: y, si bien vivió en una jaula de oro, privilegiada, también lo hizo atormentada.
Woolf no sólo fue una pickme girl que buscaba validación masculina, ni una mártir del feminismo moderno, como se le busca etiquetar. Fue, más bien, una suerte de faro titilante: imperfecta, contradictoria, pero luminosa. Hoy, en su centenario, no la leemos para santificarla, sino para reconocer cómo, incluso desde su encierro de clase y locura, nos enseñó a nombrar el amor entre mujeres, la escritura como acto político y la fragilidad como territorio de lucha.
Mrs. Dalloway aportó a la historia de la literatura no sólo un experimento literario en contraparte o en competencia con Ulises de James Joyce, como también se ha querido señalar a lo largo del tiempo; Mrs. Dalloway es más bien una exploración cruda de la mente humana, tanto en el monólogo interior, como por la fragilidad del ser humano ante la muerte y la vida.
En la novela, asimismo, aparece el amor entre mujeres, diferenciado de la heterosexualidad obligatoria, que, aunque no menciona de este modo específico, se puede leer así en el dilema amoroso juvenil que vive Clarisse entre Peter y Richard, que da como resultado su elección por Richard, de quien de manera posterior obtiene el apellido y el respeto de los demás.
En este punto anterior, se puede entrever esa diferencia de la heterosexualidad obligatoria y el amor entre mujeres, puesto que Clarisse nombra el amor que ocurre entre ella y Sally Seton como una revolución que modifica por completo su manera de amar y ver el mundo, puesto que la libera de la mansedumbre por los hombres.
Así, pues, Woolf no necesitó escribir un manifiesto lésbico (una herejía lesbiana): puesto que su definición del amor entre mujeres, muestra que esa forma de amor no es un desvío, sino una forma de ver distinto y sentir distinto y, más aún, como una forma de libertad (intelectual).
Lo anterior, hasta el momento, resulta positivo de Woolf y tendríamos que reclamar algunas cosas, como por ejemplo: podríamos reprocharle su elitismo, su angustia encapsulada en salones de Bloomsbury, su romanticismo de la locura, puesto que esto se puede leer como privilegio blanco (de clase).
Pero otra vez, tenemos una salida para el problema y es que en 1925 ¿cuántas mujeres podían publicar, fundar una editorial (Hogarth Press), aconsejar a escritoras jóvenes, amar a otras mujeres y decir, como en Una habitación propia, que necesitaban quinientas libras al año y un cuarto cerrado? Woolf no era una revolucionaria callejera: era una estratega, sólo que jugó con las reglas del sistema, que a final de cuentas cobra el sacrificio y te encierra en una jaula de oro.
Así pues, este Dalloway Day en Zacatecas (gracias a la convocatoria de Juan Horacio Garibay, devoto de Woolf y tejedor de comunidades) no es sólo un homenaje a una novela, ni a una escritora ni a un grupo de amigos. El Dalloway day es un brindis por las mujeres que, como Clarisse, Sally y la propia Virginia, supieron que amar a otra mujer (aunque fuera un verano, una carta, o a través de un beso robado) las condenaba y las salvaba.
Esta relectura de Mrs. Dalloway, este 2025, me permite reivindicar a una escritora, a un personaje femenino y los conversatorios en torno a obras literarias, pues el diálogo, incluida la discusión y la crítica, siempre permitirá ver ángulos y matices donde parece que no los hay.
Así pues, Woolf no nos da respuestas; nos da espejos. En ellos, algunas vemos reflejadas nuestras propias jaulas: las de género, las de clase, las del miedo. Pero también vemos que, incluso entre barrotes, se puede escribir para incendiar el mundo.