IMAGEN: CÁMARA DE MORIARTY: Virginia en Regent Park
SONIA IBARRA VALDEZ
No se puede negar que Virginia Woolf es una de las figuras más importantes de la literatura moderna. Con una agudeza magistral, hizo de la introspección y de la fragmentación de conciencia elementos centrales en su obra. A cien años de ser publicada La señora Dalloway (1925) la conversación en torno a esta novela continúa. La autora rompió con la narrativa lineal y realizó un interesante retrato psicológico, en el cual sus personajes reflejan, como espejos rotos, las fracturas de la subjetividad humana. El escenario de la historia es Londres y transcurre en un solo día. En apariencia, no pasa gran cosa, se trata de una mujer que prepara una fiesta, pero justo en eso radica su genialidad, en convertir lo cotidiano en una profunda exploración de la mente y el alma.
Woolf retoma fragmentos de su propia vida para crear esta ficción, pareciera que en cada uno de sus personajes deposita partes de sí misma. Por ejemplo, Clarissa Dalloway podría leerse como una versión contenida de Virginia, una mujer que duda, recuerda y reflexiona en silencio. En cambio, Septimus Warren representa otra cara, el trauma, la sensibilidad desgarrada y la lucha interna con un padecimiento mental, al que todos llaman locura, que lo aqueja. Ambos, a su manera, se pueden visualizar como alter egos parciales de la autora. A través de ellos, Woolf se desdobla y escribe desde lo más profundo de su ser; esto lo hace a partir de una técnica que hoy reconocemos como flujo de conciencia, es decir, pensamientos que van y vienen, saltando entre recuerdos y emociones.
Es así que Clarissa Dalloway simboliza, quizá, la dimensión más reflexiva y socialmente adaptada de Virginia Woolf. Aunque cumple con los roles tradicionales (esposa, madre, anfitriona), en su interior se expande una vida emocional rica en dudas, nostalgias y cuestionamientos existenciales. La aparente ligereza de organizar una fiesta es sólo la superficie, de bajo se ocultan pensamientos sobre la muerte, la identidad y el paso del tiempo.
En el transcurso del día en que se desarrolla la historia, Clarissa recuerda con intensidad momentos clave de su juventud, especialmente su relación con Sally Seton, que despierta en ella una mezcla de deseo, amor y libertad, pero también de pérdida. Estas remembranzas reflejan los conflictos que Woolf vivió respecto a su sexualidad, sus emociones reprimidas y su incomodidad con los moldes sociales impuestos a las mujeres. Además, el uso del monólogo interior permite a quien la lee acceder a su conciencia dividida: una persona que, mientras sonríe y conversa, se pregunta si su vida tiene un sentido verdadero.
Al respecto, si Clarissa representa el yo contenido y socialmente aceptado, se puede interpretar que Septimus Warren Smith encarna la sensibilidad extrema, el trauma y la ruptura con la realidad. Siendo un exsoldado traumatizado por la guerra, este personaje percibe el mundo con una intensidad insoportable. Sus alucinaciones, sus visiones de sufrimiento y su creciente desesperación lo llevaron al suicidio; él es el reflejo más oscuro y directo del dolor psíquico de Virginia Woolf, quien de igual manera sufrió varias crisis mentales profundas, optando finalmente por quitarse la vida en el río Ouse. Septimus es su espejo y su alter ego más vulnerable, el yo que no puede adaptarse, que percibe la hipocresía del mundo y que elige liberarse a través de la muerte.
Parece entonces que Woolf construye en Clarissa y Septimus dos extremos de su núcleo vital, por un lado, la mujer que en aparente silencio se desenvuelve en un contexto social en el que vive cómoda y, por el otro, el hombre que prefiere morir a callar. Aunque nunca se encuentran en la novela, sus historias se entrelazan simbólicamente. Incluso, Clarissa, al enterarse del suicidio de Septimus, siente una conmoción inexplicable, como si hubiera recibido un mensaje desde lo más íntimo de su propia realidad. Esta dualidad muestra que Woolf proyecta en ambos personajes su yo roto: el que vive y el muere.
Además de Clarissa y Septimus, Woolf reparte matices de su identidad en otros personajes. Por ejemplo, Peter Walsh, su antiguo novio, personifica el arrepentimiento y la nostalgia por lo que pudo haber sido; Sally Seton simboliza la transgresión y la posibilidad de un amor libre, de una relación no convencional; también, se encuentra la figura de Miss Kilman que expresa la rigidez moral y religiosa que Woolf rechazaba. Así, la novela se convierte en un caleidoscopio de voces que, en conjunto, reconstruyen las múltiples caras de su autora.
En este sentido, La señora Dalloway es un acto de desdoblamiento literario, a través de sus protagonistas, Virginia Woolf expresa, entre otros aspectos, las tensiones entre adaptación y ruptura, lucidez y locura, vida social y vida interior. Clarissa y Septimus, con todo y sus contradicciones, son como espejos o alter ego que se complementan y permiten a la autora explorar su identidad. Más allá de ser una sola ficción, la obra muestra el modo en que Woolf puso su conciencia al servicio de la literatura. En este juego de espejos, quienes la leen no se encuentran sólo con una Virginia Woolf, sino con muchas, cada una oculta en los pliegues de sus personajes.
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1Texto elaborado a partir de la lectura de: Woolf, Virginia, La señora Dalloway, traducción de Miguel Temprano García, Editorial Planeta, España, 2021.