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CÉSAR ANGUIANO
Era domingo y estaba enojado, cosa nada rara en mí en los últimos veinte años. La culpa no sólo era de Chomsky y sus libros sobre política exterior norteamericana, o de Marx y su Manifiesto. La culpa, en realidad, era de todo lo que pasaba en ese preciso momento. Había camiones incendiados en varias partes del país, en prácticamente todo el Centro Occidente de México. El gobierno pedía aplausos. Seis o siete entidades con autobuses y edificios incendiados, carreteras y avenidas cerradas, muertos aquí y allá. Y todo para abatir a un simple delincuente; un delincuente que hubiera podido ser eliminado por un francotirador sin más gasto que el de una bala, o con un dron explosivo. Medio país apresado en sus casas sin poder salir para hacer el super o disfrutar su domingo. Todo aquello no era —o al menos así lo sentía yo— más que el descenso a un nivel más profundo del infierno y la autodestrucción en la que teníamos décadas viviendo, pero las autoridades pedían aplausos, ovaciones.
Que se fueran a la chingada.
Aquello era tan cruel como pedir a los palestinos que aplaudieran a los judíos por matarlos, por dejarlos sin patria, por expulsarlos de sus hogares. Lo peor de todo era que algunos imbéciles aplaudían; celebraban la supuesta estrategia del gobierno del combate frontal a la delincuencia. Como si los principales delincuentes no hubieran sido ellos, los hijos de puta que dizque nos gobernaban, los hijos de puta que nos vendían como mano de obra barata, como carne de segunda.
Con esos agradables pensamientos me entretenía aquel domingo, cerca de las dos de la tarde, cuando sonó el teléfono por primera vez. Me dije que era Carlos, desde Canadá; seguramente se había enterado de lo que estaba ocurriendo en México en ese mismo momento y quería comentarlo con alguien. Que se fuera a la mierda, también. No estaba de humor para escucharlo, para darme cuenta de que aún quedaba en su alma un poquito de inocencia, de credulidad y confianza en nuestro gobierno. ¿No se daba cuenta de que nuestro gobierno era sólo el verdugo, el hombre del garrote con el que los Estados Unidos azotaba a México? ¿Tan difícil era aceptar que los mexicanos, los norteamericanos y resto de la humanidad estábamos en manos de depravados, de locos dementes? (¿Era posible decir que alguien era un loco demente?) ¿Tan difícil era aceptar lo que era más que evidente?
El teléfono dejó de timbrar, por un momento, y yo me quedé en paz, cosa curiosa. La frustración que debía estar sintiendo mi amigo Carlos en Canadá por no poder expresarle a nadie sus inquietudes, me consolaba un poco de las mías. Respiré profundo. Imaginar su rabia, allá lejos, sepultado a medias en la nieve, me hacía sentir, de repente, como en un día de campo. La pequeña fuente del patio dejaba caer su agua a borbotones. Un par de zancudos zumbaban, cerca de mis orejas, haciéndome sentir como en un prado, rodeado de flores y abejorros. Si el fin del mundo se acercaba, definitivamente tardaría en llegar a mi casa, me dije.
Estaba a punto de quedarme dormido, olvidando por completo los sinsabores de México y el resto del tercer mundo, cuando volvió a sonar el celular. Timbró una, dos, cinco veces, pero no contesté. “¡Que se joda Carlos!”, pensé.
Me quedé dormido, sin darme cuenta.
Quince minutos después, sin embargo, el teléfono volvió a timbrar, despertándome. Me puse de pie decidido por fin a contestarle. Quien me llamaba insistentemente, sin embargo, no era Carlos como había pensado, sino Luvina; la hija psicóloga del viejo librero de la ciudad, muerto hacía apenas seis meses.
—Hola —me dijo— estoy desocupando la librería. Quiero rentar el local. ¿No te interesaría quedarte con algunos libros de mi padre? Los de la librería ya casi se los llevaron todos, pero quedan muchos aún de su biblioteca personal, de sus libros favoritos.
Me conmoví, pero no sabía qué contestar. ¿Acaso no sabía que había balaceras en dos o tres puntos de la ciudad, que no había transporte público, que había dos o tres autobuses incendiados, que la misma policía y el gobierno invitaban a la gente a no salir de casa?
—No sé. No hay transporte público. Tengo el auto descompuesto —dije, comenzando a disculparme. Aunque luego recordé una llamada similar, quince o dieciséis años atrás, cuando me llamaron para regalarme algunas cosas de Miguel Ángel Cuervo. Su familia necesitaba desocupar la casa en que había vivido, necesitaba vaciarla y nos invitaba a algunos de sus conocidos a saquearla, a ir para escoger algunas de sus cosas y así no tener necesidad de sacar tantas cosas a la basura. —Deja salir a ver si puedo conseguir un taxi— agregué, sin pensar en el peligro que podía correr saliendo de casa, con la ciudad, al menos en parte, en llamas.
—Muchas gracias —dijo Luvina. Necesitamos desocupar el local. Me encantaría que escogieras algunos libros.
—Ahora voy— le dije, como un loco y colgué.
Me di un baño aprisa, tomé mi cartera y una bolsa amplia para echar los libros que me regalaran y salí de casa.
La calle estaba vacía y silenciosa. Se veía más ancha, más larga que en un día normal con gente y autos moviéndose por ella. ¿A dónde se habían ido todos? ¿Estaban ya encerrados en su casa como se nos aconsejaba-ordenaba a través de nuestros teléfonos? ¿O había cundido una epidemia y ésta había matado a todos los habitantes de la ciudad y del mundo? Por un momento me sentí como Cillian Murphy en la película de 28 días después, caminando solitario por un Londres ya sin humanos, silencioso. Si el gobierno y los delincuentes hacían lo que hacían para asustarnos, para obligarnos a encerrarnos en nuestras casas, lo estaban logrando plenamente. Por un momento, al llegar a la calle más comercial de Manzanillo, de la que sólo vivía a dos cuadras, pensé en volver. No había peatones, ni automovilistas, ni autobuses circulando; apenas unas cuantas motos como las que usan los repartidores de droga se atrevían a circular por las calles solitarias. ¿Y si algunos de ellos eran sicarios y tenían la orden de disparar contra los desobedientes, contra aquellos que, como yo, desobedecían la orden de permanecer en casa? Lo más inteligente, lo más sensato, habría sido volver, pero seguí caminando. Al llegar a la 21 de marzo, cerca de la Escuela Vicente Guerrero, vi que también estaba vacía, aunque no tardó en aparecer un mototaxi. Le hice una señal y se detuvo. El conductor era un hombre ya mayor, de más de setenta años quizá.

—¿Se anima a llevarme a Las Brisas? —le pregunté.
Mi duda se debía no tanto a las cosas que en ese mismo momento continuaban ocurriendo en la ciudad y en otras partes del estado y del país, sino al hecho de que los mototaxis sólo funcionaban en distancias cortas, y para llegar a Las Brisas había que recorrer sus buenos cinco kilómetros.
—No sé. Está muy lejos— me contestó el hombre. —¿Hasta qué parte de Las Brisas va?
—En realidad no voy a Las Brisas, sino a la glorieta. Ahí puede dejarme.
—Sí es así, súbase.
—Muchas gracias —dije, una vez instalado en la parte trasera del pequeño vehículo y mientras éste comenzaba a moverse. —Deberíamos estar todos encerrados, pero una amiga me llamó. Se muda a Guadalajara y le presté unas cosas. Si no paso a recogerlas ahora, las perderé— mentí. Haber confesado que en realidad estaba en la calle por el interés de unos cuantos libros, me pareció una locura.
—Sí, a veces no queda más remedio más que salir de casa; aunque uno quiera quedarse encerrado— dijo el hombre.
—¿Qué feo está todo, verdad, señor?
—Sí, está muy feo; pero todo son señales de la venida de nuestro señor.
—Pues ojalá ya llegue. Se está tardando y lo necesitamos mucho aquí.
—Pues sí, pero nadie sabe cuándo lo hará. Dicen que ni los mismos ángeles lo saben.
—Pues ojalá ya venga —dije, dándome cuenta de que el hombre estaba trasmitiéndole nuestra conversación a alguien, a través de su teléfono. A algún familiar que se preocupaba por él, por el hecho de que estuviera trabajando, a pesar de las circunstancias que atravesaba la ciudad. No había nada raro en eso, traté de decirme, pero a pesar de eso se disparó en mí la paranoia. Cada que yo había hablado, se había puesto el teléfono cerca del hombro. ¿De verdad era necesario hacerlo? Me dije que quizá, que era posible que el pobre hombre estuviera loco, ¿pero no lo estaba yo, también, saliendo de casa? Traté de pensar en los libros de Chomsky, de Marx, de Dussel y sus teorías de la Liberación Latinoamericana para tranquilizarme; necesitaba confiar en aquel hombre.
—Hay gente muy mala. A veces el gobierno tiene que fajarse los pantalones con ellos —dijo, como probándome, provocándome. Su teléfono continuaba sobre su hombro, cerca de su boca, para captar cada una de sus propias palabras y todo lo que yo pudiera contestar. ¿La luz de la cámara estaba encendida, o eran figuraciones mías?
Un muchacho joven, fuerte, vestido de negro, pasó junto a nosotros en una moto. Y yo me puse a pensar que podía ser un sicario; que alguien, desde una pequeña central, podía estar organizando el trabajo de todos. Si alguien, dentro de un mototaxi, cometía el error de decir lo que pensaba del gobierno o los delincuentes, pronto podía recibir el castigo, a través de esos jóvenes motociclistas vestidos de negro. Ya se habían dado caso de personas asesinadas dentro de un mototaxi. No valía la pena arriesgarse. Lo mejor era cerrar la boca, no decir nada de lo que realmente pensaba sobre lo que estaba ocurriendo en la ciudad: los autobuses quemados, las balaceras en dos o tres zonas. Lo mejor era regresar a casa, definitivamente; pero permití que el conductor continuara alejándonos del centro de la ciudad. Había sido un disparate salir, estando las cosas como estaban. Lo mejor habría sido decirle a Luvina que ya tenía suficientes libros, más incluso que los que podía leer. Pero no había podido negarme cuando me los había ofrecido. Mi amor por esos objetos, cada vez más en desuso, era ya enfermizo, me había puesto ya demasiadas veces en peligro a lo largo de mi vida debido a éstos, pero ahí iba, incapaz de contenerme, exactamente igual que los locos que habían planeado meticulosamente la violencia en que vivíamos atrapados. No había mejor prueba de mi propia locura que el hecho de ir sentado en esa moto. Tenía ya más libros en mi propia biblioteca que los que podría leer en los años que me quedaban de vida, pero ahí iba, contraviniendo prácticamente un toque de queda en busca de más libros. ¿Por qué nuevos libros iba a seguir posponiendo la lectura de La decadencia de Occidente, o la Historia de la Guerra del Peloponeso? ¿Localizaría la novela Berlín Alexanderplatz que había visto en uno de los libreros del padre de Luvina, o alguien más vivo y más rápido que yo, ya había cargado con él?
Al pasar por la Biblioteca Julia Pisa, un hombre le hizo la señal al mototaxi en que viajaba. Era un hombre ya viejo, de pelo y barbas cubiertas de canas.
—Permítame preguntarle a donde va. A lo mejor va para el mismo rumbo que usted—me dijo el conductor.
Yo debí haberme negado, pero definitivamente no podía dejar de ser el que era, el que siempre había sido, y sentí curiosidad por aquel hombre que nos hacía la señal de detenernos. Sin esperar a que me lo pidieran, me recorrí en el asiento para hacerle espacio. Cuando subió, me di cuenta que tenía los ojos rasgados y amarillos como los de un gato. Se veía alto y fuerte, a pesar de su edad. Tenía las uñas largas y descuidadas. A pesar de eso, me di cuenta de que en alguna época de su vida seguramente había sido guapo.
Sin que nadie le preguntara nada, comenzó a hablar:
—¡Pinche jefe, cabrón! ¡Es un tacaño! Quiere que vaya a trabajar, que le cuide su puta bodega. Ya le dije que no hay transporte. Que viniera por mí, pero se hace pendejo. Miren, ahí está un autobús detenido; prefieren dejar de circular a correr el riesgo de que los incendien, pero ahí está el patrón chingue y chingue, que me quiere en el trabajo.
—¡Qué feo está todo, verdad? —dije yo, intentando saber lo que pensaba de lo que estaba ocurriendo en buena parte del país.
Él entendió no sé qué cosa y se puso hablar de la ciudad y de sí mismo.
—Pues no, no está tan feo. Mire, antes todo esto era puro monte. Aquí en San Pedrito, en donde está el hospital —íbamos pasando por ahí— era pura laguna. Había casas, pero más acá. Luego, años después, hubo ya muchas. La carretera pasaba por aquí, por abajo, pegadita al cerro.
—¿Se acuerda de cuando para llegar a Santiago se atravesaba una selva? La carretera estaba cubierta de árboles enormes. ¿Se acuerda de La Aldea Bruja, el restaurante? ¡Qué bonito era, verdad!
—Sí, ese estaba por allá —dijo, señalando hacia el norte. —De esto no había nada cuando yo llegué.
—¿Cuántos años tiene en Manzanillo, señor? —pregunté. Yo también era de fuera y me interesaban las historias como la suya.
—Sesenta años. Llegué cuando tenía nueve. Mi padre era albañil y aquí había mucho trabajo y estaba bien pagado. Todavía lo hay, de hecho, pero yo ya estoy viejo para trabajar duro. Ya no me dan los mismos trabajos de antes. Ahora soy velador. Antes trabajaba ahí, ahí merito donde se ve ese árbol, me pagaban bien. Duré cuatro meses y medio. Ganaba tres mil quinientos a la semana, pero éste viejo cabrón con el que trabajo ahora es un negrero; nomás me da dos mil pesos.
—Ya pronto voy a necesitar trabajos como el suyo —dije yo. No me veo viejo, pero ya tengo cincuenta y nueve años.
El hombre me miró, como estudiándome. Creí que me diría algo sobre mi apariencia, sobre el hecho de aparentar menos edad de la que en realidad tengo, pero se quedó callado, pensando en no sé qué cosa.
—¿Cuántos años tardó en acostumbrarse al calor y a los mosquitos de Manzanillo?
Levantó la mano, mostrándome cuatro dedos y volvió a bajarla sin abrir la boca.
—Le gané. Yo me adapté en dos.
—Hacia un calor de la chingada, me acuerdo —continuó. —Mis papas dormían en la cocina y mis hermanos y yo en el cuarto de la entrada. A veces no dormía en toda la noche, echándome aire con un pedazo de cartón y espantándome los zancudos. Veníamos de un lugar frio de Jalisco, cerca de Amacueca, pero ahora estamos enterrados casi todos aquí, hasta mis abuelitos a los que nos trajimos cuando ya eran grandes. Mis papás y mis hermanos también están enterrados aquí. Hasta un sobrino que mataron a balazos en Colima. No sé por qué se lo trajeron acá a enterrarlo.
—Yo también quiero quedar aquí. Me gusta el panteón. Quiero comprarme un pedacito.
—Ya no hay, ahora están enterrando a la gente en el de Santiago.
—¿Dónde quiere que lo baje, señor? —preguntó de pronto el conductor; habíamos llegado a la glorieta de Las Brisas y no sabía muy bien donde detenerse.
—Oríllese aquí nada más. Yo estoy bastante cerca. Puedo caminar.
—Como quiera— me dijo, al tiempo que orillaba y detenía el mototaxi.
Le pagué el importe del viaje y descendí del vehículo.
—Cuídese mucho, señor— me dijo uno de ellos. —Las cosas están muy raras y peligrosas.
—Muchas gracias. Cuídense ustedes también. Yo ya llegué; ya no me pasó nada.
Cuando comencé a caminar por la acera poniente del Boulevard, se me emparejó un vagabundo.
—¿Está todo cerrado, verdad? Quién sabe qué chingados pasó.
Mi paranoia volvió a dispararse. ¿Y si aquel hombre era un provocador, un agente encubierto del gobierno o del narco?
—Sí, parece que ocurrió algo —contesté y aceleré el paso. Por suerte ya no estaba lejos de la librería Cosac. Cuando llegué a ella, intenté mirar algo a través de los cristales, pero las luces estaban apagadas. Descubrí una banca cerca, sombreada por un olivo negro y me senté a esperar a Luvina. Por la avenida circulaban más vehículos que por las calles del centro. Pero tampoco eran tantos. Había un poco de brisa y en realidad era agradable estar ahí, en exterior. Nadie normal, sin paranoias, nadie que no estuviera viejo y amargado, hubiera podido sospechar que estaba ocurriendo algo malo en algunos puntos de la ciudad. Lamenté no haber llevado un libro para leer en lo que llegaba Luvina. ¿Por qué me había dicho que ya estaba ahí, si no era verdad?, me pregunté, aunque sin molestarme realmente. Los libros que podía regalarme, o venderme por casi nada anulaban cualquier posibilidad de enojo.

No habían pasado tres minutos, cuando vi aparecer y estacionarse su pequeño vehículo rojo, a unos pocos metros del lugar en que me hallaba.
Me puse de pie, mirando sonriente en dirección del auto.
Ella descendió del vehículo, sonriente también.
—Me da mucho gusto verte —me dijo.
Cuando entramos a la librería, me di cuenta de que los libros habían sido sacados de sus libreros y formaban pilas sobre las mesas bajas que había al centro del local. Pensé en su dueño, en el padre de Luvina. Aquellos eran los libros de un hombre inteligente, los libros de un hombre que había decidido vender, poco a poco, los ejemplares de su propia biblioteca, incluidos los más queridos. ¿Para qué? ¿Para cultivar y abrirles los ojos a los manzanillenses, a cualquiera que entrara ahí y, así fuera por descuido, adquiera uno de sus libros? ¿Por qué no los había atesorado, porque no los había ordenado en el rincón más ventilado y bonito de su departamento para disfrutar de su compañía? ¿O no era fetichista, no creía en el influjo inmaterial, mágico de esos frágiles objetos de tinta y papel? ¿O sabía, como hombre sensato e inteligente que era, que cualquier cosa que hiciese por mantenerlos reunidos y salvarlos de manos salvajes y conciencias sin cultivar sería inútil, que terminarían así, ofrecidos por nada al mejor postor? Quizá yo no era cualquier postor, pero soy sin duda alguna un postor pobre, uno que no llevaba mucho en la cartera y no estaba dispuesto a gastarse lo poco que le restaba en la tarjeta para llegar a fin de mes.
Así terminarían mis libros cuando yo muera, pensé. Ya un conocido mío, quien me guardaba algunos centenares de libros, décadas atrás, me lo había demostrado: me los había sacado a la banqueta, sin necesidad de esperar a que yo muriera. Por suerte me había llamado para decirme que mis libros estaban en la calle y yo me había dado prisa a recuperarlos.
Había joyas en la librería del padre de Luvina, sobre las mesas, separados y clasificados. Había pilas formadas sólo con libros de Slavok Sisek, o con libros de Lacan, de Pierre Bourdieu. Había también pequeños rútulos anunciando los precios: libros de poesía, tres por cien pesos. Novelas, cincuenta. Colecciones, cien. Sentí como si hubieran estado vendiendo mis propios libros a precio de ganga. Me ofendí, pero también me di cuenta que nadie sabe lo que realmente ocurrirá con sus cosas cuando muera. En el tercer mundo ni siquiera las cosas resguardadas en museos y bibliotecas públicas están seguras. ¿Cuántos iraquíes habían donado sus colecciones personales a los museos de su país, sólo para verlas perdidas, luego de la invasión de los Estados Unidos?
—Hace cuatro años, justo antes de venir a Manzanillo, perdí cerca de dos mil libros —le dije a Luvina, quien me miró asombrada, sin decir palabra. —Se incendió una de las habitaciones del rancho donde vivía. También perdí casi cincuenta horas de conversaciones con el hijo de Juan José Arreola, con Orso; y un dibujo a lápiz, maravilloso de Francisco Zúñiga, así como un cuadro de Rafael Araiza, quizá uno de los mejores que salieran de su mano. Era un cuadro oscuro, con un volcán cubista en erupción. “Ese cuadro soy yo”, recuerdo que me dijo Rafa, cuando se lo compré.

Luvina me miraba asombrada, conmovida. Yo en, ese momento, pensé que por el suicidio de Rafa, pero sólo ahora que escribo esto me viene a la mente que Orso debió ser también alguien cercano a ella, debido a la amistad de toda la vida de su tío Juan Rulfo y Juan José Arreola, el padre de Orso.
—¿Y no te dolió?
—¿Perder todo eso? ¡No! Bueno, más bien decidí que no me doliera, que no era más que un ensayo de mi propia muerte. O más que de mi muerte, de lo que sucederá unos pocos minutos o un par de meses después de que muera. Tú padre sabía todo eso, por esa razón trajo todos sus libros a vender a su librería: quería ver el rostro de los que se quedarían con ellos; quería ver el futuro de sus libros, alargarles un poco la vida, seguir cuidándolos cuando ya no estuviera. En realidad, Rafa, al venderme su cuadro, me encargó a un hijo. Aunque yo lo descuidé. Salí de viaje, ocurrió el incendio y no hubo nadie para apagarlo, para evitar que destruyera tanta cpsa.
—¡Ya! ¡Mejor cállate! —me dijo Luvina. —¡Me vas a hacer llorar!
—Llora por ti; por tus cosas. Si seguimos en Manzanillo todo lo que fue nuestro terminará en la basura, acá ni siquiera hay baratillos.
—Los libros terminarán por desaparecer como objetos —dijo.
—Aquí en México, sí. Incluso los mexicanos pueden desaparecer como están desapareciendo los palestinos. Al menos ellos se defienden y tratan de luchar. ¿Quién dice que el día de hoy, todos esos incendios, esos autobuses quemados, esos caminos bloqueados y tantos muertos, no son el comienzo de nuestro fin? Los Estados Unidos parecen decididos a sepultarse, luego de la muerte de su imperio, como las viejas elites hindúes y mayas: rodeados de sus viejos sirvientes y al menos algunos de sus propios familiares.
—¡Tú escoge los libros que quieras; yo voy a hablarle a mi amiga a ver si quiere venir para que te conozca! ¡Se caerían muy bien! ¡Estoy segura!
Aquello era una manera amable de callarme, así que cerré la boca y puse a rebuscar entre las pilas de libros.
—Trata de no mezclar los libros de las pilas; están clasificados.
—Sí, ya me di cuenta, no te preocupes.
Entre todo lo que había, sin embargo, entre todo lo que hubiera querido llevarme, escogí el libro de Obras Completas de Sor Juana, de la editorial Porrúa. Hacía décadas que lo había leído completo, pero lo había perdido, quizá vendido en la librería que había tenido en Ciudad Guzmán. También tomé el libro de De otro modo lo mismo, de Bonifaz Nuño, perdido en el incendio del rancho y el cual reúne lo principal de la obra de este poeta. Tomé también ejemplares de Guilles Deleuze, de Pierre Bourdieu, de Ruskin sobre Turner, y un libro raro, al menos en español: La parte del mal, de George Bataille. Aparté también una pequeña edición bilingüe de El cementerio Marino, de Paul Valery. No hacia mucho que lo había escuchado en youtube, subtitulado en español, en la voz de un actor francés famoso. Al colarlo sobre la pila de libros seleccionados, aunque era el más pequeño, sentí que me estaba haciendo de un pequeño tesoro. ¿Aunque cuántos años podría durar junto a mí, tomando en cuenta mis cincuenta y nueve años? Veinte, en el mejor de los casos. Aunque con quince, sería más que suficiente, pensé.
—Mira, ella es mi amiga Sabina. Ella separó y clasificó los libros —me dijo Luvina mostrándome la pantalla de su teléfono. (Sin darme cuenta, había escrito sacrificó en lugar de clasificó)
—Hola, le dije a una mujer blanca y simpática, de mediana edad, del otro lado de la pantalla.
—Hola —me respondió ella, un poco incómoda.
—Dile el libro que andas buscando. Seguro ella sabe dónde quedó —me dijo Luvina.
—Busco la novela de Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, estaba en el último librero de la derecha, tenía portada amarilla.
—Todo lo de ese librero lo puse en la mesita que está justo detrás de ustedes, donde acomodé los libros de Lacan.
—Muchas gracias —dije yo. —Ya habrá oportunidad de saludarnos en persona —agregué, apartándome de la pantalla, un poco incómodo también.
—¿Entonces no vienes? —le preguntó Luvina a la pantalla.
—No. Prefiero quedarme en casa. Está todo muy raro. Deberían de cerrar la puerta de entrada si la tienen abierta —escuché que le decían.
—Sí; no te preocupes. Ahora la cerramos. Hasta el rato.
Luego de un par de minutos en que no hice sino revisar nuevas pilas de libros, aunque ya lo había insinuado de varias maneras, me sentí obligado a decir:
—Quienes frecuentábamos la librería de tu padre sabíamos que aquí no encontraríamos sino libros buenos. Aquí no había manera de equivocarse, de llegar a casa con una mala selección.
—Me alegro que puedas conservar al menos algunos de ellos —dijo Luvina, de nuevo a punto de llorar.
—Y yo lamento no tener el dinero suficiente para hacerte una oferta por todos. Hace unos meses estaba en condiciones de hacerla, pero tardamos mucho en llamarnos.
—Sí, hicimos mal en comunicarnos sólo a través de Vania. Ella también tiene sus asuntos y no puede ocuparse mucho de los de los demás.
—No te preocupes. Conozco a varios de los antiguos clientes de tu padre, les diré que se comuniquen contigo; también les dará gusto quedarse con algunos de los libros de tu padre.
—Qué ridículo que para detener a un criminal, hayan tenido que incendiar buena parte del país —dijo de pronto.
—Es la sangre que exigen a sus súbditos los imperios oscuros —contesté yo. Creta exigía diez jóvenes a cada ciudad griega, anualmente, para sacrificar en su laberinto.
—¡Qué pena que nuestro gobierno nos entregue de esa manera!
—Es una madre enloquecida que mata a sus propios hijos, antes que entregarlos al enemigo. En fin, creo que ya escogí demasiados. No traigo mucho dinero.
Terminé por escoger los que mencioné más arriba y salimos de la librería. Me ofreció acercarme al centro y yo acepté. Las avenidas continuaban vacías, a no ser por algunos autos esporádicos y los convoyes militares.
—¿Viste la película de 28 días después? —le pregunté, cuando ya habíamos iniciado el camino de regreso.
—¿Esa donde Cillie Murphy aparece desnudo en las primeras escenas y luego camina por un Londres desolado, donde ha muerto prácticamente la totalidad de la población?
—Sí, esa. Todo esto se parece a la película, ¿no?
Las grúas del puerto estaban inmóviles. Circulábamos en ese momento sobre el puente de Fondeport y podía observarse buena parte del puerto, en movimiento de manera constante, pero ahora extrañamente inmóvil, desolado.
—Los convoyes militares no son para espantar a los narcos, son para espantarnos a nosotros —dije yo, sin saber realmente por qué.
—Deberías escribir algo sobre esto; sobre este día. Si lo escribes, podría regalarte algunos libros.
—No sé. Aunque la oferta es tentadora. Cuando era joven y soñaba con ser escritor; pensaba que terminaría escribiendo sobre bodas, fiestas y bautizos; pero últimamente no escribo sino sobre la tristeza y el espanto de vivir en México. Aunque buena parte del mundo debe estar triste ahora. No creo que muchos americanos se alegren de tener un presidente como Trump, por ejemplo. Y muchos europeos pensantes deben estar preocupados de tener los líderes que tienen. No creo que se alegren de lo que está ocurriendo.
—Qué bueno que mi papá ya no vio todo esto. Se hubiera deprimido o enojado mucho.
—Habría sido interesante conversar con él sobre esto —dije yo, difiriendo.
El sol comenzaba a caer en el mar. Pronto se haría de noche y terminaría aquel día que recordaríamos mientras estuviéramos vivos.
Cada vez estábamos más cerca del centro. Ahora circulábamos por el puente de San Pedrito. El viejo Manzanillo estaba ahí, frente a nosotros y, la derecha, la bahía de Santiago, con todas sus playas: San Pedrito, Las Brisas, Salagua y allá, en el rincón de la primera bahía, la única que era visible desde el lugar por el que circulábamos, las playas del Hotel Barceló.
—¿Cuantos días así hemos vivido los mexicanos en las últimas décadas? —preguntó de pronto Luvina.
—Que yo recuerde cuatro, en esta región del país. Pero es posible que sean más. La primera fue durante el gobierno de Calderón. ¿Recuerdas lo del mitote ese de la gripe A (H1N1)? También ocurrió algo semejante un primero de mayo. Yo vivía por entonces en Ciudad Guzmán. Recuerdo que había puente, que habíamos comprado muchos libros confiados en que la gente aprovecharía los días de asueto para lanzarse a las compras. Pero las tiendas, todos los negocios tuvimos que cerrar, debido a la violencia que se desató. También tuvimos el encerrón del Covid. Ya ni me acuerdo cuántos meses fueron, pero eso fue en todo el mundo, no sólo aquí. El de ahora es el cuarto, sí. Pero eso es sólo en esta región. En Sinaloa estuvieron igual hace un par de meses y han pasado épocas terribles en Tamaulipas.
En fin, hemos llegado, puedes dejarme aquí, en el jardín. Ya no estoy lejos.
—¿No quieres que te lleve hasta tu casa?
—No, gracias. Prefiero caminar un poco. Regresa con cuidado.
—Sí, sí. No te preocupes.
Bajé del auto con mis libros y antes de que el vehículo arrancara, alcancé a decirle a Luvina que le llamaba pronto. De pie junto al jardín, la vi dar con su auto una vuelta en u y comenzar el regreso hacia el departamento de su amiga. ¿O iba hacia el departamento que había pertenecido a su padre, en el que había vivido más de treinta años después de su jubilación? En realidad, no tenía importancia saberlo, así que me encogí de hombros y comencé a caminar.
Las sombras que anunciaban la noche se habían espesado. Quince, o veinte minutos después, sería noche cerrada. En la calle, sólo de vez en cuando, era visible una moto, de esas que dicen que emplean los vendedores de droga para llevarle la mercancía a sus clientes, de esas que también usan los sicarios. Yo llevaba mis pequeños tesoros bajo el brazo. Le había dado el poco dinero que traía a Luvina, dinero con el que hubiera podido comprar pastelillos, fruta y hasta una botella de vino. Sabía que había jugado con ventaja, que aquella compra, como transacción comercial, se parecía más a un fraude que a un negocio: tan valiosos me parecían los libros que había escogido.
Al llegar a la Pastelería Princesa, la vi cerrada, pero no me pareció extraño. Los domingos cerraban siempre temprano. Arriba, sobre los viejos cables de luz, había ya miles de golondrinas acurrucadas, listas para pasar ahí la noche, ajenas a la locura de los hombres, a unos pocos metros por debajo de ellas.
Siempre me había parecido raro que en Manzanillo hubiera golondrinas no en verano o en invierno, sino todo el año. Tendría que escribir sobre eso, alguna vez. Aunque había tantas, tantas cosas por escribir, que siempre terminaba por no escribir nada.
Subí por la calle, rumbo a mi casa y luego por las escaleras hasta llegar a la virgencita. Antes de entrar al sitio donde vivo, me volví a mirar la calle vacía, ya casi a oscuras. Había unos niños jugando en una de las aceras, allá, a casi cien metros de distancia. El eco de sus risas y conversaciones llegaba hasta mí por la calle desierta.
Entré a casa y deposité los libros sobre la mesa como quien deposita un tesoro, pero como alguien también, que sabe que no hay tesoro destinado a durar mil años reunido, a menos que este sea sepultado bajo tierra y el hombre o la mujer que lo sepulta, muera de inmediato, eliminando la posibilidad de que revelara su secreto.
Bebí un vaso de agua y estuve a punto de mirar las últimas noticias en mi celular, pero volví a dejarlo sobre la mesa sin enterarme de nada. ¿Qué importancia podía tener saber el número exacto de incendios, de muertos, de caminos bloqueados; conocer las declaraciones falsas, casi cínicas del gobierno; las felicitaciones el embajador de los Estados Unidos; las opiniones de los falsos expertos; de los que estaban a favor y los que estaban en contra? ¿Qué importancia podía tener, saber si aquella inmovilidad en la que nos habían sumergido iba a durar un día, varios, o toda la eternidad? ¿Qué importancia podía tener todo ello, si tarde o temprano México, los Estados Unidos y el mundo entero quedaría reducido a polvo, gracias a la acción del tiempo indetenible, sepultado por otros estratos de polvo, a una profundidad semejante a la que algunos moluscos y animales de otras Eras yacen ahora, petrificados, extintos hace cientos o acaso miles de millones de años?
