LUIS HUMBERTO CROSTHWAITE
Xalapa de Enríquez.- Como suelo hacer en las presentaciones de libros —y en general en cualquier reunión donde haya un micrófono disponible— aprovecharé la ocasión para hablar de mí mismo.
Mi relación con Gonzalo Lizardo, alias “El Gonzo”, viene de tiempos remotos y ligeramente sombríos. Debimos conocernos alrededor del aciago año de 1987, durante mi estancia en Zacatecas. Yo irrumpí con cierta demencia en el apacible taller que coordinaba el escritor David Ojeda: un grupo de incipientes escritoros y escritoras que trataban en vano de disimular el desconcierto que provocó la llegada de un descomunal norteño que, además, escribía bien raro, cuentos sobre Elvis Presley, Juan Escutia y Janis Joplin. La amistad con el Gonzo fue más o menos automática: nació gracias a tres pasiones compartidas: la música, la buena hierba y el alcohol.
Cómo olvidar la mirada brillosa de Gonzalo Lizardo. Daba miedo. No por agresiva, sino porque venía acompañada de una sonrisa que jamás desaparecía, una sonrisa demasiado fija, demasiado tranquila. Uno tenía la impresión de que observaba el mundo como quien ya ha leído su desenlace en algún códice, y sabe, además, que el desenlace es atroz. Confieso que, todavía hoy, después de unas copas, sigo pensando que habitamos una simulación deteriorada, un palimpsesto ontológico elaborado por esa sonrisa maléfica.
En 1988 (¡en la madre, hace 38 años!), David Ojeda nos invitó a formar parte de un proyecto editorial acordado entre el Sindicato de Profesores de la Autónoma de Zacatecas y una casa editora queretana llamada Joan Boldó i Climent. Mi primer libro inauguró aquel esfuerzo y poco después apareció Gonzalo con un volumen de cuentos titulado Azul venéreo. Dicho con menos palabras: publicamos nuestro primer libro bajo el mismo sello, lo cual nos convierte en “hermanos de papel”. Y ya desde entonces, aquel volumen fundacional de nuestro autor zacatexano, anunciaba lo que vendría después: el gusto por lo oscuro, lo barroco, lo ligeramente maligno y esa sensación de que detrás de la realidad cotidiana operan fuerzas que no aparecen en los archivos oficiales de la historia.
No puede decirse que mantuviéramos una amistad disciplinada en los años posteriores. Más bien practicamos esa forma masculina de la amistad, que consiste en desaparecer durante décadas y reaparecer como si uno hubiera salido apenas por cigarros.
Cuando finalmente nos reencontramos, décadas después, algo innombrable me inquietó de inmediato: la sonrisa seguía ahí, intacta, suspendida en el tiempo, como si hubiera sido preservada en formol por una voluntad indecible. Todo a su alrededor había envejecido —desde la frente hasta el mentón y de oreja a oreja—, pero la sonrisa no había cambiado un solo milímetro; más bien parecía haber estado esperando nuestro reencuentro, como si el resto del rostro fuera apenas un accidente biológico alrededor de ella.
Después vino ese otro efímero y abominable taller en el que ambos participamos, cuyo nombre, Taller Shaolín, resultaba inquietante y demasiado preciso: ya era 2022 y éramos una especie de ancianos maestros orientales, golpeados por la vida y el colesterol. Había en ese espacio una disciplina esotérica, casi litúrgica. Allí tuve el privilegio —o quizá la imprudencia— de leer el manuscrito del libro que hoy presentamos, antes de que lo censurara la impúdica editorial que lo público. Porque, oh sí, respetable público — hoc testor et accuso— este libro fue censurado por manos trémulas, impías y temblorosas de miedo, que deseaban ocultar sus secretos primordiales.
Gonzalo Lizardo, el “Lizard King” de las letras zacatexanas, pertenece a esa rara estirpe de autores que no escriben siguiendo tendencias, sino interfiriendo con sistemas de pensamiento que otros se niegan siquiera a sospechar. Ha construido su propio universo donde conviven el pensamiento crítico, la imaginación sardónica, el humor mefistofélico y cierta fascinación por las zonas donde el poder deja de ser humano y adquiere geometría propia. Eso aparece de manera muy clara en El rito del poder. La novela toma episodios reconocibles de la historia política mexicana y los convierte en una maquinaria de conspiración, paranoia y horror. Es una novela muy —pero muy— Gonzalo Lizardo; es decir: astuta, inteligente y cuidadosamente armada.
En ella aparecen muchas de las facetas que conozco en su autor: el historiador empedernido, el filósofo de lo sobrenatural, heredero del árabe loco Abdul Alhazred; Gonzalo bien pudo ser el hijo apócrifo de Mircea Eliade y Madam Helena Blavatsky, engendrado entre sombras doctrinales, pero educado entre bibliotecas universitarias, rock progresivo y cantinas zacatexanas. Posee la perversión literaria y el humor herético de un monje medieval que se ha encerrado demasiados años con volúmenes prohibidos.
Sus novelas hacen lo que hacen las mejores novelas: divertirnos mientras nos contaminan de conocimiento. Y el conocimiento de Gonzalo es tan inconmensurable que puede pasar de Aleister Crowley a Nellie Campobello en una sola vuelta de página, sin perder elegancia ni coherencia, como si ambos nombres coexistieran en la misma taxonomía de lo imposible.
Ya sospechábamos de la perversidad de ciertos personajes del siglo veinte, pero Gonzalo da un paso más allá y los arrastra a una región que ya no es historia, sino exégesis milenaria. Bien recuerdo que en el manuscrito de la novela —o en lo que mi mente insiste en llamar manuscrito— aparecen figuras reales que la censura veló bajo títulos anodinos: “el presidente” se refiere al impune Carlos Salinas de Gortari, el “Magno Padre” es el infame Marcial Maciel y “la Senadora Felina” es nada menos que la ominosa Tigresa, Irma Serrano.
¿A qué obedece este velo? ¿Qué pretende el siniestro Grupo Editorial Planeta al deformar lo evidente, como si el nombrar pudiera invocar algo peor que lo nombrado? Ya está dicho: la verdad nos hará libros. O algo mucho peor. Haec publicatio non est liber, sed catena; quicumque eam aperit, insanit et veritatem invenit.1
Atroces son las verdades que se insinúan en El rito del poder, no porque estén dichas, sino porque parecen estar siempre a punto de ser dichas, como si el texto respirara en una lengua no nacida de garganta ni pensamiento humanos.
¿A quién recomiendo esta novela?
La recomiendo a quienes todavía desconfían de la realidad. A quienes sospechan que la historia oficial es demasiado ordenada para ser cierta. A quienes han sentido, al leer una noticia o revisar un archivo antiguo, que algo no encaja del todo.
Pero también la recomiendo a quienes no quieren creer nada de lo anterior, porque esta novela tiene la mala educación de hacer dudar —y reír— incluso a los más escépticos.
Quizá ese sea su verdadero efecto del rito: no explicar el poder, sino contaminarlo con la impúdica imaginación de un arcano y sapiente maestro. El maestro Gonzalo Lizardo.
Die 14 mensis Maii anno 2026
1 Esta publicación no es un libro, sino una cadena; quien la abre, enloquece y encuentra la verdad.
