ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hace dos años, Dum spiro spero apareció como la hermana traviesa de mi libro Dum spiro spero y otros cuentos. No era solo un lugar para escribir y ya, sino un pequeño refugio para darle vueltas a temas polémicos, al arte, a la cultura, y por supuesto, a mis propias dudas —esas que siempre aparecen después de leer un buen libro o salir del cine con la cabeza llena de preguntas.
No te voy a mentir, no tenía un plan maestro ni una agenda fija; más bien era como una charla conmigo mismo, con algunos invitados ocasionales (los lectores que se animan a quedarse). Dos años después, sigue siendo ese espacio donde se mezcla el pensamiento serio con la ocurrencia ligera, donde las reflexiones más profundas se cuelan entre el chocolate y los suspiros dramáticos.
En este tiempo se ha recorrido caminos variados: desde la eterna espera en las filas del IMSS o el SAT, hasta los temas profundos como el suicidio, la muerte y la memoria; sin dejar de lado la crítica a la desinformación, los enredos de la burocracia, y por supuesto, mis escapadas al cine y a la literatura. Pero no estaría completo sin mencionar a los verdaderos protagonistas peludos que a menudo hacen acto de presencia: Huesos, Emilio, Pico Cuco, Chata y compañía, quienes con su simpleza y lealtad me recuerdan, a pesar de que se encuentran ya en el universo, ladrando y corriendo, que en medio del caos siempre hay espacio para un poco de compañía y humor sincero.
No todo ha sido solemnidad o drama —a veces las columnas se han convertido en puro desvarío, ironía o un intento (a veces fallido) de encontrar la risa en lo absurdo de la vida cotidiana—, porque una cosa aprendí en este tiempo: la esperanza sobrevive mejor si va acompañada de un ladrido, un ronroneo o un buen chiste a medias.Es curioso cómo algo que empezó como una extensión del libro se fue transformando en un verdadero laboratorio personal. A lo largo de estos dos años, he aprendido que escribir la columna no es solo poner palabras en la pantalla, sino armar un espacio para cuestionar lo que doy por sentado, para enfrentar mis propias dudas y contradicciones, y para permitirme —sin demasiada solemnidad— equivocarme y reírme de eso.
Pero no lo hago solo. El papel de los lectores ha sido fundamental en este viaje: sus comentarios, sus compartidas y sus palabras de apoyo han sido como un eco que me impulsa a seguir escribiendo y mejorando. Saber que alguien más se reconoce en las historias de Huesos, Emilio, Pico Cuco, Chata o en esas reflexiones a veces torpes, hace que la espera valga la pena.
Mi estilo ha ido encontrando un equilibrio entre la reflexión profunda y la ligereza necesaria para no caer en la gravedad eterna. Porque la vida, con sus esperas y tropiezos, merece ese juego de contrastes: momentos para pensar y momentos para soltar una ocurrencia absurda o una anécdota de Huesos o Pico Cuco que siempre termina sacando una sonrisa.
Así que, si algo ha cambiado, es ese aprendizaje de acompañar la complejidad con un poco de humor —la mejor medicina para seguir escribiendo y esperando, sin perder el ánimo ni la curiosidad.
A lo largo de estos dos años, he tenido la fortuna de recibir respuestas que me han sorprendido y motivado. Algunos lectores se han acercado para compartir sus propias esperas, sus dudas y sus historias, convirtiendo esta columna en un espacio de encuentro inesperado. Esas conversaciones, aunque muchas veces silenciosas o virtuales, son el combustible que mantiene viva la esperanza de seguir escribiendo.
También hubo momentos en que una entrada resonó más fuerte: una reflexión sobre la burocracia que hizo que alguien se sintiera menos solo en su lucha, una columna sobre la memoria que despertó emociones ocultas, o incluso algún comentario divertido que generó una pequeña comunidad de complicidad.
Así, Dum spiro spero no es solo un texto escrito; es una conversación que se expande, que crece con cada lector que se asoma, con cada comentario y con cada palabra compartida. Y eso, sin duda, es el regalo más grande que esta aventura literaria me ha dado.
Mirando hacia adelante, Dum spiro spero sigue con ganas de crecer y explorar nuevos caminos. Quiero seguir abordando temas que provoquen preguntas incómodas, que inviten a la reflexión y, claro, que nos arranquen alguna sonrisa en medio del caos cotidiano.
Aunque Huesos, Emilio, Pico Cuco y Chata, los perros que rescatamos de las calles y rehabilitamos con tanto cariño, ya no estén correteando a mi alrededor, su espíritu sigue vivo en cada columna, en cada anécdota y en ese calor que solo ellos supieron dejar. Son parte inseparable de esta historia, y no pienso olvidarlos —más bien, espero que sigan ladrando en las líneas que escribo.
Para los próximos años, la invitación es a seguir respirando, esperando y tecleando juntos, sin prisas pero sin pausa, con la curiosidad intacta y, como siempre, con un buen chocolate a la mano y un recuerdo feliz que nos acompañe.
Y así, dos años después, Dum spiro spero sigue siendo ese espacio imperfecto y sincero donde respiro, espero y escribo. Un lugar para perderse un rato, para encontrarse en el caos de las pequeñas cosas, y para recordarnos que mientras haya palabras, siempre hay esperanza.
Gracias por acompañarme en esta aventura. Que sigamos aquí, entre letras y suspiros, con la paciencia de quien sabe que la vida es, sobre todo, una espera digna de ser contada… y, claro, de alguna que otra carcajada inesperada.