FROYLÁN ALFARO
Querido lector, imagina esta escena: estás en el supermercado un viernes por la tarde. Tienes prisa, llevas sólo unas pocas cosas en el carrito y escoges la fila que parece más corta. Pero de pronto, el destino se burla, el abuelo delante de ti decide pagar con una bolsita llena de monedas. Una por una. Tu respiración se acelera, comienzas a golpear el carrito con los dedos y la paciencia se evapora. En ese instante, sientes que tu tiempo se desperdicia de la forma más cruel.
Ahora haz una comparación. Quizás esa misma noche, ya en casa entras a TikTok “un ratito” y cuando menos lo notas han pasado dos horas viendo videos sin importancia. Curiosamente, en este segundo caso no sientes la misma indignación. Nadie es culpable, aquí no hay abuelo que maldecir. Más bien sonríes con cierta resignación y apagas la pantalla. ¿No es extraño? ¿Por qué nuestra cólera despierta contra el tiempo que otro nos “roba”, pero somos casi indiferentes con las horas que nosotros mismos regalamos al consumo digital?
Esto, aunque no lo parezca, está relacionado con la ética de nuestras relaciones cotidianas, pues lo que ocurre en la fila del supermercado no es sólo un problema de minutos perdidos, sino una pequeña escena moral.
El filósofo Emmanuel Levinas pensaba que el verdadero origen de la ética no está en reglas abstractas, sino en el encuentro con el rostro del otro. Ver un rostro nos interrumpe, nos exige una respuesta. Ese abuelo contando monedas, tan molesto para nuestra impaciencia, es al mismo tiempo la irrupción de la alteridad, pues nos obliga a reconocerlo como alguien con su propio tiempo, sus propios límites e incluso con su propia fragilidad.
Lo que nos exaspera, diría Levinas, no es sólo la lentitud del proceso, sino la incomodidad de aceptar que nuestro tiempo no es absoluto. De pronto, descubrimos que convivir significa tolerar la manera en que otros encarnan el tiempo. Es una molestia porque nos hace ver que nuestra libertad está siempre en relación con los otros.
Al respecto, el filósofo Byung-Chul Han también analiza nuestra relación con el tiempo en su libro La sociedad del cansancio. Según él, vivimos atrapados en una experiencia temporal marcada por la productividad, la inmediatez y la autoexplotación. No soportamos la espera porque cada segundo parece tener un precio y sentimos que debemos de ser eficientes, que no podemos permitirnos perder nada.
Sin embargo, hay una paradoja evidente, pues nos indigna que el abuelo dilate cinco minutos nuestra compra, pero toleramos de manera bastante sumisa que un algoritmo capture fragmentos enormes de nuestra vida. Sobre ello, ambos filósofos estarían de acuerdo en que esto se debe a que en las redes sociales no experimentamos un “otro” que nos interrumpe, sino un espejo de nuestra propia voluntad de consumir. La pantalla nos devuelve lo que ya nos atrae, sin resistencia. El tiempo allí no duele porque no hay un rostro que nos confronte. Es un tiempo adormecido.
La intolerancia hacia el abuelo también revela algo casi obvio y es que distinguimos entre el tiempo ajeno y el propio. El tiempo del otro que invade nuestro espacio se siente intolerable, pero el tiempo que voluntariamente perdemos en distracciones no nos incomoda de la misma manera. Pareciera que la clave está en el control, pues soportamos mejor la pérdida si la percibimos como nuestra elección, aunque esta “elección” sea una ilusión alimentada por algoritmos.
¿No resulta irónico, querido lector, que maldigamos al abuelo de las monedas mientras obedecemos dócilmente al scroll infinito? En el supermercado todavía percibimos al otro como obstáculo, pero en las redes sociales dejamos de ver que hay un otro (una industría, una máquina de captación de atención) que administra nuestro tiempo. Pero, ciertamente, allí desaparece el rostro, y con él, la exigencia ética.
Quizá la próxima vez que estés en una cola interminable, puedas pensar en ella como un laboratorio ético, pues ahí se concentra, en unos minutos de espera, la tensión entre tu tiempo y el tiempo del otro. Quizá, también convenga sospechar de la comodidad con la que entregamos el tiempo a las redes sociales.
Querido lector, ¿qué pasaría si invirtiéramos la lógica? Si en lugar de impacientarnos frente al abuelo de las monedas, descubriéramos ahí una oportunidad para entrenar la paciencia y reconocer al otro. Y si en lugar de entregarnos pasivamente a las horas líquidas del consumo digital, aprendiéramos a irritarnos frente a esa sustracción invisible de tiempo. Tal vez entonces la ética de la espera no sería una teoría abstracta, sino una práctica cotidiana para habitar de otro modo nuestro presente.