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DORALI ABARCA
He estado llorando los últimos ciento trece días y noches. He llorado en la combi, recordando que ya no soy universitaria, que no encuentro empleo y que ya no quiero depender de mis padres, mientras mis lágrimas recorren silenciosamente mi rostro espolvoreado de rubor y mis lentes de sol se ensucian. ¿A poco no el asiento junto a la ventana trasera es el mejor de la combi? Pues les diré que para llorar es delicioso: un rinconcito que te permite ver a las demás personas pasajeras, o sólo enfocarte en la ventana y en la causa de tu llanto.
He llorado en mi antiguo departamento, que rentaba junto a otras tres personas. Lloro porque no soporto la nula compañía de mis roomies, porque no encuentro otro lugar a donde ir y porque el precio de la renta es extremadamente bueno, y a mí, sin empleo, me queda como anillo al dedo. Lloro porque me la paso todo el día en mi cueva haciendo nada, entre la desesperanza y el agobio, entre la ansiedad y la fuerza de voluntad; lloro porque tengo demasiado tiempo libre y tan poco dinero en el bolsillo; lloro porque no soporto el poder que puede tener el dinero, que me hace seguir llorando.
He llorado porque no puedo olvidar, porque recuerdo todos los días. Me recuerdo en los brazos de mi abuela, y recuerdo sus manos cada vez más amoratadas. Sin embargo, no he podido llorar en su habitación, ahí donde el recuerdo dura diez años de mi infancia. He llorado en la casa de mis padres; he llorado con mi padre recordando a la abuela, a su madre; lloramos juntos en la sala, en el patio. Le he llorado a la ausencia de mi abuela, le he llorado a la ausencia de la que un día fue mi mejor amiga, al recuerdo que no se borra.
He llorado en una pequeña fonda que encontré en el camino. Lloro porque dentro de mí no habita una calma, no habita un consuelo; lloro porque no comprendo qué hago con mi vida, a dónde me lleva el viento, o si al menos desea llevarme; lloro porque estoy perdida y no le entiendo a este capítulo llamado «ya eres egresada»; lloro porque la gente de mi pueblo me nombra psicóloga y no por el nombre tan peculiar que me pusieron mis padres; lloro porque no soy psicóloga, no me siento psicóloga; lloro porque deseo hacer tantas aventuras y al final termino tirada en el suelo de mi cueva, llorando.
He llorado en el cerro, de regreso a casa. Lloro porque no soporto el dolor en mis piernas y comienzo a caminar chueco; lloro porque recuerdo que ya no puedo hacer muchas cosas que antes tampoco hacía; lloro porque ahora, cada tres días, tengo que inyectarme para disminuir el dolor en mi rodilla derecha, y lloro porque esas inyecciones son muy dolorosas; lloro porque mis papás dejaron de decidir sobre mi cuerpo, porque ahora yo tengo que escoger entre una operación de alto riesgo o esperar una prótesis.
He llorado de camino a una maravillosa cena que preparó un querido amigo; he llorado de regreso, la última noche en esa colonia —me mudo al día siguiente—. Lloro porque en verdad me gusta esa amplia habitación; lloro de nuevo por los recuerdos que se quedarán en esas paredes, incluyendo las lágrimas que se bebió el perro y los secretos de las personas que también lloraron ahí. Lloro porque habité dos años esa casa; porque por dos años tomé la combi Coral 1; porque ahí tuve mi primera gran fiesta de cumpleaños; lloro por la vista principal de mi ventana, que era el atardecer y un chismógrafo vip.
He llorado en mi nuevo trabajo. Lloro en el baño, en la entrada; lloro en un cómodo sillón de la cafetería; lloro porque es estresante mantenerse nueve horas sin un salario justo; lloro porque desde que estoy aquí no he descansado, despierto y me duermo cansada; lloro porque, a pesar de que tengo tiempo libre, no me concentro; lloro porque desde que estoy aquí no escribo ni un verso; lloro porque no me alcanza el dinero para comprar más libros; lloro porque no he terminado un solo libro en este tiempo; lloro porque no he podido organizar mi tiempo, porque no tengo tiempo; lloro porque no he visto películas nuevas, tampoco he llorado con películas.
He llorado al cruzar la calle en medio de la manifestación que cubre la carretera. Lloro porque mi nuevo trabajo no me permite protestar presencialmente; lloro también por todas las causas que hacen posible esa marcha; lloro porque en mi recuerdo entran otras miles de manifestaciones: la lucha del pueblo palestino, la lucha por el agua, la lucha por el territorio, la lucha por la vivienda digna, por el fascismo, por lo líquido del mundo.
He llorado en las bancas del centro, sola y acompañada. Lloro porque me he enamorado; lloro porque no sé cómo reaccionar a ese sentimiento; lloro porque me atrae una persona que no siente nada en especial por mí; lloro por esa estúpida ansiedad de compartir el tiempo que no tengo con alguien; lloro porque mis pensamientos autodestructivos llenan mi cabeza de gusanos carnívoros; lloro porque han provocado una migraña y, a la mañana siguiente, tengo que trabajar.
Hoy lloré de nuevo en mi trabajo, después de limpiar una cocina que no es mía. Lloro por el sentimiento que me produjo; lloro porque hace tiempo que no veía algo nuevo; lloro porque me siento salada para el empleo y para el amor: en ninguno pasé de la entrevista de contratación. Lloro porque nadie me elige amorosamente; lloro porque no sé cómo quitarme esta desbordante idea del amor romántico que taladra mi alma; lloro porque siento demasiado; lloro porque detrás de mis ataques de risa cotidianos existe una melancólica historia desde el llanto, y, a pesar de ello, nunca soporto estar sin un llanto.
