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DORALI ABARCA
Porque el terror ya no es el miedo a la muerte, sino el miedo a vivir. A vivir en la indiferencia del dolor, en la normalización de aquello que debería seguir interpelándonos. Vivimos cuidándonos la espalda, pero nuestras vértebras siempre estarán atravesadas por los pasos que hemos dejado en nuestro andar: la plaza que cruzamos, la carretera que protestamos, la casa donde dormimos y los cerros que subimos. Cada vértebra se comparte indiscutiblemente; cada rastro permanece unido a otros cuerpos, a otras historias, a otros territorios.
¿Entonces qué nos aparta del otro? ¿En qué momento dejamos de reconocernos dentro del mismo recorrido?
Nos han cegado para ya no caminar descalzos y sentir las ruinas que nos someten. Nos han acostumbrado a cubrir la piel del contacto con la tierra, del reconocimiento de las grietas que habitamos. Sin embargo, esos zapatos de cartón nos obligan a caminar por un solo rumbo: uno dirigido, alienado, donde avanzar parece ser la única posibilidad, aunque no sepamos hacia dónde.
El terror convive entre nosotros y el cine lo está plasmando, lo está gritando. Aparece desde el terror del abuso, del extractivismo, del despojo, de las violencias que se repiten todos los días y que, aunque intentemos alejarlas, atraviesan las pantallas porque también atraviesan nuestras vidas.
El terror no está únicamente en lo desconocido; está en aquello que conocemos demasiado bien. En lo que escuchamos, en lo que vemos pasar, en aquello que aprendimos a callar porque nombrarlo implica mirar de frente una realidad que incomoda.
Pero las películas están devolviéndonos esa mirada. Nos arrojan de nuevo hacia la vida, hacia esa vida que se mueve desenfrenadamente mientras intentamos permanecer inmóviles. El cine de terror nos recuerda que el monstruo no siempre está afuera: a veces habita en las estructuras que sostenemos, en los silencios que heredamos y en los miedos que aprendimos a normalizar.