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DORALI ABARCA
Hay películas que usan el campamento para asustarnos y otras que lo usan para decirnos dónde estamos. Camp Miasma pertenece a las segundas. Adolescencia, sexo y muerte comparten un mismo espacio cerrado, y desde ahí la cinta propone algo más incómodo que el susto: mirar la decadencia desde dentro, como una subjetividad y no como un paisaje.
Lo político aparece en lo íntimo. Dos generaciones cuestionan el sistema a través de situaciones entre dos personas, sin discursos ni consignas: el desacuerdo sucede en el cuerpo, en el deseo, en la forma de estar con el otro.
En ese marco, la monstruosidad funciona como metáfora de nuestro tiempo. El monstruo del capitalismo tardío es lo que consume, contamina y se vuelve carne. Frente a él, la película ofrece una salida que también es trampa: la huida hacia una hiperrealidad, una estética hipermodernista saturada de imagen, que promete escape y termina siendo otra forma de encierro.
Y ese encierro tiene dueño. Entre diálogos satíricos, la cinta apunta a la industria hollywoodense y expone sus modelos violentos como otro monstruo, quizá el más cercano a quienes hacemos y miramos cine. Pero no se queda en la burla: nos invita a percibir otros cines, o el cine desde su raíz. Es una búsqueda que hemos visto crecer en las proyecciones de los últimos años, con títulos como Resurrection, que también se alejan de la fórmula para volver a preguntarse qué puede ser una imagen.
Desde ahí, la película se detiene en las disputas de subjetividades: lo queer, las relaciones poliamorosas, los vínculos que no caben en los moldes hegemónicos. Y llega todavía más lejos, hacia el deseo por otros seres y otras cosas, esas relaciones que despiertan atracción por subjetividades distintas a la humana. Son nuevas vidas que apenas se están averiguando en estos tiempos, y que la película no explica: las deja respirar.
Queda entonces la pregunta de cómo mirarla. El nuevo cine nos empuja al sarcasmo, al humor negro, a la sobreestimulación. No lo hace por simple cinismo, sino como método: el exceso funciona como despertador. Cuando todo es demasiado, por fin vemos lo que la anestesia ocultaba, las distopías en las que hemos permanecido sin cuestionar nada.
Quizá ahí está lo más valioso de Camp Miasma: no nos consuela ni nos advierte. Nos obliga a reírnos incómodos de aquello a lo que ya nos habíamos acostumbrado.
