SARA ANDRADE
Desde que entré al mundo laboral no he tenido vacaciones de ley. Incluso yo lo llamaría un “skill issue”, pero hoy quiero culpar a otra persona que a mí misma y voy a invocar al monstruo que vive debajo de todas nuestras camas: el sistema económico neoliberal. Sobre todo porque ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy disfrutando de las únicas vacaciones que se me permiten (llegar a una oficina vacía, poner mi música en el volumen más alto y leer mis novelas chinas de cultivación durante ocho horas enteras) y porque pienso que podría estar luchando por no tener que aceptar esta realidad, sino construir el mundo de mis sueños (llegar a un hotel enorme, tumbarme al lado del mar, debajo de una sombrilla, y leer mis novelas chinas de cultivación durante ocho horas enteras), pero estoy resignada a estar aquí, teniendo mi Acapulco en el escritorio, escuchando I Just Wasn’t Made For These Times de los Beach Boys en repetición, mientras tomo agua de coco, para obligarme a entrar en una devastación playera que solamente yo puedo entender.
Pero la verdad es esa: desde mi primer trabajo oficial (entiéndase con prestaciones de ley y sin ser menor de edad) he tenido que renunciar para poder disfrutar de una semana de vacaciones. De ahí en más, he logrado caer en trabajos que por razones arcanas y seguramente mezquinas no pueden permitirme el derecho de disfrutar vacaciones pagadas. Ahora la tendencia es dar contratos de pocos meses para que no puedas alcanzar antigüedad y cuyo único beneficio es el que recibes tu proporcional del aguinaldo en abril (que seguramente vas a gastar en las deudas que acumulaste durante el año). Así que no te queda de otra más que esperar que algún jefe te vea con ojos de lástima y te ofrezca un plato más de avena, para que puedas ir a disfrutar de tus tres o cuatro días libres con los otros niños vagabundos (millenials) del Londres victoriano (del México del siglo XXI) que ya no pueden aspirar a comprarse una casa, sino a tener un bien merecido snack quincenal (el mío siempre es una charola de elote con chile del que pica).
Tengo que lavarme el cerebro y pretender que amo estar aquí porque la otra opción es la muerte absoluta de mi ego y la obliteración total de mi dignidad. Y como no soy tan egocéntrica como para victimizarme gratuitamente, lo que hago es encontrar deleite en el bucle de la miseria godina. Abro mis documentos siempre pendientes de ser llenados con el fanfiction en rotación (los de ahora son sobre, exactamente, cultivadores chinos en situaciones concupiscentes), escucho a los Beach Boys cantar “I try hard to be strong, but sometimes, I fail myself”, me como mi fruta con yogurt y granola, me compro mi lata de Coca-Cola a mediodía, para alcanzar las cuatro de la tarde y retirarme de este cubículo que ha sido testigo de los altibajos más desquiciados que puede tener una mujer que a sus 30 años nunca ha tenido vacaciones pagadas pero que, válgame Dios, tiene una relación sadomasoquista con venir a la oficina e imaginarse que está muy lejos, en una playa donde el dinero no existe, solamente Brian Wilson sin depresión y Luo Yunxi en hanfu de cultivador taoísta y yo en medio, tan feliz que no hay palabras para describirlo.