Algunas personas se vuelven extrañamente cercanas, aunque no nos conozcan. Nos vamos formando con las palabras, los ritmos y las líneas de otros, conocemos algo de su vida –a lo mejor muy poco o incluso nada–, pero el arte se vuelve ese vínculo que nos mantiene como satélites alrededor de una persona. Esperamos con ansias el siguiente libro de nuestros autores predilectos, expectantes por la palabra nueva. Nos emocionamos cuando un artista que nos complace nos devela una nueva obra y, por supuesto, escuchamos las notas saliendo del horno mientras nuestro cuerpo se mueve a un ritmo desconocido, pero reconocemos en el estilo, en las sensaciones o en los acordes.
Así algunas personas que viven su día a día totalmente ajenas a nosotros y se vuelven nuestras mentes maestras, Virgilios que nos llevan de la mano entre laberintos, círculos y cantos. Entonces, nos conmovemos cuando vemos, oímos o degustamos con el cuerpo ajeno. Pienso, por ejemplo, en los experimentos que otros hacen con la escritura y la epifanía que se me ha convertido en piel erizada. En los cuentos que excitan, nos desbordan o nos detiene, en las líneas que nos dan pauta de libertad o claustrofobia.
Tal vez la constante sea ese aire de libertad creativa la que nos determina cuando se nos abren los ojos –literal y metafóricamente– y son esas ganas de sentir de nuevo la droga que nos mantiene en vigilia con los ojos puestos sobre un cuadro que no entendemos, pero comprendemos de otra manera no racional, manos gigantes, figuras geométricas que juegan a ser mundos dentro de otros mundos: verdades absolutas que, sin embargo, nunca son la única.
Hay también otros Virgilios que no son personales, pero se transmiten cuando un ser querido habla de otro: convertimos a nuestros cercanos en seguidores de nuestros cercanos y así en cadena hacia el infinito, y no importa si es una jugadora de futbol, el personaje coreano del que ni siquiera nos hemos aprendido el nombre de la autora o el ilustrador para niños que vimos sólo una vez en los libros de la hija de una amiga. No importa cómo, lo importante es que esa pasión se transmite y se comparte lo que se ama.
De esta manera puedo decirles, estimadas lectoras y estimados lectores, que me dolió más la muerte de Pedro Friedeberg al comentarlo con Gonzalo Lizardo que cuando lo vi en las noticias culturales que naufragan entre las redes sociales: ya no era sólo un artista del que había visto alguna vez un cuadro, tal vez dos, ahora era alguien transferido por la memoria y el cariño de un amigo. Y así nace este homenaje: desde las palabras de la amistad y la admiración.
Aquí les dejamos al “meta arquitecto de la naranja hexagonal” para que le despidan, le recuerden o le reconozcan, esperamos en El Mechero que el viaje sea bueno, el de él y el de ustedes. Aquí vamos pasando de mano en mano las dos monedas de oro para pagar el pasaje en barca. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero