DANIEL MARTÍNEZ
José Emilio Pacheco nos refiere en un libro dedicado a Ramón López Velarde (La lumbre inmóvil, 2003) la historia de lo que él llama una “enemistad literaria” entre Alfonso Reyes (1889-1959) y Ramón López Velarde (1888-1921). Escritores de provincia ambos, nacidos con un año de diferencia tuvieron, sin embargo, vida y destinos casi opuestos. El de Monterrey provenía de una familia poderosa y su destino de escritor le venía marcado desde la adolescencia: formación académica rigurosa con una base clásica muy sólida. Tuvo una larga y cosmopolita vida, un matrimonio duradero y una vasta obra que, sospecho, es alabada por muchos, pero leída por pocos. El de Jerez, en cambio, tuvo una vida y obra cortas. Nunca salió de México y vivió atormentado por el sexo opuesto, por una relación verdadera que nunca llegó a consumar. Su obra se distingue más por su sensibilidad que por su racionalidad, en claro contraste con el neoleonés. Reyes, hombre de letras nato, prosista deslumbrante; Velarde, hombre con destino de poeta, ingenioso versificador.
En diciembre de 1920, López Velarde reseñó El plano oblicuo (1920), e hizo una serie de comentarios de los que al parecer Alfonso Reyes se resintió por bastante tiempo. El zacatecano describía los dotes del regiomontano con expresiones como “titilación cerebral, “colores intelectuales”, “de seso y de lecturas, “demasiada experiencia en libros”, “guarismos de razón pura” y, la frase que más resalta es “lo prefiramos, en definitiva, fuera de la lírica”. Quizá esa fue la frase que más resintió Reyes y la que nunca perdonó, él tan celebrado por sus colegas y hasta envidiado ―según él― por sus amigos. Aquí algunos fragmentos del artículo:
“Su prosa es fosfórica en el sentido de la titilación cerebral y en el sentido de la emoción, porque aun ésta se tiñe de colores intelectuales, casi siempre graciosos.
(…)
“Lo que sí parece comprobarse es que, cuando el poeta sobresale por su disciplina netamente artística, su prosa descuella. Tal es el caso de Reyes, por más que lo prefiramos, en definitiva, fuera de la lírica.
(…)
“Para la joven generación, es Alfonso Reyes un modelo de perspicacia, de ondulación, de seso y de lectura, quizá con demasiada experiencia en libros, en cuanto que ciertas fragancias juveniles se hallan amortiguadas en él.”
El volumen al que nos referimos hoy, compuesto de prosas de años muy anteriores, exhibe, como sus libros más recientes, ese donaire intelectivo al que aludíamos al principio, donaire tan vigoroso que se resuelve, a veces, en guarismos de razón pura.
Esta manera de desencarnar los tipos y las situaciones, extrayéndoles su ideología espectral y haciendo que la pasión misma se desenlace en muecas de filósofo, es una de las operaciones principales que ejecuta Reyes, y la señal primera y concluyente de su fuerza.
Es claro que estos comentarios no le cayeron en gracia a Alfonso, por más que destacara algunas de sus facultades. Parece que en esta situación Reyes fue ahora quien envidió a otro: López Velarde, tenía esa capacidad natural, sensible e intuitiva de hacer poesía que llegara los lectores; alcanzó la fama con unos cuantos poemas y, sobre todo, con “La suave Patria” consiguió prestigio en el país y fue ese poeta nacional de su generación que Reyes siempre quiso y no pudo ser. En 1926 Reyes escribió una prosa que tituló “Venganza literaria”, en la que se pueden ver alusiones muy evidentes a la persona de Ramón:
“Aquí salió cantando en falsete nuestro Apollinaire (…) Yo, que sentía la necesidad de crear absurdos, lo alcancé por el cuello, lo injerté en los poetas de campanario, y me puse a cosechar en mi nuevo árbol evolutivo primaveras almidonadas en faldas de percal y servilletas duras como cartones, del tiempo de Don Simón.
“Así, así me las pagarán todos esos del Ángelus, esos del toque de queda, esos de las muchachas de la retreta, esos de las virtudes aldeanas, esos del incienso de la parroquia, esos de las tardes de la granja, las veladas de la quinta, y hasta don Catrín el Calavera: poetas pepitos, poetas rotos, para decirlo a la mexicana. Traen raídos los traseros del alma y lo andan tapando como pueden y dicen que es por meditabundos y por pasear manos a la espalda.
“Y los dejé convertidos en papel de moscas, olor de sinsín, aguaflorida barata, mucílago y panal de América, en dulzor de pegajosas pepitorias. ¡Fuchi!”
Todavía en 1951, Reyes publicó un “croquis en papel de fumar”, el único texto con alusiones directas a López Velarde, quien llevaba ya treinta años muerto. Aquí el autor fue más directo y quiso de una buena vez dejar en claro su juicio sobre el poeta de Jerez. Comparto algunos fragmentos de ese croquis:
“La persona física y moral de López Velarde ha dejado una impresión de blancura. En su persona poética hay mucho que explorar (…) Desentendámonos de minucias técnicas, conceptismo y gongorismo espontáneos y también cultivados, barroco de la nueva España o como se llame, etc. Si nos atendemos al saldo, resaltan tres notas principales, concertadas por el solo hecho de coexistir; que aquí nunca fueron felices los intentos de sistematización racional. El ser es mucho más que razón y no hay confesión más amplia del ser que la poesía.”
Respecto a los motivos o aspectos de su poesía, Reyes los menciona como “Nitidez, candor, religión de devocionario, música popular, feria, provincia, sentimientos elementales, rubores y armonías coloristas, costumbrismo en azul y en rosa”. Al final hace una alusión directa a su vida: “Vida corta. ¿Malograda? Hay también una Providencia poética. Tal vez haya destinos a los que conviene la indecisión, al acre sabor de la juventud. Tal vez…”
En resumen, López Velarde señaló el exceso de cerebro y la falta de sensibilidad de Reyes; éste a su vez lo acusó esencialmente de lo contrario: falta de capacidad racional, exceso de sentimentalismo; un sentimentalismo básico y provinciano. ¿Se pueden reducir ambos escritores a esas características? Pacheco nos da un “no” rotundo, diciéndonos que sería injusto con algunas prosas de El minutero y los versos de Ifigenia Cruel. Se pregunta también si será falta de respeto desenterrar estos temas (por aquello del morbo y la culpa que podamos sentir) y concluye que en definitiva no, porque esto nos sirve para personificar a los escritores y no verlos como estatuas de plazas públicas. ¿Qué habría pasado con esta “enemistad” de haber vivido más tiempo López Velarde? Quizá habría aumentado con López Velarde acusando la frialdad de Reyes y restregándole la celebridad conquistada. Quizá… Es algo que me gusta imaginar, pero que nunca sabremos. Hasta la próxima.

Alfonso Reyes.

Ramón López Velarde.