ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Apenas inicio en el camino del matrimonio y es verdad que, al menos por ahora, la luna es de queso y hay miel que llueve en el tálamo nupcial; llegué al altar bien convencido de que el amor humano es más un edificio que una cueva para guarecerse del aguacero, luego el amor monógamo y el matrimonio como dos constructos culturales y como dos vertientes de un diseño político que hace prevalecer a la cultura occidental y sus desgastados valores, son algo que se acepta, se realiza y se viven sólo teniendo como base el amor, ese amor puro de las criaturas, que perpetúa a las especies y afirma su tránsito por el tiempo y el espacio. La celebración ortodoxa de las nupcias por las vías civil y religiosa sólo me parecen, y aquí muy personalmente, aceptables en nombre del amor entre dos personas, los rituales del casamiento, dejando de lado la crítica social, son bellos ejercicios poéticos, pues es la palabra y sus flores las que prevalecen en todos los momentos de la liturgia y la firma de acta ante el estado. Aceptar el ritual y vivirlo ha sido para quien esto escribe una afirmación del amor que profeso a mi esposa, más allá del juego ideológico y político que hay de trasfondo en las instituciones, para nosotros fue: conjura de pasión, celebración romántica, ritual de unión infinita.
Digo que el amor humano es un edificio porque exige constancia, trabajo y colaboración, a diferencia de la voluntad de la vida que se manifiesta en las vinculaciones puramente sexuales y reproductivas de otras criaturas, el animal humano ama también a través de ese órgano particular que es el lenguaje y sus consecuencias materiales y perceptivas que son la cultura y la organización social.
Para nuestra boda quisimos crear un ambiente artístico que reflejara la pasión que ambos sentimos por las artes plásticas, el cine y la literatura, además de hacerlo en un ambiente natural, rodeados de pasto y árboles, cerca del río Juchipila en las inmediaciones del cañón con el mismo nombre. La invitación debía reflejar estos elementos: arte y naturaleza y buscamos a dos artistas excepcionales para ayudarnos con la que sería nuestra imagen de bodas. Anteriormente realizamos un bosquejo muy sencillo en un cuaderno escolar, con este simple dibujo David Hernández “Dagoz” creó una maravillosa ilustración psicodélica, de colores vibrantes que retratan de manera fabulosa a nuestros alter ego: el novio un girasol, la novia una casablanca, en brazos de ella un gracioso y rechoncho gato mestizo llamado Kalipso y en brazos de él una perrita con el nombre de Cuqui, detrás de la pareja el sol y la luna a punto del eclipse, estrellas y esporas en el ambiente, los dos vestidos para la ocasión. Con estos mismos elementos, pero haciéndola similar a una carta de tarot Juan Luis Padilla realizó un precioso grabado en metal a la aguafuerte y aguatinta, destacamos de ambos artistas su enorme talento reflejado en la composición, el manejo de los materiales, la disposición del color y el amplio conocimiento en sus respectivos procesos de trabajo. Aprovechamos también este “Shot de color” para agradecerle a los dos su invaluable apoyo y el que pusieran su arte al servicio del amor.

Autor: David Hernández “Dagoz”.

Autor: Juan Luis Padilla