Hay un rumor que atraviesa octubre: el de los pasos de los muertos. No el miedo ni el espanto, sino la certeza de que la muerte nos acompaña como una sombra paciente o una flor encendida. México, país de altares y calaveras, sabe que el fin no es clausura, sino tránsito. Por eso escribimos, le cantamos, le ofrecemos pan, versos y memoria. En este número de El Mechero abrimos las puertas a ese otro mundo, no para invocarlo con solemnidad, sino para conversar con él: un Festival de la muerte donde las palabras, como las velas, titilan y alumbran los rostros de los que fuimos y los que seguimos siendo.
La literatura, más que ningún otro arte, ha hecho de la muerte su interlocutora predilecta. Desde los antiguos epitafios hasta las novelas del duelo contemporáneo, escribir es, en cierta forma, preparar la despedida. Pero también, como ocurre en estos textos, es una forma de resistencia: nombrar la muerte para no desaparecer del todo.
Basilio abre el número con Octubre es de los muertos, un poema que no se limita a lamentar, sino que observa con lucidez la herida colectiva. La guerra, la sangre y la piedad se mezclan con la rutina de los vivos, que caminan entre sombras sin redimir sus quimeras. Su voz nos recuerda que la muerte no está afuera: se instala en la lengua, en el cuerpo fatigado, en los gestos que repetimos sin saber que son ofrendas.
Nayeli Garza, con dos poemas de temblor íntimo, lleva la reflexión a la raíz: la madre, la memoria, el hijo que no fue. En su palabra, la muerte no tiene rostro, sino ecos. Es la cuerda, la caída, la raíz que crece del cuerpo amado. Su poesía se despliega como una elegía contenida donde el dolor se vuelve materia de renacimiento.
Desde otro registro, Miguel Moreno Camacho construye con Quirina una trilogía sobre la memoria, el duelo y la guerra. Habla del muerto que ya no pesa, del hermano que cae en combate, del amor que insiste en recordar incluso cuando todo calla. La muerte, ahí, no es destino, sino paradoja viva que se canta con los instrumentos de la existencia.
En Letanías a Lilith, Willni Dávalos invoca a la madre oscura, símbolo del deseo y del fuego. Su lenguaje místico convierte la muerte en ritual de conocimiento.
Con humor y crítica, El Fortino ofrece una farsa lúcida: Un día de éstos voy a amanecer bien muerto sobre la cama. Entre lo absurdo y lo cotidiano, desmonta la rutina moderna donde incluso la muerte debe adaptarse al horario de oficina.
Finalmente, René Falcó cierra con Corazón de melón, una pieza de amor y pérdida que huele a cempasúchil y deseo. Su prosa convierte el eros en elegía: la vida, al rozar el abismo, revela su fulgor más intenso.
Así, en este Festival de la muerte, cada autor nos entrega un umbral distinto: del poema al conjuro, de la memoria al humor, del duelo al deseo. Y si algo queda después de leerlos, es la certeza de que la muerte no anula la vida, sino que la nombra con mayor precisión. Porque en la literatura —como en las ofrendas— todo lo que amamos permanece vivo.
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero