MIGUEL DE ÁVILA
Tal vez nadie ha descubierto el sentido de la vida bajo la lluvia. O al menos nadie lo ha anunciado públicamente. Pero yo creo que algo importante pasa entre los charcos y el ruido del agua en el techo.
El día lluvioso tiene algo que los días soleados no tienen: no te pide nada. La lluvia cierra la puerta, pone a calentar agua en la tetera y te dice que te quedes. Sin sentirte culpable, sin planes. Es el único fenómeno meteorológico con empatía. La lluvia cae sin expectativas, llega sin pedir permiso, sin prudencia por ofender. Es democrática porque moja igual a todos, sin importar cuánto tengamos planeado. Es, en términos filosóficos, como un amigo desinteresado.
Vivimos en un mundo que nos exige estar ocupados todo el tiempo, que nos hace sentir mal si un día soleado no «aprovechamos el día». Debemos aprovechar el día, cumplir objetivos, responder mensajes y demostrar constantemente que estamos haciendo algo importante o productivo. La lluvia rompe eso de manera elegante y sin dar explicaciones: no es que seas flojo, es que está lloviendo.
Y luego está ese olor. El de la tierra mojada cuando llegan las primeras gotas. Hay gente que ha intentado explicarlo con ciencia y palabras complicadas, pero en el fondo todos sabemos que es el olor a permiso. Permiso para respirar despacio, para no tener prisa, para agarrar inspiración para crear algo o para no producir nada en particular.
Los días lluviosos también tienen fama de ser tristes o malos. Y sí, a veces lo son.
El campesino que esperó la lluvia durante meses puede verla llegar demasiado tarde; quien ha perdido su hogar en una inundación difícilmente escuchará poesía en el sonido de las gotas. La lluvia no crea la tristeza, pero la convoca, la sienta a la mesa junto a ti y les sirve café. El mismo hombre que dice amar la naturaleza maldice cuando el agua moja sus zapatos nuevos. Imploramos lluvia durante la sequía y maldecimos el cielo cuando llueve el día festivo. Queremos los frutos de la lluvia sin aceptar la lluvia misma. Hemos llegado incluso a convertir los días lluviosos en estética de la melancolía: las rolas de nuestra playlist cuidadosamente seleccionadas y el café fotografiado junto a la ventana empañada para recordar momentos tristes.
Los días de lluvia son para reírnos de nosotros mismos mientras corremos tratando de no mojarnos. Y aunque casi siempre terminamos empapados, quizá ésa es la lección: la vida no consiste en evitar la lluvia, sino en aprender a caminar bajo ella.