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Imagen: Freepik
RENÉ FALCÓ
Creo que la primera vez que te conocí fue en el Parque Blanco, al que decidiste llamar Anhedonia, y siempre me pareció un nombre torpe, casi estúpido; pero fue justamente en diciembre cuando te presentaste y, con ese tono déspota tan tuyo, elegiste ser René Falcó. Acto seguido procediste a decirme el monólogo más raquítico que hayas recitado, iba algo así:
“Siendo sinceros, Los detectives salvajes es una obra que no te recomendaría. Me di cuenta de esto cuando deambulaba moribundo en el hospital, porque Los detectives es y será una obra para artistas. Tal vez ahora que lo termine odie a Los detectives salvajes. Esto último lo comprendí cuando vi mi libro en mi mueble; me abrazó y susurró: ‘Te dije, pendejo’.
Verás, cuando terminé la obra sentí que me había torturado casi 400 páginas, y no lo sé, no supe por qué. Llegué a la conclusión de que Bolaño es muy notorio porque sus personajes traspasan y comienzan a tomar pieles verdaderas… podría decir que entrañables, pero Ulises Lima me cagaba en la punta de la verga, neta; ese güey cómo me hacía encabronar. Me cagaba hasta el capítulo 24, donde habla con Octavio Paz. Es aquí donde entendí que el libro me torturaba porque Ulises, a pesar de su movimiento, nunca fue nadie, era un inexistente. El bombardeo existencial que te lanza la obra en ese momento te retrae y sabes que es cierto: ni Paz ni Lima eran alguien, que todas sus aventuras por Sonora o Israel se irán al olvido… tuve que desplomarme en llanto (y ojalá esto fuera broma).
No existe forma de ‘entender’ Los detectives salvajes. Puede ser una obra sobre la vida de los escritores, un libro sobre el arte, pero al final uno se da cuenta de lo que ha leído, y la manera más gratificante de leerlo es cuando eres un ser bohemio lleno de agonía, con pensamientos iconoclastas que, al final, nos harán terminar como Lima.
No creo que ese sentimiento lo encuentre alguien que nunca ha tenido la verdadera aspiración de ser un artista.”
Y no sé, René, si intentabas decirme que yo era el bohemio o quizás tú, pero hace unos días obtuve una respuesta clarividente mientras limpiaba mi habitación. De entre las zozobras de aquello que llamo sábanas, salió un pasador, un pasador que claramente era de ella, y me hizo comenzar a cuestionarme por las cosas extraordinarias de la vida, como si sostenerlo y verlo en mi mano me mantuviera en una burbuja de flashback, reviviendo en tiempo y espacio esos momentos con ella.
Porque la amo. Y antes no había tenido estas sensaciones que me vampirizan. Creo que esta indisposición al amor provenía de esa devoción casi condenatoria al arte, esa misma que, como diría Rimbaud, me dejó en un estado permanente de “vidente mutilado”; me dejó desvaríos, shock, psicosis, enfermedad y delirio. Y fue justo cuando ella llegó, cuando quise ser el amante que buscaba, que eso que llaman “arte” se volvió para mí un acto de suicidio absoluto, un descenso a lo baudeleriano: un lugar donde nunca se pertenece y las emociones se vuelven baratas, casi mercancía de feria.
Por eso te creo cuando me hablaste de todas esas cosas idiotas de Los detectives salvajes. Y definitivamente no quiero que también me repitan: “Te dije, pendejo…”
René, sé que cuando leas esto vas a estar totalmente enfurecido porque he optado por ahogarme en los brebajes del amor y su fútil engaño; por dejar que se empañen los oclayos con tristeza, aunque el porvenir termine por desprender a dos cuerpos que han intentado ser y estar. Pero, como dijo Pavese, “vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, y quizás por eso ahora entiendo que amar es otro modo de aceptar que estamos condenados a desaparecer.
Te escribí esta carta esperando te llegue pronto antes de tu cumpleaños, el cual es el 24 de Diciembre. Tal vez haya boda, si la hay te haré llegar una invitación, te juro que no dejo de pensar en ella, y sus hermosos rizos, tiene un café particular en sus ojos que me tienen escurrido en este ebrio combustionar de la vida.
Te quiere, Daniel.