Fotografía: Cortesía
MARTÍN ÓSCAR SÁNCHEZ BECERRA
Pareciera que nos han olvidado.
Esa frase no me soltaba mientras el sol del mediodía pegaba directo en mi espalda y se colaba en mi sombrero roto. Daba la sensación de que el mundo se había ido y nos había dejado aquí, tirados como desechos bajo un cielo que sólo sabe quemar. La soledad del llano se notaba en todo, en el silencio de las casas cerradas, en el rumor lejano de algún motor que se perdió hace tiempo, en el viento que chocaba directo con las yerbas secas que marcaban la mala temporada de la lluvia. Yo iba juntando la poca o mejor dicho nada de cosecha que Dios me mandó, porque a eso le llaman vivir: trabajar hasta morir de cansados o de hambre.
No había nada a kilómetros. Sólo mi perro flaco, que me seguía con la mirada rendida; un gallo que cantaba como por costumbre; un guajolote que se movía más por hambre que por vida; un par de mulas tan huesudas que hasta el polvo les dolía; mi esposa moribunda y yo, aferrados a un pedazo de tierra que ya ni sombra daba. Mis hijos hace años se fueron a otro país buscando una mejor vida. Se llevaron sus risas, nuestras promesas y el poco futuro que quedaba. Primero llegaron cartas, luego nada. Los demás también se fueron, a pagar sus penas en el infierno de la ciudad, persiguiendo lo que llaman oportunidades. En su ausencia, el pueblo se quedó como un esqueleto: techos caídos, calles sin voces, paredes que se desmoronan de tristeza.
En el patio de mi humilde jacal, que ya no aguantaría los vientos de marzo, mi esposa agonizaba. Llevaba días hablando con los muertos, como si ellos tuvieran más respuestas que los vivos. A veces miraba al cielo buscando rostros, como si alguien la esperara del otro lado. Me hablaba de cuando la vida olía a pan caliente, de cuando los hijos corrían entre las milpas, de cuando había esperanza. Aquí no hay doctores. No hay medicinas. No hay consuelo. Sólo ese silencio grande que lo traga todo. Pareciera que nos han olvidado.
Una mañana, al volver del campo, busqué qué comer, aunque fuera resignación. Sólo encontré dos tortillas duras y en jarro unos frijoles agrios que olían a derrota. Tapé la olla y fui al petate de mi mujer. Le toqué la frente: tibia, pegada al hueso, como si su cuerpo ya se despidiera.
—Mujer —le dije— ¿cómo te sientes?
—Viejo —susurró con una sonrisa que dolía. —Mira… ahí está mi papá, al final del túnel. Está comiendo birria de cabrito. Me invita. Dice que allá sí hay comida para los dos.
Sentí que la tierra se me abría bajo los pies. Apreté los dientes para no llorar. La subí al carretón viejo junto con los sacos de maíz y frijol, el gallo, el guajolote y mi perro. Amarré las mulas flacas que ya ni fuerza tenían. Partí en busca de un doctor, con el corazón hecho polvo.
El camino era largo, cruel, lleno de piedras y sol. Las mulas se tambaleaban, cada paso parecía un adiós. Llegamos al pueblo más cercano, donde las luces eran pocas y la indiferencia mucha. Pregunté por el doctor y por las tiendas que compraban grano. Me miraban como si no existiera.
En las bodegas estaban los coyotes, los que compran lo que sembramos y nos pagan con desprecio. Abrieron los sacos, olieron los granos, me juzgaron.
—Su frijol está viejo, su maíz no sirve —me dijeron.
Les supliqué. Me arrodillé.
—Cómprenmelo, por favor. Mi esposa se muere. Necesito salvarla.
Uno se rió. Otro se fue. Pero un hombre que pasaba se detuvo, me miró, y sin decir palabra me dio el dinero justo. A veces, la compasión llega de donde menos se espera, como una chispa en medio de la nada.
Corrí al consultorio. El doctor la revisó, apenas la tocó. Me dio una lista de medicinas que no podía leer, y me dijo que las comprara en la farmacia de enfrente, la suya. La salud tiene dueño, pensé. La vida también. Con lo que saqué apenas alcancé para la consulta. Los medicamentos se quedaron en el mostrador, mirándome con burla.
Salí con mi mujer en brazos. Afuera, el sol seguía igual de cruel. La puse en el carretón, la cubrí con la manta vieja. El gallo picoteaba el suelo, el perro gemía. En el camino de regreso, entre el polvo y el silencio, mi esposa se fue. Ni un grito, ni un suspiro largo. Sólo se fue. El aire se detuvo un instante, como si el mundo también se apenara.
Esa tarde, cuando llegué al jacal, el sol ya moría detrás del cerro. La bajé del carretón y la acosté en el petate. El perro se echó a su lado. Se quedó ahí, sin moverse. Ni comió más. Dos días después también murió, como si no soportara la ausencia.
La enterré detrás de la casa, bajo el mezquite donde ella descansaba en las tardes. Cavé con las manos, con los dientes si hacía falta. No había pala ni fuerza, sólo dolor. La tierra estaba dura, como si también se resistiera a tragársela. Cuando terminé, me quedé arrodillado, mirando el montón de tierra que ya no era ella.
Ese día no sólo murió mi esposa. También se me murió el sentido, el rumbo, la fe. El mundo siguió igual, los políticos siguieron hablando de progreso, las ciudades siguieron encendiendo luces, y aquí sólo quedó el eco de una frase que me atormenta.
Pareciera que nos han olvidado.
Y tal vez sea verdad.
Porque nadie baja al llano a ver cómo la gente se apaga sin ruido.
Porque nadie llora por los muertos que no tienen nombre.
Porque en esta tierra el olvido es lo único que se reparte parejo.
Ahora, cuando el viento sopla y el polvo me cubre la cara, cierro los ojos y la escucho reír como antes. Me parece verla venir con un plato de frijoles y tortillas calientes. Pero abro los ojos y solo está el silencio.
Dicen que el olvido alivia, pero mienten. El olvido no cura: sólo enseña a morirse despacio.
Y yo sigo aquí, esperándola, bajo este sol que no perdona, entre la tierra seca que un día fue nuestra casa.
Ya ni el perro me acompaña.
Y el viento, que antes silbaba entre los mezquites, ahora me llama por mi nombre.
Pareciera que nos han olvidado…