BASILIO
Pocas figuras en la música han sido tan simbólicas y transgresoras como la de Ozzy Osbourne. Su llegada al panorama musical representó una ruptura estética, musical y de clase. Nació en 1948 en Aston, Birmingham, un barrio obrero de Inglaterra marcado por la desindustrialización, el desempleo y el desarraigo. Su biografía está profundamente enraizada en la clase trabajadora británica. Con Ozzy y Black Sabbath, la paz y el delirio del rock psicodélico se transformaron en una protesta mucho más directa contra los valores conservadores: si los hippies cantaban al miedo de Vietnam y loaban a las drogas como vía espiritual, Sabbath inauguró la protesta contra el poder nuclear (en plena Guerra fría) y la persecución nihilista del exceso y lo maldito; fue el ejemplo del realismo negativo de las subculturas obreras británicas, una forma de resistencia simbólica ante la hegemonía cultural burguesa.
En medio de la desolación que dejó el estéril mayo del 68, Osbourne encarnó la figura del existencialista profano de la posguerra. Su afición por lo oculto y el malditismo sirvió como una vía de escape al estado espiritual de su tiempo. Cantó para Baphomet y Aleister Crowley. Gracias a él, la fe, la obediencia y la moralina del capitalismo británico se reemplazaron por el caos, el ruido y la abyección moral de una juventud cada vez más cansada. Que esto haya mutado en nuestros días a un objeto de consumo muy fetichizado (identidades cobijadas por chaquetas, estampas y una masculinidad fundada en el exceso) representa la derrota de su tentativa -acaso la destrucción de los valores conservadores británicos-, pero no de su esperanza oscura. Una esperanza de saber que incluso en la transgresión, en la oscuridad del alma humana, existe una belleza magistral. Sus obras como solista y con Black Sabbath dan prueba de ello.
Ozzy es un descendiente del dios Pan y toca su flauta para los jovencitos confundidos y marginados, dándoles un sentido de pertenencia mientras come cabezas de murciélagos, tomando litros de alcohol, mucha marihuana y vete tú a saber qué más, sin inmutarse, porque el cabrón tenía una mutación genética muy rara que le permitía vivir al límite. Es un ídolo necesario porque nos recuerda la fragilidad de los valores tradicionales como goznes de una sociedad cada vez más superficial y desamparada. Nos ha enseñado que incluso en lo diabólico hay refugio.
En honor a la transcendencia de su obra: ¡escuchemos por varias noches al Príncipe de las Tinieblas y deseémosle un buen viaje hacia el reino de Lo Obscuro!