Hay ciudades que no se levantan con piedra ni con trazo urbano, sino con murmullos. Se erigen en la vibración tenue de una voz que decide narrar y en la escucha atenta de quienes, sin darse cuenta, comienzan a habitarlas. Son ciudades sin márgenes fijos, sostenidas apenas por la complicidad de quienes creen, aunque sea por un instante, en su existencia. Ahí, en ese pacto silencioso, la palabra deja de ser vehículo y se vuelve territorio.
En ese umbral, las tazas, con esas formas humildes y domésticas, se convierten en portales, puertas y pozos. Intervenidas con paisajes turbios, presencias insinuadas y trazos que evocaban lo espectral, dejan de ser recipientes para transformarse en superficies de narración. Cada una contiene un fragmento de esa ciudad invisible que Miguel Tovar propone, hecha de bruma, de símbolos, de ecos que no terminan de disiparse: La ciudad de las brujas.
Sostener una de esas piezas es, en cierto modo, aceptar la invitación a cruzar. La mano, acostumbrada al gesto automático de beber, se detiene apenas un segundo más, como si intuyera que aquello que tocaba no era del todo inofensivo. En la curvatura del objeto, en el brillo leve del esmalte, se alojaba una tensión: lo cotidiano y lo extraño coexistiendo sin anularse.
Hay algo profundamente inquietante en que lo oscuro se deslice hacia lo cotidiano sin pedir permiso. Tal vez por eso estas piezas resultan tan potentes: porque no gritan, no imponen, sino que susurran desde el borde de lo familiar. En ellas, la bruja no aparece como figura lejana o caricaturesca, sino como una presencia latente, casi íntima, que se filtra en los gestos más simples: sostener, beber, observar.
La lectura del cuento avanzó como una marea baja, dejando al descubierto zonas de sentido que no se explicaban del todo. Y, sin embargo, ahí estaban las tazas, acompañando, duplicando, desviando la interpretación. No eran ilustraciones: eran otra voz. Una voz muda, pero insistente, que obligaba a mirar dos veces, a sospechar de lo evidente.
En ese cruce, entre lo que se dice y lo que se ve, se configuró una experiencia fragmentaria, abierta, donde cada asistente tejía su propia versión de la historia. No había una sola ciudad de las brujas, sino tantas como miradas detenidas en la superficie esmaltada de las piezas. Cada taza, un umbral; cada trazo, una grieta.
También hay algo profundamente colectivo en ese gesto. En un tiempo que fragmenta la experiencia y la vuelve solitaria, reunirse a escuchar, a mirar, a compartir la extrañeza, adquiere un peso distinto. El café dejó de ser un lugar de paso para convertirse en un espacio de resonancia, donde las presencias visibles e invisibles se entrelazaron por un instante.
Quizá eso es lo que permanece: no la historia en sí, sino la sensación de haber habitado un territorio efímero. Una ciudad que desaparece cuando las luces se apagan, pero que persiste, leve, en la memoria: como el rastro de café en el fondo de una taza, como una sombra que decide quedarse.
Así, queridas lectoras y estimados lectores, entre sorbos y silencios, la ciudad se expande. No hacia afuera, sino hacia adentro: en la imaginación de quien observa, en la memoria que guarda una imagen sin saber por qué. Y cuando todo termina: la lectura, la reunión, la tarde, la confidencia, queda esa sensación extraña de haber estado en un lugar que no puede nombrarse del todo, que se mantiene en el susurro, velado y custodiado con cuidado, pero que, sin embargo, ha dejado huella. Como si algo, desde el fondo de una taza, siguiera llamando. No lo olviden, juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero