<em>Crookhey Hall</em>, Leonora Carrington.
MARTÍN ÓSCAR SÁNCHEZ BECERRA
—Hoy amanecí con el presentimiento de que alguien se va a morir.
El hombre se lo dijo a don Simón mientras le ayudaba a levantar la cortina de la tienda. Todavía estaba oscuro y el frío de la madrugada seguía pegado a las paredes de adobe. En la calle solamente se veían las huellas de los burros sobre el polvo y, detrás de los corrales, los mezquites parecían negros contra el cielo que apenas comenzaba a aclarar. Don Simón acomodaba unas cajas de jabón cuando escuchó aquello y levantó la cabeza.
—¿Quién?
—No sé. Alguien.
Don Simón soltó una risita y siguió con lo suyo.
—Pues alguien se ha de morir. Todos tenemos ese destino.
El hombre no respondió. Tomó el café que le habían servido, dejó unas monedas sobre el mostrador y siguió su camino por la calle que salía hacia los cerros. Nadie volvió a verlo durante mucho tiempo.
A media mañana, doña Tere llegó al molino con sus dos cubetas de nixtamal. Había varias mujeres esperando junto a la máquina, con los rebozos sobre los hombros y las manos escondidas en las mangas para protegerse del frío. Mientras el molino trabajaba, doña Tere contó lo que había escuchado en la tienda. No dijo que un hombre que iba de paso lo había dicho como un simple presentimiento, sino que dijo que por ahí andaban diciendo que alguien iba a morir.
Petra dejó de mover la cubeta.
—¿Quién está enfermo?
—No sé —contestó doña Tere—. Eso fue lo que dijeron.
—Pues alguien ha de estar malo.
La conversación siguió entre el ruido de la máquina, el olor del maíz húmedo y el humo de la leña, pero cuando las mujeres regresaron a sus casas ya no llevaban solamente sus cubetas. Llevaban también la preocupación.
Por la tarde el rumor llegó a la cantina de don Cástulo. Catarino estaba jugando baraja con Ezequiel cuando alguien les contó que en el molino se decía que una persona del pueblo iba a morir. Catarino se rio, pero dejó las cartas sobre la mesa cuando Ezequiel preguntó quién.
Nadie sabía.
Entonces comenzaron a buscar.
Recordaron a doña Pancha, que llevaba varios días tosiendo. Recordaron al viejo Julián, que ya caminaba despacio. Recordaron que la hija de Petra había tenido fiebre la semana anterior. Alguien dijo incluso que había visto al hijo de doña Pancha salir de madrugada en dirección al pueblo vecino, seguramente a buscar al doctor.
Eso tampoco era cierto.
Pero al caer la noche ya se decía que doña Pancha estaba muy grave.
A la mañana siguiente, doña Pancha salió a barrer el zaguán de su casa. Llevaba su rebozo azul y unas chanclas viejas. La gente que pasaba frente a su casa la miraba de reojo, como si estuvieran comprobando cuánto tiempo le quedaba.
—¿Qué tanto miran? —preguntó finalmente.
Una vecina le respondió que nada.
Doña Pancha siguió barriendo, pero por la tarde ya sabía lo que se decía de ella. Su hija fue quien terminó contándoselo mientras calentaban las tortillas.
—Dicen que te vas a morir, mamá.
Doña Pancha se quedó con la tortilla en la mano.
—¿Yo?
—Eso dicen.
No dijo nada más. Se sentó junto al fogón y pidió un vaso de agua. Después preguntó quién había inventado aquello, pero nadie pudo darle una respuesta.
Los siguientes días pasaron sin que nadie muriera.
Eso fue precisamente lo que comenzó a preocupar al pueblo.
Si todavía no había sucedido, decían, era porque estaba por suceder.
Entonces cualquier cosa empezó a parecer una señal. Un perro aulló frente a la iglesia durante tres noches seguidas y hubo quienes dejaron de pasar por ahí. Un tecolote se paró en el mezquite grande de la entrada y doña Lupe aseguró que su abuela siempre había dicho que esos animales no bajaban al pueblo por gusto. Una mañana se desprendió una viga de la capilla y cayó con tanto estruendo que varios salieron corriendo de sus casas.
Nadie decía que aquello fuera normal.
Todo tenía que significar algo.
En la cantina, Catarino fue el primero en decirlo.
—¿Y si no es uno?
Los demás levantaron la mirada.
—¿Cómo que no es uno? —preguntó Ezequiel.
—Pues que a lo mejor se van a morir varios.
Después de eso nadie volvió a reírse.
Las mujeres comenzaron a guardar maíz y frijol. Los hombres dejaron de alejarse demasiado de sus casas. Los niños ya no podían jugar en la calle después de oscurecer. En el panteón empezaron a aparecer familias que iban a limpiar las tumbas de sus muertos, aunque nadie supiera explicar para qué.
Una tarde llegó al pueblo un hombre de otro rancho. Preguntó por la tienda de don Simón y, cuando la encontró, compró tabaco. Antes de irse preguntó por qué estaban tan callados.
Don Simón le contó el rumor.
—¿Y quién se va a morir?
—Nadie sabe.
El hombre miró la calle vacía y luego los cerros.
—Pues yo no me voy a quedar a averiguarlo.
Se fue antes de que oscureciera.
Al día siguiente se marchó una familia.
Después otra.
Los que se iban decían que regresarían cuando pasara aquello. Nadie sabía qué era aquello, pero todos entendían de qué hablaban.
Las casas comenzaron a cerrarse una detrás de otra. En algunos zaguanes quedaron las macetas secas. En otros, los perros amarrados esperaban a sus dueños. El molino dejó de trabajar y la cantina permaneció con las sillas levantadas sobre las mesas. El viento empezó a llevar polvo hasta las puertas.
Una mañana, doña Tere cargó sus cosas en una volandita. Su marido acomodó los costales de maíz y amarró una gallina de una pata a uno de los costales.
Antes de marcharse pasó por la tienda.
—¿También ustedes se van? —preguntó don Simón.
—Sí.
—¿Y a dónde?
Doña Tere miró hacia el camino.
—A donde no esté por morirse nadie.
Don Simón no respondió.
Esa misma tarde se fue la última familia.
El pueblo quedó solo.
Durante la noche, el viento levantó una brasa que había quedado encendida en un fogón. Nadie supo de quién era la casa. El fuego alcanzó el techo de madera y después pasó al de la casa siguiente. Como no había nadie para sacar agua, ni para abrir los corrales, ni para pedir ayuda, las llamas fueron avanzando de techo en techo.
Ardieron las casas.
Ardió la tienda.
Ardió el molino.
Ardió la iglesia.
Y al amanecer solamente quedaban paredes negras, animales sueltos y humo subiendo lentamente sobre los cerros.
Algunos meses después, el mismo hombre que aquella primera mañana había dicho que alguien iba a morir pasó nuevamente por el lugar.
Al llegar se detuvo de golpe y se sorprendió con lo que sus ojos veían.
Donde antes estaba la tienda de don Simón solamente quedaban ruinas, hierba seca y algunos pedazos de madera.
Camino sobre las ruinas del pueblo durante un largo rato.
Entonces comprendió que su presentimiento no había sido sobre una persona.
Lo que había muerto era todo el pueblo.