DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
Ante la inminente destrucción del planeta Tierra, un astronauta (que también pudiera ser un ente, una persona, un animal, etc.) explora las extrañas tierras rojas de Marte. La flora y la fauna tienen semejanza con las cosas conocidas aquí, pero un poco más coloridas. En ese planeta, los opuestos se concilian o se funden. Platos de cereal invisibles, salamandras que son tierra, piedras que son cocodrilos.
El libro Gallo, el planeta estalla (México: FCE), de Lázaro Izael, desestabiliza las posibilidades de un futuro normal. Quiero decir, en este libro, ganador del ganador del Premio Hispanoamericano de Poesía para la Infancia 2023, e ilustrado con los coloridos y melancólicos dibujos de Israel Barrón, sólo es posible un futuro anormal, extraordinario en un amplio sentido.
Ese astronauta descubre que el universo no es tan negro como se piensa, que en esa infinita soledad, del otro lado de las realidades más detestables, se encuentran las cosas que hemos perdido de este lado, y con ellas, se pueden construir otro mundo habitable. Incluso el agua cósmica brilla, pero, ciertamente, no se bebe. Los árboles dan frutos, pero ciertamente esos frutos son pájaros. Los limones crecen, pero ciertamente saben goma de borrador.
Plantamos un árbol de limones marcianos,
son más verdes que el verde pasto,
¿tendrán brazos los limones de Marte?
Rebotan como pelotas de ping pong.
Aunque no tenga color granada
explotan.
Quizás saben a gomas de borrador,
a jugo de guanábana,
a semillas de caña,
a huevos de dinosaurio.
Un limón,
dos limones,
tres limones
juntos.
Un árbol de limón tiene forma de lagartija.
En esas intermitencias de la nada, del polvo marciano, hay un gallo, testigo del testigo astronauta. Se hacen compañía. Presienten la fragilidad de los planetas, así como la fragilidad de las cosas. Los paisajes se transforman. Son mutantes. Así lo ven el gallo y el astronauta. Constantemente se advierten de los peligros (y los deleites) que hay en probar un mundo desconocido: agua de lluvia, nubes, agua; vale la pena arriesgarse. Dice el astronauta: “Gallos, todo lo que se pierde/ hace de nuevo una familia.”
Durante la lectura de este libro de poemas, es ineludible pensar en la unión entre la literatura y la ciencia. En este caso, en lugar de ciencia ficción, es poesía ficción. Y también, el lector no escapa de evocar esas formidables parejas que han permanecido en la memoria colectiva de la humanidad moderna, como la del zorro y el Principito. Gallo y astronauta exploran esa misma tierra, la de la fantasía de un mejor mundo posible.
El lector intuye de inmediato que está frente a un lenguaje raro, en la mejor de sus acepciones. Es decir, una forma excéntrica que desborda en imágenes e imaginación, y que a su vez nos orilla a volvernos seres imaginantes. El lector entonces, a través de este lenguaje que une significados opuestos, se vuelve también explorador de Marte. Bautiza las nuevas formas y nuevos seres. Se convierte en astronauta.
Este libro es uno de esos que se tienen siempre a la mano, fuera del estante. Un niño (y un adulto también) sonreirán más de tres veces con su lectura. Pero el mensaje va más allá, es un libro que puede curar ciertas emociones o sentimientos que tal vez no reconocemos. Es, al final, un canto de alegría, un símbolo solar y colorido. El gallo canta y te acompaña en los lugares más hostiles, y con su canto evita que el planeta estalle. Quizás el arte de Gallo, el planeta estalla, puede resumirse en estos versos: “Bordo como lo hacen las abuelas,/ gallito,/ para unir un extremo con otro./ Todo quedará reparado/ como un par de calcetines/ al que le curaron sus hoyitos.”

